viernes, 1 de mayo de 2009

El Mago Púrpura. Quinta Parte: Desenlace.

- ¿Y ahora a dónde? –dijo Van Kadeth, algo nervioso.

- Sígueme; vamos a lo más alto de la torre.

Llegaron al nivel donde almorzaban los magos. Rayson ya había estado allí en su primera incursión por la torre, y hasta se puso a conversar con los magos. Pero en ese momento habían muy pocos de ellos. Una persona sentada en actitud contemplativa, en uno de los rincones, parecía apreciar a través de los amplios agujeros sin vidrios de las ventanas el cielo azul de la tarde. El lugar era inmenso, mucho más ahora por estar casi desierto. Rayson y el elfo se sentaron en una mesa céntrica y se estuvieron quietos.

- ¿Y ahora qué hacemos?

- Esperar... a ver qué ocurre.

Dos magos enormes, con hombreras doradas y capas largas y rojas, se apostaron en la entrada. Esto pareció terminar de persuadir a los pocos comensales que aún quedaban a terminar su merienda y salir muy rápido, cosa que hicieron dentro de lo podría parecer algo casual.

Luego, los Contempladores se miraron unos a otros, parpadearon un instante, y se retiraron de ahí. Esta vez, tanto Rayson como Van Kadeth se percataron de aquello.

- Esto no me gusta... Rayson, salgamos de aquí...

Van Kadeth extrae de su túnica negra un garfio metálico, y se levanta de la mesa. Rayson hace lo mismo. Los sujetos vestidos de rojo se remangan las enormes y lujosas túnicas bordadas de oro.

- Sujétate.

El solitario individuo que miraba las ventanas se ha percatado de la escena y también se ha puesto de pie. Su contemplación abstraída ha dejado paso a una inquieta incertidumbre y luego a una mortal certeza. Con ojos astutos, calcula el panorama: dos magos rojos a punto de lanzar un conjuro tan poderoso que todo el ambiente ha sido evacuado; una salida bloqueada por ellos –la única–, y a través de las ventanas, una distancia como de cuarenta hombres hasta el nivel del suelo.

Un destello sale de los brazos extendidos de los hombres de rojo e impacta en las paredes opuestas: inmediatamente se encienden dos hogueras a la altura de los ojos de una persona, haciendo estallar en llamas todo lo que se encuentra en su interior. Van Kadeth se lanza aferrado a un extremo de la cuerda que había mantenido escondida y, sujetado por el garfio, desciende en forma escalofriante unos ocho pisos más abajo. Rayson está prendido a su espalda. Ambos se estrellan contra el alféizar de una ventana y dan de bruces al suelo. El sujeto solitario logra pararse en el estrecho saliente de las ventanas justo cuando todo estallaba en llamas. Observa con horror qué tan cerca está de caer al vacío. Rodeando la torre por fuera, pace un rebaño de ovejas.

- ¡Rayson, vamos!

Van Kadeth abre la puerta; el pasillo está repleto de magos que corren hacia los pisos inferiores; en ese momento, el clérigo comienza a orar a su dios pidiéndole un favor. Van Kadeth lo mira desesperado. El otro sujeto, mientras tanto, ya desciende por la cuerda que dejara el elfo.

- Bien. Vamos.

Se internan en la multitud que vocifera “¡los traidores!”, ”¡los traidores!”; nadie les hace caso. Descienden sin problemas hasta el primer piso. El sujeto llega algo pálido a la ventana que dejaran clérigo y elfo. Con una mirada rápida verifica si no hay peligro, y escapa igualmente por la puerta.

Rayson y Van Kadeth aprovechan la confusión de magos para dar un rodeo a la torre y huir por detrás.

- Rayson, vé por Nosferatus; nos encontraremos en el lago.
- Entendido.

Se separan sin decir más; entretanto, el enigmático sujeto, mientras corre y grita “muerte a los traidores”, con dedos ágiles roba una pequeña pulsera demasiado ostentosa para pasar inadvertida. Después de mucho correr, llega a la entrada y respira tranquilo. Tierra firme, piensa. Se aleja de la multitud que se aglomera por todos lados y vocifera estridente, se detiene a uno de los lados de la torre, mira a derecha e izquierda, y con mucho cuidado revisa su nueva adquisición. Inmediatamente cae en un estado de sopor estúpido, con los ojos clavados en el brillante brazalete.

Rayson encuentra las señas de Nosferatus en un pequeño jovenzuelo que le señala el cementerio; llega a la colina, se abre paso a través de la multitud curiosa, coge la poderosa hombrera de su amigo y le dice:

- Nosferatus, vámonos, tenemos problemas, serios problemas.

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