jueves, 15 de octubre de 2009

Las Aventuras de Maya y Miyi


Capítulo Tercero: La Toma de Miyi.
Segunda Parte.

Miyi piensa en todo esto mientras su enorme herida cierra misteriosamente y es conducida al exterior por la entrada sinuosa. La luz finalmente les da la bienvenida, pero está plagada de agua, de gruesas gotas de lluvia que caen desde antes de llegar a la salida.

- ¡Por acá! –les dice Eldar, apresuradamente–; ¡es una terrible tormenta!

Los elfos habían estado ocupados desde que ingresaron por el pozo. Varias tiendas de campaña se alzaban alrededor del claro, y a pesar del viento que corría apenas ondeaban de lo recias que eran. Eldar, Glauco, Maya y Miyi ingresaron en una tienda especialmente preparada para recibirlas.

- ¡Esta tormenta comenzó al poco tiempo que ingresaron! Esto me huele raro. Maya, por favor...

Maya cierra los ojos y extiende sus manos hacia la salida de la tienda.

- Es una tormenta mágica.

- Me lo imaginaba.

Miyi estaba con los ojos fijos.

- ¿Quién podrá estarla produciendo?

- Ni idea.

- Esto se está poniendo feo. Mejor regresamos al reino elfo.

- Sí, estoy de acuerdo contigo. Ya pensaremos en cómo descender.

Glauco y Eldar salen de la tienda para alistar los caballos. Miyi, al verla a Maya, recuerda su misión, el pergamino que le hiciera entrega Silvan, el rey elfo.

- ¡Maya! Escúchame bien...

Maya estaba por averiguar la intensidad mágica de la tormenta, pero el tono de voz de Miyi la hizo desistir de su propósito.

- Eh... el rey elfo, nuestro rey elfo, Silvan, me encargó que te entregara un pergamino que sirve para extraer el espíritu del clérigo negro que se encuentra en el caballo rojo...

Maya comprende entonces la tardanza de aquella noticia, y levanta su báculo en señal de contrariedad. Miyi se lo baja con la mano.

- ...que debe decirse volando, sobre una roca elevada, como la que hallamos en el pantano, es decir, en los límites entre el pantano y el bosque, creo, bueno, lo cierto es que...

Maya vuelve a subir su báculo, apuntando al pecho de Miyi. Ella lo vuelve a bajar. Maya lo vuelve a subir.

- ...sé que me olvidé de decirte todo esto, pero cuando llegué los encontré peleando con esos zombies y con todo el jaleo... ¡ya no me levantes el báculo!

Los poderosos brazos de Miyi salieron disparados sobre los de Maya, inmovilizándola. La hechicera, de la sorpresa –y de la fuerza demostrada de pronto por su amiga, que hasta entonces siempre había sido tan dulce y femenina–, abrió aun más sus ojos avellanados.

- ...te llamé para que subieras en la roca, porque tú sabes hacer el conjuro Volar y yo no, recién entonces lo recordé, pero cuando llegaste después me olvidé... si me olvidé fue mi culpa, pero no es para estarse con esas cosas, de todas formas ya te lo dije... ¡y no me interrumpas cuando te hablo!

Maya seguía en silencio. En realidad, no comprendía cómo había podido hablar –ni qué decir interrumpirla– con la boca cerrada. Pero se trataba de Miyi.

Maya sale de la tienda con el pergamino en su bolsa de cuero. Miyi sale un poco después, pero, en lugar de montar en uno de los caballos, se queda quieta mirando la entrada del pozo, sin hacer caso de la lluvia.

- Miyi, vámonos –le dice Maya, dulcemente.

- No, yo me quedo.

Los caballos ya estaban en formación. Eldar, impaciente, observa la escena.

- ¿Qué sucede?

- No quiere irse.

Eldar y Glauco desmontan.

- Vamos, Miyi, por favor. Tenemos que regresar. Esta tormenta sólo anuncia dificultades. No podremos hacer nada si comienzan a caer los truenos.

Y dicho y hecho, un resplandor monstruoso y luego un tremendo estampido se oyó en la distancia.

- No; me quedo.

Glauco y Eldar suspiraron. Maya se apartó con ellos un corto tramo, y les dijo:

- Ustedes la distraen y yo la reduzco.

- Mejor que sea al revés.

- Bien.

Los tres giran y se dirigen hacia la absorta Miyi, que no puede dejar de mirar el pozo pequeño, lleno de lluvia.

- Miyi, entiéndeme, no podemos enfrentarnos en estas condiciones...

Al instante, Glauco y Eldar se precipitaron sobre ella y la redujeron. Miyi forcejeó inmediatamente, usando todas sus fuerzas, pero ésta vez sí fue inútil. Un momento después ya se encontraba maniatada y amordazada –porque gritaba como una condenada–, y colocada en la grupa de uno de los caballos blancos.

- Vamos.

Los relámpagos comenzaron a afinar su puntería. Varios elfos cayeron calcinados. El grupo se hizo lo más compacto posible y atravesaron los lugares más frondosos. Maya, en su calidad de única hechicera del grupo, y a pedido de Eldar, hizo su Esfera de Protección contra el Mal, pero –como ella misma lo sabía–, ésta no fue suficiente para protegerlos a todos, y vio con mucho dolor cómo caían sus compañeros víctimas de los relámpagos que los buscaban con mágica saña.

La lluvia no había dejado resquicio de ropa ni pliegue sin recorrer. La humedad estaba haciendo presa de los elfos. Los cascos de los caballos resbalaban sobre el suelo fangoso. Glauco y Eldar temían por la moral del grupo. Pero los elfos continuaban, estoicos. Detenerse –aunque sea un instante, para enterrar a sus muertos– hubiera sido una locura.

Miyi continuaba forcejeando sobre la grupa del caballo, que la golpeaba. Un arete de color negro le estaba comenzando a crecer en la oreja izquierda.

Sea por la dificultad de comunicarse debido al estruendo de los truenos y la lluvia, sea debido al terreno accidentado, lo cierto es que los esfuerzos de liberarse de Miyi dieron sus frutos: poco a poco comenzó a resbalar de la grupa del caballo, sin que el elfo que iba conduciéndolo se diera cuenta. Finalmente, en una pequeña subida, en que el caballo se inclinó hacia arriba con fuerza, Miyi cayó al suelo fangoso, completamente inadvertida.

El grupo continuó avanzando a toda la velocidad que le permitía el terreno y la tormenta, hasta llegar a los límites del reino elfo. Como por arte de magia, la tormenta desapareció. El grupo ingresó al patio principal formando un lago en las losetas.

- Noble Silvan...

El rey se encontraba con sus soldados en las escalinatas.

- ...hemos sobrevivido a una terrible tormenta puesta sin duda por algún mago poderoso, y aunque comenzamos venciendo a sus tropas, tuvimos que regresar a nuestro reino para recobrar fuerzas... pero no se preocupe, que ya conseguimos dar con el refugio del clérigo negro...
- ...así es –continuó Maya–, y si su majestad lo quiere, descansaremos y al día siguiente volveremos sobre nuestros pasos para encontrarlo y destruirlo...

Silvan extendió los brazos, protectoramente. Todos inclinaron las cabezas.

- Mis buenos guerreros... mi querida Maya...

Maya levantó la cabeza, cubierta por su negra capa.

- Oh Silvan, rey de los elfos y símbolo de la vida por mano y virtud propia: creo hablar por todos cuando digo que hemos temido la derrota en algún momento de nuestro accidentado retorno; nos enfrentamos a un enemigo que conoce a poderosos aliados y que los está utilizando sin piedad en contra nuestra... si al menos Miyi hubiera podido recordar su misión, quizás otro hubiera sido nuestro destino...

En ese momento, las miradas de los elfos recayeron sobre la grupa del caballo que transportaba a Miyi.

- ¿Dónde está?

El elfo que montaba el caballo giró la cabeza y se puso pálido. Los demás elfos se miraron entre sí.

- ¡Rápido! ¡Un piquete, cinco voluntarios para regresar!

La tormenta continuaba castigando el bosque. Aún así, cinco manos se alzaron inmediatamente como un bosque de ramas.

Eldar fustigó a su caballo, que dio media vuelta y se unió a los jinetes que ya cabalgaban. Silvan requirió de Maya con la mirada. La hechicera entendió que el rey tenía algo muy importante que decirle, y, con mucha pena, desmontó de su caballo.

- Eldar, date prisa –pensó.


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En el centro del bosque, los truenos parecían tener vida propia. Sobre el suelo fangoso y repentinamente irregular, un cuerpo atado y amordazado luchaba por salir del camino y esconderse en aquella gran roca plagada de arbustos. La lluvia le caía por las pestañas mientras rodaba y se curvaba como una oruga gigantesca. El frío se le metía en los huesos y le dificultaba hacer el menor movimiento. Su odio contra todos iba creciendo como el arete negro que tenía en la oreja izquierda, que ya casi llegaba hasta la rodilla. Girando y curvándose con cada vez mayor destreza, meditaba entretanto oscuras maldiciones contra su propia gente, que la había reducido y amordazado a traición. Le irritaba sobre todo no haber podido explicarse. Hubiera querido gritar su rabia sobre aquella feroz tormenta, quizás eso habría podido desfogar en algo sus sentimientos. Pero lo único que podía hacer era mascar el trozo de tela manchado por el fango. Siguió rodando. Ya le dolía el cuello de tanto mirar oblícuamente a los costados.

La espalda recibió el suelo helado como se recibe un puñetazo. Cerró los ojos. Estaba exhausta. Pero ya casi llegaba a la base de la roca. En ese momento sintió el resoplar de los caballos. “¡Maldita sea!”, pensó, y redobló sus esfuerzos. Los caballos salvaron la colina y dieron con ella casi al instante. Desmontaron con presteza y la levantaron en vilo justo cuando ya estaba por desaparecer entre el ramaje.

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El rey Silvan condujo a Eldar, Glauco y Maya al gran salón.

- Observen...

Apenas las puertas dobles se abrieron, Maya dejó escapar un grito. Un árbol –mejor dicho, un tronco de ramas muertas, teñidas del negro más absoluto– se había desarrollado alrededor de la diadema que el rey había dejado dentro del cristal, cristal que a todas luces había sido destruido.

- Es la fuerza del mal que amenaza con invadir nuestros dominios...

Eldar no lo podía creer.


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- Miyi, hija querida, ¿qué has hecho? ¿Por qué la tienen así? Quítenle la mordaza...

Inmediatamente, uno de los guerreros le hizo un limpio corte a la tela. Finalmente, Miyi estaba sin mordaza.

- ¡Qué es lo que quieren! ¿Así se trata a una maga? ¿Dónde está la jerarquía? ¿Qué clase de compañeros son ustedes? ¡Déjenme ir, déjenme ir a donde sea, a ustedes no les importa!

Silvan –olvidando toda precaución- se arrodilló sobre ella.

- Pequeña...

Miyi estaba roja de la rabia. Extrañamente, nadie advirtió el arete negro.

- ¡Quiero que me desaten ahora mismo! ¡Soy una maga, los guerreros me deben respeto! ¡Nadie es más que un mago elfo!

- Miyi, querida, cálmate...

Al ver el rostro del rey, Miyi, abrió sus enormes ojos y le espetó:

- ¡A mí nadie me calma! ¡Ustedes no saben por qué quiero volver! Por último, ¿quién eres tú para darme órdenes, eh?

Silvan retrocedió por reflejo. Miyi había tratado de escupirle al rostro. Los elfos estaban horrorizados. Eldar prefirió no ver. Pero sí pudo ordenar:

- Llévensela a sus aposentos. Dos guardias en su puerta. El resto puede retirarse.

Los elfos abandonaron el salón real con la sorpresa pintada en sus rostros.

- Maya, es necesaria una junta ahora mismo.

- Vamos al cuarto contiguo, es más secreto –respondió Silvan, frotándose los ojos.


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La tormenta comenzó a perder fuerza. Los centinelas se miraron entre sí desde las copas de los árboles, más tranquilos.

En el cuarto de Miyi, un forcejeo prolongado dio paso al corte de una de las sogas que sujetaba su muñeca derecha. Instintivamente, se llevó la mano a la oreja. Pero entonces sintió el otro arete, negro y brillante, y lo tomó. Cortó con él las otras sogas como si se trataran de hilos finos y se puso de pie, en silencio. Sabía que se encontraba custodiada. Pero una voz lejana la llamaba para que bajara al gran salón... y tomara... la diadema. La diadema negra, aquella que viera por un instante en el centro del árbol negro... se sentía particularmente ágil y fuerte.

Avanzó hacia la puerta. Luego retrocedió lentamente. Recordó el pequeño tragaluz que estaba por encima de su cabeza.

Miyi cayó al suelo de madera sin hacer el más mínimo ruido. Descendió como una gata hasta el corredor que daba a la entrada del salón real.


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- Es imposible. ¿Miyi, comportándose así?
- Me temo que es víctima de las maniobras del clérigo negro –respondió Maya, sombría–; tenemos que vigilarla estrechamente.
- En realidad, no es toda su culpa –dijo Eldar para tranquilizar a Maya–; son los objetos que les ha obsequiado.
- Tal vez el hecho de que yo lo haya visto hizo que no me afectara –reflexionó la hechicera, llevándose la mano a la frente.
- Puede ser... –respondió Silvan, mientras miraba la ventana.
- Entonces, ¿cuáles serían tus órdenes, oh rey de los elfos? –dijo Eldar.

Silvan se quedó en silencio.

- ¿Acaso hay duda? Deben ser destruidos, lejos del reino de los elfos.


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Los centinelas se pusieron en guardia, pero no sabían si atacarla o dar la alarma.

Ese instante de vacilación les costó la vida. Los aretes salieron como serpientes envenenadas y les partieron el cuello en dos tajos limpios, que marcaron la sorpresa de sus cabezas cuando cayeron al suelo.

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Maya oyó dos chasquidos. Luego, el sonido amortiguado de dos cuerpos cayendo pesadamente.

- Oh, no...

Salió corriendo de la estancia menor. Eldar y Glauco la siguieron.

- ¡Miyi...!

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La maga ya había tomado la diadema. Cuando Maya llegó al gran salón, golpeando pesadamente la puerta lateral, ya era tarde.

El brillo negro de la diadema sobre su frente le daba un toque de belleza mística y malévola. Miyi lucía espléndida.

- ¡Qué has hecho, insensata...!

La maga elfa respiró hondamente.

- ¡Por favor, Miyi, piensa en ti! En tus amigos... ¡en Glauco...!

- ¡Glauco me importa un bledo! –gritó, y sus puños se alzaron imperiales sobre los elfos decapitados.

Maya reparó entonces en los centinelas horriblemente muertos junto a la puerta principal, y prefirió no pensar; corrió hacia su amiga, con la esperanza de hacerla reflexionar, gritando:

- ¡Miyi, no lo hagas...!

Pero la maga, apenas dejó de acariciar la diadema en su nacarada frente, alzó sus aretes sangrantes e hizo silbar el aire. Maya hizo un giro a la derecha justo cuando se formaba una cruz mortífera en el lugar donde había estado un instante antes, y cayó por detrás de ella como si fuera un gato. Eldar y Glauco aparecieron después.

- ¡Libre!

La elfa estaba enajenada, feliz. De una felicidad que hacía retroceder a la muerte.

- ¡Miyi, qué haces!

- Ahora, por fin, regresaré...

Y salió corriendo.

Su ímpetu era tal, que dejó las escalinatas y salió del reino sin siquiera pensar en montar un caballo. Los demás elfos, al ver a los dos centinelas ferozmente decapitados, se hicieron a un lado, aterrorizados. Echó a correr en la tierra baja, con los árboles de la entrada de su reino como telón de fondo. El viento le daba en el rostro. Sintió el frío del bosque. Ya estaba lejos. Corría y corría. Pero no se cansaba. Antes bien, sus pulmones parecían recibir aire de su propia rabia, mezclada con la alegría de hacer algo por ella misma. Sola. Nadie le tendría por qué discutir desde ahora lo que ella decidiera.

Las huellas que dejaba en el suelo eran las de una gacela. No salía polvo del camino simplemente porque había llovido y el suelo estaba muy húmedo. Pero ni los gorriones más veloces la habrían alcanzado a través de tupido follaje, ni el sabueso más agudo la habría podido perseguir a través de tantas lomas, subidas y bajadas.

Cuando Maya levantó la cabeza, ya no había ni rastros de Miyi.

Eldar y Glauco apenas llegaron a la terraza superior, desde donde se podía ver el bosque, aún neblinoso por sus lágrimas de lluvia.

Nunca vieron la huida de la elfa.

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Por fin podría hacer lo que ella quería, sin recibir órdenes de nadie...

Las hojas caían y se arremolinaban en torno a su cuerpo, separadas por el tiempo y la brisa, y sus rodillas que se sucedían una y otra vez, subiendo y bajando y brincando, el bosque le dio la bienvenida cuando llegó al claro y encontró el pozo húmedo, lleno de musgo.
Parecía como si hubieran pasado cien años.

Descendió.

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La capa de Maya formaba una cola de cometa negro mientras cabalgaba, en dirección recta, hacia el misterioso claro. Eldar y los demás jinetes elfos eran los únicos que podían aproximarse. Glauco, a pesar de que hacía lo imposible para fustigar su corcel, se había rezagado.

Los cascos del caballo de Maya levantaron trozos de barro cuando se detuvo. Descendió apresuradamente y se inclinó por la abertura. Silencio.

- Nosotros vamos contigo –le dijeron Eldar y Glauco.

- Bien.

El nuevo trío descendió con mucho cuidado. Esta vez llegaron al vestíbulo mucho más rápidamente. Pero no por eso fue mejor el resultado.

Ante las cuatro Luces Danzantes de Maya, se alzaba una mujer vestida íntegramente de negro, cuya blanca piel contrastaba con sus ojos y su cabello lacio y terso, de una tersura que a la hechicera le pareció cosa de magia.

Al parecer, no había nadie más en aquel vestíbulo.

- Deja a nuestra amiga en paz –le dijo ella, olvidando los preámbulos.

- Yo no le he pedido que viniera –dijo la enigmática mujer, mientras se alisaba los cabellos–... ella ha venido por cuenta propia.

- Déjala –repitió Maya, más severa.

- ¿No saben cuál es su lugar, no es verdad? –le respondió la mujer, alzando sus níveos brazos–; cuando la luz no sabe dónde debe estar y se encuentra con las sombras, pues... desaparece.

- ¿Y tú eres la noche, no es así? –le contesta Maya, aferrando su báculo.

- Yo soy tan necesaria a la vida como tú a la muerte –le respondió la otra, y una figura conocida pareció surgir detrás de ella–, y así como una y otra se necesitan también pueden mezclarse. Y amarse. Algo tan sublime como la libertad... la libertad de elegir a qué bando pertenecer... eso sólo se puede obtener si dejan de asfixiar a la vida con sus intentos de que siga estando viva...

La figura comenzó a aproximarse a la mujer. Era Miyi. Estaba vestida completamente de negro.

- ...la vida también puede morir...

La mujer comenzó a desvanecerse.

- ...y de sus restos, surgir la vida...

Miyi quedó entonces en el lugar que había ocupado la mujer, y salvo la edad –ella era algo mayor– y una minúscula diferencia de talla, prácticamente eran la misma. Maya tuvo que reprimir un impulso de retroceso.

- Miyi...

- Dejen de estarme siguiendo. Ya no soy una niña.

A Maya le pareció que Miyi sería la sucesora de aquella extraña maga. Se estremeció.

- Nosotros somos tus amigos... tus amigos... ella, ¿quién es? ¿Acaso te conoce tanto como nosotros?

Miyi se llevó la mano a su oreja izquierda.

- Glauco, haz algo –le murmuró Maya.

Pero apenas el guerrero hizo un movimiento para hablarle, Miyi le cortó en seco diciendo:
- No quiero saber nada contigo.

El tiempo pareció detenerse para él.

Maya volvió a la carga:

- Si quieres, podemos ir e investigar esta cueva, juntos...

Miyi dejó de jugar con el arete negro. Su amiga suspiró. Pero entonces comenzó a mover los dedos y a murmurar ciertas palabras, palabras que no le eran desconocidas. Abrió los ojos.

- Miyi, no...

Comenzó a sentir el poderoso influjo del encantar, e intentó resistirse; pero sabía que lo había hecho un instante después de su conjuración y esa sola demora le podía ser fatal.

La sugerencia de Miyi no fue tal, sino más bien una orden que debía ser cumplida sin titubear:

- ¡Mátate!

Inmediatamente el cuerpo de Maya se sacudió. Tenía que resistirse a aquella orden tan absurda, pero para su desgracia, el nuevo poder adquirido por su amiga era tal, que el pensamiento de resistirse pasó como una brisa de verano. De pronto, se dio cuenta de que vida no valía la pena después de todo.

Maya levantó su báculo, y se dio un golpe en la cabeza. Cayó al suelo. Glauco y Eldar dieron un grito y la arrastraron hasta la pared opuesta, que daba a la salida, exclamando:

- ¡Qué has hecho!

Miyi los seguía con la mirada dura. “¿Habrá muerto?”, se preguntó. Pero luego vio cómo reaccionaba ante los intentos de sus amigos de que volviera en sí.

Alzo el brazo, apuntando hacia ellos.

- Bola de Fuego...

Eldar la miró sin saber qué decir. Glauco, más práctico, sujetó a la elfa y se arrojó sobre la entrada. El proyectil hizo impacto en la pared y alcanzó a los tres, que lanzaron un solo grito de dolor mientras huían como podían por la sinuosa salida ascendente, con el alma en la boca.


FIN DEL TERCER EPISODIO. Parte 2 de 2.




Las Aventuras de Maya y Miyi


Capítulo Tercero: La Toma de Miyi.
Primera Parte.

Las cosas entre Miyi y Glauco se habían invertido. Ahora Miyi dormía plácidamente en su habitación, en los altos de los árboles del reino elfo, mientras que Glauco no podía dejar de pensar en ella, sobre todo en el momento en que se entrevistó con el clérigo negro. Aunque presentía una influencia decididamente maligna en aquel encuentro, no se sentía con tanta libertad como para indagar en lo que había sucedido realmente, aparte de comenzar a sentir algo por ella. ¿Amor? Aún era muy prematuro para decirlo, pero de hecho le agradaba. Sin embargo, cada vez que le conversaba de algo, tenía que ser acerca de asuntos importantes, como la amenaza del clérigo negro, o los planes que habían deliberado la noche anterior con Silvan. Le era terriblemente difícil comentar sus emociones. Quizás no había sido bien entrenado en ese sentido. Quizás ese tipo de entrenamiento había sido ajeno a él todo este tiempo, y de hecho no lo impartían en los torneos, o en el campo de batalla.

- Mi señor, es necesario conjurar lo más pronto posible la amenaza de este clérigo...

Maya estaba de pie ante el rey elfo Silvan, con su capa que ocultaba el hermoso rostro alabastrino. Detrás de ella, los más aguerridos elfos esperaban de pie, la tropa de choque, con sus espadas listas. Otro grupo los aguardaba montado en caballos blancos que mascaban bocados de oro.

El rey dejó escapar un hondo suspiro, y les dijo:

- Mis queridos súbditos, y especialmente tú, Maya adorada, prestadme atención. Terrible es esta amenaza para todo el reino, que un clérigo de su talla haya caído en las garras de la maldad, mayor aún por nacer de su propia inventiva, y ahora, a pesar de sus esfuerzos por detenerlo, se desarrolla como la hierba rastrera que se apoya en lo que sea para sobrevivir. En estos momentos, incapaz de tener forma propia, ha tomado a un caballo de noble raza para realizar sus propósitos y convoca fuerzas de la naturaleza a las que da una vida retorcida. Deben tener mucho cuidado: nunca se podrá ser suficientemente prudente contra un enemigo de tal naturaleza.

Maya extendió los brazos.

- Mi Señor... ruegue por mi hermana Miyi, la más dulce de sus hijas, para que sea capaz de vencer la maldad que trata de someternos.

Silvan asiente con la cabeza. Maya le había dado la noche anterior –manejándola con mucho cuidado– la diadema que viera aparecer en su frente. El rey elfo la estudió hondamente durante aquella noche y la guardó en una esfera de cristal. Asimismo le explicó lo del arete negro que había visto aparecer y luego desvanecerse de la oreja izquierda de Miyi, y su preocupación porque sea alguna treta del clérigo para vencerlas.

- No te preocupes, querida Maya, vigilaré de cerca a Miyi. Por cierto, ¿dónde está?

- Creo que sigue en sus aposentos –respondió Maya.

Y le hizo un gesto con los ojos.

A lo que el rey replicó:

- Glauco, ¿podrías avisar a Miyi que la Guardia Plateada está lista para partir?

- Sí, su Alteza.

El guerrero sube las anchas gradas verdosas que conducen a los aposentos de las mujeres.


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El bosque se llena de ilusiones. Los árboles hermosos se multiplican hacia el Norte, como un enjambre de abejas verdes. Una nube gris comienza a ganar en fuerza y tenacidad, y bruscamente cambia de curso y se dirige hacia el Este. Unos dedos danzantes se encorvan y estiran como las olas del mar. El viento está con ellos. Las ganas de morir se concentran en el bosque.


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- Eh... Miyi...

- Pasa. Está abierto.

El cuarto olía a viento y espacio. La madera apenas crujía cuando alguien del tamaño de Glauco la pisaba, y parecía responder a su fuerza con un perfume salido de las flores más altas de los árboles. El tul que cubría la cama labrada en donde estaba sentada Miyi había sido retirado graciosamente, de tal forma que la elfa parecía salida del mismísimo Cielo de los Cielos. Aquella visión no le fue indiferente al guerrero, pero pudo disimular su impresión.

- Disculpa, la Guardia de los elfos está por salir...

- Creo que me quedaré, todavía estoy adolorida por las heridas que recibí. Quisiera descansar...

Glauco tardó un instante demasiado largo en entender la respuesta. La respuesta era que no iba a acompañarlos en la persecución del clérigo, o al menos, por ahora. Se le quedó mirando a los ojos sin saber qué decir. Finalmente, exclamó:

- Ah...

Los grandes ojos de Miyi parecían terminar de explicarle sus razones, en su juego de luces y sombras.

- ...bueno... entonces, eh... me retiro. Que descanses.

La puerta se cerró con un sonido lejano.

Glauco descendió a toda carrera.

- ¿Y...?

- No quiere ir, dice que está cansada...

Eldar puso una cara de total incomprensión. Maya le explicó:

- Así es ella...

La tropa salió del reino en formación, por el camino boscoso.

A pedido de Maya, quien todavía se encontraba un poco delicada después de la pelea con los zombies y el caballo rojo, fueron nuevamente a ver al clérigo amigo de Glauco, quien les curó y dio un par de pociones llenas de un líquido azul.

Maya quiso hablarle:

- Noble clérigo, ¿cuál es tu nombre?

El clérigo –al parecer acostumbrado a este tipo de solicitudes–, sonrió bondadosamente, y le respondió:

- Cuando realices una acción noble y sacrificada, entonces oirás cuál es mi nombre.

- Gracias...

Se volvió entonces hacia el grueso del pelotón, capitaneado por Eldar, y les dijo:

- Nobles elfos, guerreros: es necesario que sus actos se encuentren guiados por el conocimiento o ser perderán para siempre en los laberintos de la maldad. Yo les aconsejo que consulten al gran Oráculo Peregrino sobre la ubicación del clérigo negro... en este momento se encuentra en el interior del Bosque Vano, no será muy difícil encontrarlo...

Eldar y Glauco agradecen el gran favor que el clérigo Blanco les acaba de hacer –la ubicación del Oráculo Peregrino es un perpetuo misterio ya que éste cambia constantemente–, y se ponen en camino.

En algún lugar del interior del Bosque Vano, se encuentran con un claro enorme, desconocido; los elfos detienen los caballos. Una forma vaporosa que despide un brillo amarillo intenso se alza como un cono rechoncho hasta hacer que los jinetes eleven la vista, admirados, y les dice:

- Oh, distintos, que conocen el lugar de lo intangible... han llegado a mí como la brisa, y como la brisa les he de responder a lo que anhelan... El sabor del mal comienza a inundarlo todo... los elegidos –yo los conozco–, persiguen al que busca la inmortalidad por bosques y montañas... sólo ellos, que vieron su cuerpo y ahora no pueden reconocer su alma, serán sus verdugos...

- ¿Dónde se encuentra él ahora? –le pregunta Miyi.

- Debajo de mí –dijo la fantástica forma gaseosa–; en las profundidades de la tierra, donde no llega la luz y se extrañan mucho las estrellas.

Después de lo cual el Oráculo comenzó a desvanecerse.

Los caballos y sus jinetes vieron cómo surgía un pequeño pozo de agua hecho de piedras justo al pie de la figura que ya se iba con la brisa. Maya y Miyi se aproximaron lentamente, tanteando el lugar. Glauco los siguió. Eldar los observaba inquieto.

- ¡Es una entrada! –exclamó Miyi, entusiasmada.

Maya vio la determinación en los ojos de Glauco. Luego se volvió hacia Eldar y sus jinetes:

- Vamos a entrar.
- ¿Están seguros de que no quieren refuerzos? –dijo Eldar.
- Nosotros fuimos los últimos que lo vimos con vida –le respondió Maya, mientras Glauco iniciaba el descenso–; según el Oráculo, somos nosotros los que tenemos que enfrentarlo directamente.
- Suerte. Estaremos vigilando.
- Gracias...

Los cuerpos de las elfas se unieron al descenso del guerrero humano, con un movimiento de blondas y sedas que pareció fundirse con el viento del bosque. Sobre la superficie, Eldar ordenaba a sus jinetes que se apostaran según la dirección de los caminos.


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El descenso les pareció muy largo, sinuoso como si estuvieran descendiendo por el estómago de una serpiente. Maya hizo luz sobre su báculo. La humedad les afectaba la respiración, se les metía en las entrañas. Al final de aquel descenso resbaloso y oblícuo, surgió una losa plana que parecía un juego de duendes o de dioses, de hexágonos simétricos que se extendían sucesivamente hasta perderse de vista. El trío se detuvo en aquel descanso. Tanto Maya como Miyi aguzaron la vista. El vestíbulo era grande, incluso para la visión de las elfas. Glauco prefirió hacerles campo.

Maya hizo Luces Danzantes y las proyectó hacia cuatro puntos diferentes, de tal manera que iluminaran la mayor cantidad de espacio posible. Efectivamente, a medida que las luces se alejaban entre sí, se pudo constatar un cuarto de casi quince por veinte metros, de paredes cortadas a pico sobre la roca, de techo bajo y rastrillado. Varios esqueletos yacían esparcidos en posturas insólitas, con armaduras gastadas y mohosas. Pero lo que puso en guardia al trío fue un viejecillo escuálido que se alzaba desafiante en el otro extremo de aquel vestíbulo. Las luces iluminaron sus ojos grises y su espada corta. De no ser por su postura erguida, se habría confundido con los demás cuerpos putrefactos de los guerreros.

Maya, con mucha cautela, se acerca a él –que lo recibe de pie, con la mirada torva, casi muerta–, y le dice:

- Por favor, noble guerrero, no queremos luchar; déjanos pasar por esa puerta.

El viejecillo raído no hace un solo gesto.

Luego va Glauco, sin éxito. Finalmente, los tres deliberan en un extremo de la habitación.

- Tendremos que encantarlo; si aún así no podemos convencerlo de que deje la puerta, atacamos.

Sus rostros murmuraban muy cerca entre sí; las Luces Danzantes, que habían retornado por órdenes de Maya hasta quedar un poco por fuera del trío, producían efectos fantasmales en sus rostros.

Pero cuando Maya y Miyi fueron a encantarlo debidamente, el viejo movió la espada en un arco luminoso que las envió contra la pared, y de ahí al suelo.

Glauco, al ver aquella muestra de agresión, corrió con su espada directamente hacia aquel viejo demoníaco, pero también fue recibido con su filo a la distancia, que le produjo una intensa herida en el pecho, después de enviarlo de vuelta con las magas.

Tres aventureros heridos, gimiendo en el duro suelo. Un viejecillo detenido como un reloj, cuidadoso y autómata. Unas luces danzantes que ahora iluminaban una escena sangrienta.

Maya recordó las pociones y bebió una hasta la mitad; luego le dio la otra mitad a su amiga Miyi, sin perder de vista al viejo que las miraba –¿en realidad las miraba?–, con su espada brillando como un enjambre de luciérnagas. Se movió un poco, y le dolió muchísimo. Glauco fue el segundo en incorporarse.

- Creo que no podremos con él. Debemos regresar.


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Miyi observa a un caballo rojo conversando con una mujer de mayor edad, pero aún muy bella, de cabellos negros y mirada inteligente. Cree oír lo que hablan, sabe que se trata de ilusiones producidas por su imaginación, o por los rezagos de una conversación anterior, en esta misma cueva simétrica. Hablan acerca de vencer a sus enemigos, y la maga –le oye a Cronos llamarla Morgana–, se ofrece a vencer a Glauco:

- ¿Qué hay del futuro rey?

- Déjamelo a mí –dijo ella, con una sonrisa maliciosa–; no sabes cuán seductora puedo ser.

- Bien. Yo me encargo de las magas, tú ocúpate de Glauco.

Las sombras desaparecieron. Miyi vio a sus amigos. Ellos no habían visto nada.


FIN DEL TERCER EPISODIO. PARTE 1 DE 2 .