
Capítulo Segundo: El Caballo Rojo.
El hada comienza a oler el ambiente, como buscando algo que se le ha perdido, por encima de las ruinas del templo calcinado, donde Miyi y Glauco el guerrero están plantando flores. Constatan que el cuerpo del clérigo está casi totalmente calcinado, así como el de otras personas, supuestamente sus guardianes y monaguillos. Miyi siente náuseas y se aleja para vomitar. Al poco rato aparecen unas criaturas encorvadas y huesudas que comen carne en descomposición: los ghouls. Miyi las ve primero, pero no dice nada; sin embargo, cuando Glauco los percibe, deja el sembrado e inmediatamente se dispone a pelear. Maya es la última en advertirlos, así que lanza una esfera de oscuridad entre los ghouls y ellos y huye al bosque; pero cuando los ve solos, se arrepiente y regresa. Miyi, mientras tanto, trata de evitar que el guerrero pelee, y lo trata de arrastrar del brazo que no sujeta la espada, pero sin éxito. Luego llega corriendo Maya y entre las dos recién comienzan a hacerlo retroceder lentamente. Glauco está blandiendo su espada, flanqueado por dos hermosas elfas que tratan de alejarlo del campo de batalla.
- ¡Suéltenme!
Finalmente, ambas se dan cuenta de que no podrán convencerlo a menos que lo encanten, así es que se turnan para lanzar el conjuro: “tú primero –dice Maya–; si no resulta, lo lanzo yo”. Lo lanza Miyi y resulta: el guerrero siente ganas de abrazar a la maga y hacer lo que ella le diga. Salen corriendo justo cuando los ghouls ya estaban por alcanzarlos.
- Bien. Ahora, ¿hacia dónde vamos?
- Regresemos hacia el reino elfo –propone Miyi.
- No creo que sea buena idea –responde Maya, pensativa-; primero tenemos que ver qué es lo que sucede con el castillo de Glauco. Recuerda que está abandonado. A estas alturas ya debe haber alguien que lo haya tomado.
- ¡Pero...! Bueno, está bien...
Maya observa con simpatía a su amiga de toda la vida, que debido al inmenso cariño que le tiene la llama ‘hermana menor’, a pesar de que no los une ningún vínculo de sangre. Lo mismo sucede con el rey Silvan, que la considera su hija predilecta y la joven promesa de las magas elfas.
- Tranquila, Miyi, luego regresaremos.
Por recomendación del hada Selena, huyen hacia el Sur, dan un rodeo por el Oeste, y toman esa dirección por un buen tiempo hasta llegar al flamante castillo que surgió después de liberar a Glauco de su maldición. El castillo se encuentra totalmente tomado por forajidos y buscafortunas, los cuales, apenas el grupo de aventureros trata de ingresar, les presentan combate. Glauco, enceguecido por la ira –y recordando poco a poco su naturaleza real–, se lanza sobre la puerta principal, seguido por dos consternadas Maya y Miyi. El hada los alienta a pelear, mientras por otro lado alienta a los mercenarios para que carguen sobre la hechicera Maya; ésta, al ver la situación difícil –son docenas de bandoleros los que bajan de las torres del castillo–, conjura su Disco Flotante de Tenser y busca alguna salida desde su nueva posición, eludiendo los ataques de los forajidos. Finalmente, el hada le aconseja ir por detrás del castillo. Maya, algo desconfiada, sin embargo, accede. Encuentra a un joven troll de las montañas encadenado a la pared de una de las torres del castillo, con un trozo de carne lejos de su alcance. Maya lo libera de uno de los grilletes utilizando una espada abandonada que encontrara por ahí, y el hada le tira un llavero que encontró, con el cual Maya termina de liberarlo. Utilizando sus habilidades de comunicación, consigue hacer que el troll la siga hasta el patio central del castillo, donde se estaba librando la pelea. Mientras tanto, los bandoleros ya habían saltado en docenas sobre Glauco y Miyi, y a pesar de sus esfuerzos, los estaban ahogando a puñaladas. La conciencia de la maga estaba por abandonar su cuerpo, cuando de pronto sintió –antes de desmayarse– que los cuerpos que estaban sobre ella eran lanzados por los aires como si fueran marionetas.
El combate había finalizado. El troll estaba descabezando a un bandolero inconsciente mientras los demás observaban la maniobra y huían despavoridos. Glauco estaba mal herido, apenas podía estar de pie. La hechicera le preguntó cómo estaba, y luego atendió a su amiga. Puso el cuerpo inconsciente de Miyi en su disco flotante. Luego le pidió al guerrero que se dé la vuelta. Desnuda a Miyi y le cura el torso y los flancos, completamente sangrantes por las puñaladas inflingidas. Glauco conversa con Maya –él aún está bajo los efectos del charm–, y gira brevemente para verla. Luego cura a Glauco.
- El hada se le aproxima, cuidadosamente.
- De acuerdo, Selena, quiero hacer las paces...
Maya saca de su bolso una pequeña bolita blanca cubierta en hojas.
- Prueba...
- ¿Qué es?
- Es un dulce que sale de un fruto grande. Es muy sabroso.
Selena, recelosa, se lo lleva a la boca. Le parece realmente bueno.
- ¡Gracias!
Y se aleja volando. Maya sonríe satisfecha.
Luego, da media vuelta y trata de entablar una conversación con el troll montañés, lográndolo a medias –le mueve la cabeza y le gruñe amistosamente–. En ese momento hace su aparición por la puerta principal del castillo un destacamento de altos elfos –doce de ellos–, montados a caballo.
- Por fin –murmura Maya–. La era hora de que aparecieran...
Eldar, uno de los lugartenientes del rey elfo, hace su presentación ante Glauco, el flamante monarca. Maya les comunica lo sucedido, y Eldar le ofrece proteger momentáneamente el castillo de nuevos forajidos e invita a Glauco al reino de los elfos. El guerrero accede y parten sin demora. Una vez en el reino, y algo más tranquila, Maya solicita ayuda a Silvan, el rey elfo para conjurar la amenaza del clérigo negro, y así pasan el mediodía y parte de la tarde reorganizándose para ir al este, al templo derruido. Miyi, alegando cansancio, se queda en el reino. El rey elfo se le queda mirando en silencio, sorprendido por la extraña conducta que adoptaba algunas veces la joven elfa, pero consigue hallar un propósito en la permanencia de Miyi en el reino. Así es que se propone meditar en sus aposentos. Mientras tanto, Maya, Eldar y Glauco, en su camino hacia el este son confundidos por bosques ilusorios que les hacen perder tiempo y cuando retoman el camino hacia el este encuentran un extraño claro –que nunca antes habían visto–, con la sorpresa de que está plagado de zombies que salen del suelo e impiden una vez más su avance directo. Después de una cruenta lucha –en la cual Maya sale herida– abandonan a todo galope el lugar y finalmente llegan a los pantanos en donde encuentran un hermoso caballo rojo que husmea en el fango. Algunos elfos, Eldar y Maya creen reconocer un cuerpo semienterrado en el fango. Maya se imagina que quizás sea el cuerpo del clérigo. Pero la pregunta es, ¿cómo llegó hasta allí, si estaba en las ruinas del templo, muchísimo más al norte? ¿No habrá sido transportado por aquel caballo? Y si eso fuera cierto, la otra pregunta –no menos escalofriante– sería, “¿por qué?”
Entretanto, llegan noticias al reino elfo de un caballo blanco desaparecido misteriosamente de las caballerizas del rey Augías II, de la ciudad de Topacio –ciudad habitada casi exclusivamente por humanos–, lo cual pone aun más pensativo a Silvan. Entonces llama a Miyi y le dice que se prepare para salir en busca de sus amigos.
- Miyi, querida, escúchame bien. Se ha tenido noticias de un hermoso caballo que ha desaparecido de un poblado humano. ¿Sabes qué puede suceder con los animales, personas u objetos que se aproximan a la perfección?
Miyi se quedó en silencio un rato.
- ¿Pueden ser imbuidos en magia?
- Exacto.
Entretanto, en el pantano, el caballo rojo súbitamente se da cuenta de que es vigilado, y echa a correr. La tropa élfica carga contra él, pero entonces surgen de la niebla dos criaturas hasta ahora desconocidas: elementales de tierra, madera retorcida y animada con una fuerza viscosa que simulan hombres membrudos de dos metros de alto que arremeten contra el grueso de la avanzada. Los elfos, Glauco y Eldar se baten contra aquellos nuevos enemigos.
El rey elfo camina junto a Miyi conversando de trivialidades hasta llegar al vestíbulo principal de la arboleda, en donde se lucen las hojas caídas sobre las losetas. Entonces, saca de sus ropas un pergamino enrollado, recién escrito, que le entrega con gran ceremonia:
- “Escucha muy bien, querida Miyi. Tenemos razones para creer que el espíritu del clérigo no ha abandonado este mundo y que se encuentra en estos momentos en el caballo desaparecido del rey Augías. En este pergamino está escrito un conjuro especial para conseguir que su espíritu abandone el caballo. Pero debes pronunciar este conjuro sobre una roca alta, yo preferiría aquella que se encuentra en el centro del Bosque Vano, y el mago que lo pronuncie debe flotar en el aire. No es necesario que sepas el porqué de tales requerimientos. Comunícale esto a Maya, ella sabrá qué hacer. Vé como el viento, porque tus amigos se encuentran en peligro”.
Miyi lo escuchó con su rostro de una inocencia recién nacida, pidió dos de los mejores elfos a caballo, y ella misma montó uno y salió veloz por los bosques.
El camino los confunde, como a la primera tropa de avanzada. Uno de los elfos está convencido de que el Este está “hacia allá”. Pero tanto Miyi como el otro elfo no están de acuerdo. En vista de eso, el hada le sugiere que encante al elfo.
- ¿Y por qué, si se puede saber? –pregunta Miyi, deteniendo a su caballo.
- ¡Porque estamos perdiendo el tiempo! –le responde el hada, con el rostro congestionado-; quién sabe qué peligros correrán tus amigos ahora. ¿Qué no has escuchado al rey elfo?
- Pero yo quería guardar mis conjuros para después...
El hada alza los brazos.
Miyi la mira con rostro cansado.
- Está bien...
Miyi le hace un gesto a Giordos.
El elfo aproxima su caballo. Miyi todavía recuerda el rostro de Selena. Oculta sus manos y hace como si se arreglara el cabello, mientras atrae las fuerzas ocultas, y le dice:
- Giordos, sabes que yo te considero un elfo especial por pertenecer a la guardia de Eldar. ¿Lo sabes, no es así?
- Pues... no lo sabía...
Los efectos del encantar comenzaron a deslizarse en la mente del elfo, que relajó el ceño fruncido que lucía hasta hace unos instantes. Sus ojos comenzaron a fijarse en la noble caída de frente de Miyi, y en la curva divina que hacían sus cabellos, sus ojos y sus labios cuando le hablaba.
- Bueno, pues... –lanzó una mirada oblícua al hada–, si mal no recuerdo, una vez me dijiste que la ruta hacia los límites del bosque quedaba hacia allá –y señaló la ruta que parecía la menos probable.
- ¿De verdad? Debo haberme olvidado. Pero si yo lo dije, debe estar bien, ¿no es así?
- ¡Por supuesto! –le respondió con una sonrisa–. Así es que, será mejor que vayamos por ahí...
- ¡Claro!
Miyi era muy buena con el encantar. Se sentía particularmente orgullosa de que podía ejercerlo incluso con sus mismos camaradas, de por sí difíciles de engañar. El elfo ya no la perdía de vista, y no se sabía si estaba mirando la grupa del caballo o la graciosa caída que hacía la capa de Miyi.
- Bien hecho –le contestó el hada.
Miyi permaneció en silencio.
Tal como el hada lo esperaba, el bosque comenzó a cambiar muy sutilmente –a adoptar su verdadera forma– mientras atravesaban lentamente el campo de zombies y llegaban al pantano a través de una densa niebla.
Mientras tanto, los elementales estaban manteniendo ocupados a los elfos a caballo, mientras Maya peleaba con no muy buena suerte con otros tantos zombies que rodeaban su montura. La situación era complicada. En ese preciso momento aparece Miyi con sus dos elfos de escolta, y eleva la moral de sus amigos. El caballo rojo sigue mirando todo desde los árboles secos. Aprovecha que Maya ha quedado sola para enfrentarla y hasta cierto punto, separarla de su amiga. Miyi, entretanto, prefiere buscar por su cuenta una piedra elevada. Finalmente la encuentra, trepa sobre ella, y de ahí hace señas y le grita a Maya para que venga. El caballo rojo inmediatamente se da cuenta de lo que sucede y la persigue.
Maya, con la capa ondeando al viento y el cabello que le sale alborotado debajo, le grita:
- ¿Qué sucede...?
A lo que Miyi, responde, apenas la tiene cerca como para hacerse entender:
- ¡Quítate de ahí!
Maya no entiende, pero se hace a un lado, suponiendo que es por el caballo que la persigue. Miyi, entonces, comienza a recordar...
- Eh...yo no sé cómo volar...
En ese momento el caballo golpea con sus cascos la piedra, con tanta fuerza, que hace que Miyi se resbale; pero los dos elfos lo hacen retroceder con sus espadas; Maya finalmente lo enfrenta, una vez más, y entonces el caballo rojo huye. Sus elementales desaparecen, al igual que la figura del caballo a medida que se pierde en la niebla.
Comienza a hacerse de noche. En el pantano, los elfos –con Eldar a la cabeza– Glauco, Maya y Miyi deliberan. Las opiniones se encuentran divididas, pero finalmente se decide por continuar la persecución del caballo rojo.
El centro de la maldad de aquel pantano descansa en un árbol negro y de tronco ancho, con hojas como calaveras y espadas alargadas. Los sobrevivientes del grupo de avanzada –unos quince aproximadamente– se detienen a la espera de la decisión de los líderes. Glauco, que antes había dejado abandonada a Maya por pelear con los elementales, quiso subsanar su error pidiéndole por favor acompañarla. Pero Maya se rehusó. Tanto ella como Miyi estaban escuchando la voz mental del clérigo que las llamaba desde aquel árbol para hacer una especie de acuerdo.
- Por favor, cúidense.
Miyi ve la preocupación en los ojos de Glauco, un poco tardía para ella. Maya observa a ambos, y avanza hacia el árbol.
Ambas se aproximan. Los arqueros tienen tensos sus arcos, por si el caballo rojo apostado al pie de aquel árbol negro hiciera algún movimiento sospechoso. Las elfas se aproximan hasta llegar a estar a dos metros de él. En ese momento, el caballo desaparece y en su lugar un clérigo muy apuesto les da la bienvenida:
- Saludos, hechiceras elfas, mi nombre es Cronos, señor de la vida... y la muerte...
Ambas se quedan silenciosas, por distintos motivos.
- Permítanme hacerles saber que la ambición no está reñida con la bondad... aunque parezca una locura, alguien puede ser bueno y ambicioso... y cuando alguien encuentra una verdadera razón por la cual pelear, entonces, se pelea...
Silencio.
- ¿Quién no quiere ser inmortal? ¿Quién, en algún momento de su vida, no ha sentido una furia virtuosa por la vida, y ha querido detener su paso, como se detiene la arena entre los dedos? Si la causa es justa, se permite luchar. Si la causa es buena, hasta la ira es necesaria porque es un medio para obtener el fin ansiado, supremo y justo...
El aire alrededor se estaba haciendo frío. Los caballos de los elfos comenzaban a encabritarse.
- Así es que les ofrezco mi amistad, como se ofrece el viento a las aves, sin malicia, pero con una gran confianza en el futuro... en que el futuro sea para siempre nuestro presente...
Extendió la palma derecha, y apareció en ella una diadema negra; extendió la otra y surgió un larguísimo arete de piedras negras.
- Son mis obsequios, tómenlos. Cuando sientan una ira justa, verdadera, entonces me encontrarán a su lado. Siempre.
La imagen del clérigo desapareció.
Para los que esperaban en los caballos, la imagen del caballo rojo desapareció. Maya vio que a Miyi le había crecido un arete negro tan largo como el que llevaba puesto en la otra oreja, y sintió un escalofrío. Luego se tanteó la frente.
Una diadema negra había aparecido, negra y pulida por el viento. Con cautela, la sacó y guardó en su bolso. Luego le dice a su amiga:
- Tienes un arete negro en...
Miyi se sujeta la oreja izquierda. Pero no encuentra nada. El arete había desaparecido. La hechicera estaba preocupada. Ella había sentido su diadema, pero su amiga Miyi no había reparado en el arete. Quizás...
Sacudió la cabeza. No era prudente aventurar juicios. Mejor era regresar al reino elfo y planear la siguiente estrategia.
Así es que retornaron a los dominios del rey Silvan, cabizbajos y francamente meditabundos.
El hada comienza a oler el ambiente, como buscando algo que se le ha perdido, por encima de las ruinas del templo calcinado, donde Miyi y Glauco el guerrero están plantando flores. Constatan que el cuerpo del clérigo está casi totalmente calcinado, así como el de otras personas, supuestamente sus guardianes y monaguillos. Miyi siente náuseas y se aleja para vomitar. Al poco rato aparecen unas criaturas encorvadas y huesudas que comen carne en descomposición: los ghouls. Miyi las ve primero, pero no dice nada; sin embargo, cuando Glauco los percibe, deja el sembrado e inmediatamente se dispone a pelear. Maya es la última en advertirlos, así que lanza una esfera de oscuridad entre los ghouls y ellos y huye al bosque; pero cuando los ve solos, se arrepiente y regresa. Miyi, mientras tanto, trata de evitar que el guerrero pelee, y lo trata de arrastrar del brazo que no sujeta la espada, pero sin éxito. Luego llega corriendo Maya y entre las dos recién comienzan a hacerlo retroceder lentamente. Glauco está blandiendo su espada, flanqueado por dos hermosas elfas que tratan de alejarlo del campo de batalla.
- ¡Suéltenme!
Finalmente, ambas se dan cuenta de que no podrán convencerlo a menos que lo encanten, así es que se turnan para lanzar el conjuro: “tú primero –dice Maya–; si no resulta, lo lanzo yo”. Lo lanza Miyi y resulta: el guerrero siente ganas de abrazar a la maga y hacer lo que ella le diga. Salen corriendo justo cuando los ghouls ya estaban por alcanzarlos.
- Bien. Ahora, ¿hacia dónde vamos?
- Regresemos hacia el reino elfo –propone Miyi.
- No creo que sea buena idea –responde Maya, pensativa-; primero tenemos que ver qué es lo que sucede con el castillo de Glauco. Recuerda que está abandonado. A estas alturas ya debe haber alguien que lo haya tomado.
- ¡Pero...! Bueno, está bien...
Maya observa con simpatía a su amiga de toda la vida, que debido al inmenso cariño que le tiene la llama ‘hermana menor’, a pesar de que no los une ningún vínculo de sangre. Lo mismo sucede con el rey Silvan, que la considera su hija predilecta y la joven promesa de las magas elfas.
- Tranquila, Miyi, luego regresaremos.
Por recomendación del hada Selena, huyen hacia el Sur, dan un rodeo por el Oeste, y toman esa dirección por un buen tiempo hasta llegar al flamante castillo que surgió después de liberar a Glauco de su maldición. El castillo se encuentra totalmente tomado por forajidos y buscafortunas, los cuales, apenas el grupo de aventureros trata de ingresar, les presentan combate. Glauco, enceguecido por la ira –y recordando poco a poco su naturaleza real–, se lanza sobre la puerta principal, seguido por dos consternadas Maya y Miyi. El hada los alienta a pelear, mientras por otro lado alienta a los mercenarios para que carguen sobre la hechicera Maya; ésta, al ver la situación difícil –son docenas de bandoleros los que bajan de las torres del castillo–, conjura su Disco Flotante de Tenser y busca alguna salida desde su nueva posición, eludiendo los ataques de los forajidos. Finalmente, el hada le aconseja ir por detrás del castillo. Maya, algo desconfiada, sin embargo, accede. Encuentra a un joven troll de las montañas encadenado a la pared de una de las torres del castillo, con un trozo de carne lejos de su alcance. Maya lo libera de uno de los grilletes utilizando una espada abandonada que encontrara por ahí, y el hada le tira un llavero que encontró, con el cual Maya termina de liberarlo. Utilizando sus habilidades de comunicación, consigue hacer que el troll la siga hasta el patio central del castillo, donde se estaba librando la pelea. Mientras tanto, los bandoleros ya habían saltado en docenas sobre Glauco y Miyi, y a pesar de sus esfuerzos, los estaban ahogando a puñaladas. La conciencia de la maga estaba por abandonar su cuerpo, cuando de pronto sintió –antes de desmayarse– que los cuerpos que estaban sobre ella eran lanzados por los aires como si fueran marionetas.
El combate había finalizado. El troll estaba descabezando a un bandolero inconsciente mientras los demás observaban la maniobra y huían despavoridos. Glauco estaba mal herido, apenas podía estar de pie. La hechicera le preguntó cómo estaba, y luego atendió a su amiga. Puso el cuerpo inconsciente de Miyi en su disco flotante. Luego le pidió al guerrero que se dé la vuelta. Desnuda a Miyi y le cura el torso y los flancos, completamente sangrantes por las puñaladas inflingidas. Glauco conversa con Maya –él aún está bajo los efectos del charm–, y gira brevemente para verla. Luego cura a Glauco.
- El hada se le aproxima, cuidadosamente.
- De acuerdo, Selena, quiero hacer las paces...
Maya saca de su bolso una pequeña bolita blanca cubierta en hojas.
- Prueba...
- ¿Qué es?
- Es un dulce que sale de un fruto grande. Es muy sabroso.
Selena, recelosa, se lo lleva a la boca. Le parece realmente bueno.
- ¡Gracias!
Y se aleja volando. Maya sonríe satisfecha.
Luego, da media vuelta y trata de entablar una conversación con el troll montañés, lográndolo a medias –le mueve la cabeza y le gruñe amistosamente–. En ese momento hace su aparición por la puerta principal del castillo un destacamento de altos elfos –doce de ellos–, montados a caballo.
- Por fin –murmura Maya–. La era hora de que aparecieran...
Eldar, uno de los lugartenientes del rey elfo, hace su presentación ante Glauco, el flamante monarca. Maya les comunica lo sucedido, y Eldar le ofrece proteger momentáneamente el castillo de nuevos forajidos e invita a Glauco al reino de los elfos. El guerrero accede y parten sin demora. Una vez en el reino, y algo más tranquila, Maya solicita ayuda a Silvan, el rey elfo para conjurar la amenaza del clérigo negro, y así pasan el mediodía y parte de la tarde reorganizándose para ir al este, al templo derruido. Miyi, alegando cansancio, se queda en el reino. El rey elfo se le queda mirando en silencio, sorprendido por la extraña conducta que adoptaba algunas veces la joven elfa, pero consigue hallar un propósito en la permanencia de Miyi en el reino. Así es que se propone meditar en sus aposentos. Mientras tanto, Maya, Eldar y Glauco, en su camino hacia el este son confundidos por bosques ilusorios que les hacen perder tiempo y cuando retoman el camino hacia el este encuentran un extraño claro –que nunca antes habían visto–, con la sorpresa de que está plagado de zombies que salen del suelo e impiden una vez más su avance directo. Después de una cruenta lucha –en la cual Maya sale herida– abandonan a todo galope el lugar y finalmente llegan a los pantanos en donde encuentran un hermoso caballo rojo que husmea en el fango. Algunos elfos, Eldar y Maya creen reconocer un cuerpo semienterrado en el fango. Maya se imagina que quizás sea el cuerpo del clérigo. Pero la pregunta es, ¿cómo llegó hasta allí, si estaba en las ruinas del templo, muchísimo más al norte? ¿No habrá sido transportado por aquel caballo? Y si eso fuera cierto, la otra pregunta –no menos escalofriante– sería, “¿por qué?”
Entretanto, llegan noticias al reino elfo de un caballo blanco desaparecido misteriosamente de las caballerizas del rey Augías II, de la ciudad de Topacio –ciudad habitada casi exclusivamente por humanos–, lo cual pone aun más pensativo a Silvan. Entonces llama a Miyi y le dice que se prepare para salir en busca de sus amigos.
- Miyi, querida, escúchame bien. Se ha tenido noticias de un hermoso caballo que ha desaparecido de un poblado humano. ¿Sabes qué puede suceder con los animales, personas u objetos que se aproximan a la perfección?
Miyi se quedó en silencio un rato.
- ¿Pueden ser imbuidos en magia?
- Exacto.
Entretanto, en el pantano, el caballo rojo súbitamente se da cuenta de que es vigilado, y echa a correr. La tropa élfica carga contra él, pero entonces surgen de la niebla dos criaturas hasta ahora desconocidas: elementales de tierra, madera retorcida y animada con una fuerza viscosa que simulan hombres membrudos de dos metros de alto que arremeten contra el grueso de la avanzada. Los elfos, Glauco y Eldar se baten contra aquellos nuevos enemigos.
El rey elfo camina junto a Miyi conversando de trivialidades hasta llegar al vestíbulo principal de la arboleda, en donde se lucen las hojas caídas sobre las losetas. Entonces, saca de sus ropas un pergamino enrollado, recién escrito, que le entrega con gran ceremonia:
- “Escucha muy bien, querida Miyi. Tenemos razones para creer que el espíritu del clérigo no ha abandonado este mundo y que se encuentra en estos momentos en el caballo desaparecido del rey Augías. En este pergamino está escrito un conjuro especial para conseguir que su espíritu abandone el caballo. Pero debes pronunciar este conjuro sobre una roca alta, yo preferiría aquella que se encuentra en el centro del Bosque Vano, y el mago que lo pronuncie debe flotar en el aire. No es necesario que sepas el porqué de tales requerimientos. Comunícale esto a Maya, ella sabrá qué hacer. Vé como el viento, porque tus amigos se encuentran en peligro”.
Miyi lo escuchó con su rostro de una inocencia recién nacida, pidió dos de los mejores elfos a caballo, y ella misma montó uno y salió veloz por los bosques.
El camino los confunde, como a la primera tropa de avanzada. Uno de los elfos está convencido de que el Este está “hacia allá”. Pero tanto Miyi como el otro elfo no están de acuerdo. En vista de eso, el hada le sugiere que encante al elfo.
- ¿Y por qué, si se puede saber? –pregunta Miyi, deteniendo a su caballo.
- ¡Porque estamos perdiendo el tiempo! –le responde el hada, con el rostro congestionado-; quién sabe qué peligros correrán tus amigos ahora. ¿Qué no has escuchado al rey elfo?
- Pero yo quería guardar mis conjuros para después...
El hada alza los brazos.
Miyi la mira con rostro cansado.
- Está bien...
Miyi le hace un gesto a Giordos.
El elfo aproxima su caballo. Miyi todavía recuerda el rostro de Selena. Oculta sus manos y hace como si se arreglara el cabello, mientras atrae las fuerzas ocultas, y le dice:
- Giordos, sabes que yo te considero un elfo especial por pertenecer a la guardia de Eldar. ¿Lo sabes, no es así?
- Pues... no lo sabía...
Los efectos del encantar comenzaron a deslizarse en la mente del elfo, que relajó el ceño fruncido que lucía hasta hace unos instantes. Sus ojos comenzaron a fijarse en la noble caída de frente de Miyi, y en la curva divina que hacían sus cabellos, sus ojos y sus labios cuando le hablaba.
- Bueno, pues... –lanzó una mirada oblícua al hada–, si mal no recuerdo, una vez me dijiste que la ruta hacia los límites del bosque quedaba hacia allá –y señaló la ruta que parecía la menos probable.
- ¿De verdad? Debo haberme olvidado. Pero si yo lo dije, debe estar bien, ¿no es así?
- ¡Por supuesto! –le respondió con una sonrisa–. Así es que, será mejor que vayamos por ahí...
- ¡Claro!
Miyi era muy buena con el encantar. Se sentía particularmente orgullosa de que podía ejercerlo incluso con sus mismos camaradas, de por sí difíciles de engañar. El elfo ya no la perdía de vista, y no se sabía si estaba mirando la grupa del caballo o la graciosa caída que hacía la capa de Miyi.
- Bien hecho –le contestó el hada.
Miyi permaneció en silencio.
Tal como el hada lo esperaba, el bosque comenzó a cambiar muy sutilmente –a adoptar su verdadera forma– mientras atravesaban lentamente el campo de zombies y llegaban al pantano a través de una densa niebla.
Mientras tanto, los elementales estaban manteniendo ocupados a los elfos a caballo, mientras Maya peleaba con no muy buena suerte con otros tantos zombies que rodeaban su montura. La situación era complicada. En ese preciso momento aparece Miyi con sus dos elfos de escolta, y eleva la moral de sus amigos. El caballo rojo sigue mirando todo desde los árboles secos. Aprovecha que Maya ha quedado sola para enfrentarla y hasta cierto punto, separarla de su amiga. Miyi, entretanto, prefiere buscar por su cuenta una piedra elevada. Finalmente la encuentra, trepa sobre ella, y de ahí hace señas y le grita a Maya para que venga. El caballo rojo inmediatamente se da cuenta de lo que sucede y la persigue.
Maya, con la capa ondeando al viento y el cabello que le sale alborotado debajo, le grita:
- ¿Qué sucede...?
A lo que Miyi, responde, apenas la tiene cerca como para hacerse entender:
- ¡Quítate de ahí!
Maya no entiende, pero se hace a un lado, suponiendo que es por el caballo que la persigue. Miyi, entonces, comienza a recordar...
- Eh...yo no sé cómo volar...
En ese momento el caballo golpea con sus cascos la piedra, con tanta fuerza, que hace que Miyi se resbale; pero los dos elfos lo hacen retroceder con sus espadas; Maya finalmente lo enfrenta, una vez más, y entonces el caballo rojo huye. Sus elementales desaparecen, al igual que la figura del caballo a medida que se pierde en la niebla.
Comienza a hacerse de noche. En el pantano, los elfos –con Eldar a la cabeza– Glauco, Maya y Miyi deliberan. Las opiniones se encuentran divididas, pero finalmente se decide por continuar la persecución del caballo rojo.
El centro de la maldad de aquel pantano descansa en un árbol negro y de tronco ancho, con hojas como calaveras y espadas alargadas. Los sobrevivientes del grupo de avanzada –unos quince aproximadamente– se detienen a la espera de la decisión de los líderes. Glauco, que antes había dejado abandonada a Maya por pelear con los elementales, quiso subsanar su error pidiéndole por favor acompañarla. Pero Maya se rehusó. Tanto ella como Miyi estaban escuchando la voz mental del clérigo que las llamaba desde aquel árbol para hacer una especie de acuerdo.
- Por favor, cúidense.
Miyi ve la preocupación en los ojos de Glauco, un poco tardía para ella. Maya observa a ambos, y avanza hacia el árbol.
Ambas se aproximan. Los arqueros tienen tensos sus arcos, por si el caballo rojo apostado al pie de aquel árbol negro hiciera algún movimiento sospechoso. Las elfas se aproximan hasta llegar a estar a dos metros de él. En ese momento, el caballo desaparece y en su lugar un clérigo muy apuesto les da la bienvenida:
- Saludos, hechiceras elfas, mi nombre es Cronos, señor de la vida... y la muerte...
Ambas se quedan silenciosas, por distintos motivos.
- Permítanme hacerles saber que la ambición no está reñida con la bondad... aunque parezca una locura, alguien puede ser bueno y ambicioso... y cuando alguien encuentra una verdadera razón por la cual pelear, entonces, se pelea...
Silencio.
- ¿Quién no quiere ser inmortal? ¿Quién, en algún momento de su vida, no ha sentido una furia virtuosa por la vida, y ha querido detener su paso, como se detiene la arena entre los dedos? Si la causa es justa, se permite luchar. Si la causa es buena, hasta la ira es necesaria porque es un medio para obtener el fin ansiado, supremo y justo...
El aire alrededor se estaba haciendo frío. Los caballos de los elfos comenzaban a encabritarse.
- Así es que les ofrezco mi amistad, como se ofrece el viento a las aves, sin malicia, pero con una gran confianza en el futuro... en que el futuro sea para siempre nuestro presente...
Extendió la palma derecha, y apareció en ella una diadema negra; extendió la otra y surgió un larguísimo arete de piedras negras.
- Son mis obsequios, tómenlos. Cuando sientan una ira justa, verdadera, entonces me encontrarán a su lado. Siempre.
La imagen del clérigo desapareció.
Para los que esperaban en los caballos, la imagen del caballo rojo desapareció. Maya vio que a Miyi le había crecido un arete negro tan largo como el que llevaba puesto en la otra oreja, y sintió un escalofrío. Luego se tanteó la frente.
Una diadema negra había aparecido, negra y pulida por el viento. Con cautela, la sacó y guardó en su bolso. Luego le dice a su amiga:
- Tienes un arete negro en...
Miyi se sujeta la oreja izquierda. Pero no encuentra nada. El arete había desaparecido. La hechicera estaba preocupada. Ella había sentido su diadema, pero su amiga Miyi no había reparado en el arete. Quizás...
Sacudió la cabeza. No era prudente aventurar juicios. Mejor era regresar al reino elfo y planear la siguiente estrategia.
Así es que retornaron a los dominios del rey Silvan, cabizbajos y francamente meditabundos.
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