domingo, 20 de septiembre de 2009

Las Aventuras de Maya y Miyi


Capítulo Segundo: El Caballo Rojo.

El hada comienza a oler el ambiente, como buscando algo que se le ha perdido, por encima de las ruinas del templo calcinado, donde Miyi y Glauco el guerrero están plantando flores. Constatan que el cuerpo del clérigo está casi totalmente calcinado, así como el de otras personas, supuestamente sus guardianes y monaguillos. Miyi siente náuseas y se aleja para vomitar. Al poco rato aparecen unas criaturas encorvadas y huesudas que comen carne en descomposición: los ghouls. Miyi las ve primero, pero no dice nada; sin embargo, cuando Glauco los percibe, deja el sembrado e inmediatamente se dispone a pelear. Maya es la última en advertirlos, así que lanza una esfera de oscuridad entre los ghouls y ellos y huye al bosque; pero cuando los ve solos, se arrepiente y regresa. Miyi, mientras tanto, trata de evitar que el guerrero pelee, y lo trata de arrastrar del brazo que no sujeta la espada, pero sin éxito. Luego llega corriendo Maya y entre las dos recién comienzan a hacerlo retroceder lentamente. Glauco está blandiendo su espada, flanqueado por dos hermosas elfas que tratan de alejarlo del campo de batalla.

- ¡Suéltenme!

Finalmente, ambas se dan cuenta de que no podrán convencerlo a menos que lo encanten, así es que se turnan para lanzar el conjuro: “tú primero –dice Maya–; si no resulta, lo lanzo yo”. Lo lanza Miyi y resulta: el guerrero siente ganas de abrazar a la maga y hacer lo que ella le diga. Salen corriendo justo cuando los ghouls ya estaban por alcanzarlos.

- Bien. Ahora, ¿hacia dónde vamos?

- Regresemos hacia el reino elfo –propone Miyi.

- No creo que sea buena idea –responde Maya, pensativa-; primero tenemos que ver qué es lo que sucede con el castillo de Glauco. Recuerda que está abandonado. A estas alturas ya debe haber alguien que lo haya tomado.

- ¡Pero...! Bueno, está bien...

Maya observa con simpatía a su amiga de toda la vida, que debido al inmenso cariño que le tiene la llama ‘hermana menor’, a pesar de que no los une ningún vínculo de sangre. Lo mismo sucede con el rey Silvan, que la considera su hija predilecta y la joven promesa de las magas elfas.

- Tranquila, Miyi, luego regresaremos.

Por recomendación del hada Selena, huyen hacia el Sur, dan un rodeo por el Oeste, y toman esa dirección por un buen tiempo hasta llegar al flamante castillo que surgió después de liberar a Glauco de su maldición. El castillo se encuentra totalmente tomado por forajidos y buscafortunas, los cuales, apenas el grupo de aventureros trata de ingresar, les presentan combate. Glauco, enceguecido por la ira –y recordando poco a poco su naturaleza real–, se lanza sobre la puerta principal, seguido por dos consternadas Maya y Miyi. El hada los alienta a pelear, mientras por otro lado alienta a los mercenarios para que carguen sobre la hechicera Maya; ésta, al ver la situación difícil –son docenas de bandoleros los que bajan de las torres del castillo–, conjura su Disco Flotante de Tenser y busca alguna salida desde su nueva posición, eludiendo los ataques de los forajidos. Finalmente, el hada le aconseja ir por detrás del castillo. Maya, algo desconfiada, sin embargo, accede. Encuentra a un joven troll de las montañas encadenado a la pared de una de las torres del castillo, con un trozo de carne lejos de su alcance. Maya lo libera de uno de los grilletes utilizando una espada abandonada que encontrara por ahí, y el hada le tira un llavero que encontró, con el cual Maya termina de liberarlo. Utilizando sus habilidades de comunicación, consigue hacer que el troll la siga hasta el patio central del castillo, donde se estaba librando la pelea. Mientras tanto, los bandoleros ya habían saltado en docenas sobre Glauco y Miyi, y a pesar de sus esfuerzos, los estaban ahogando a puñaladas. La conciencia de la maga estaba por abandonar su cuerpo, cuando de pronto sintió –antes de desmayarse– que los cuerpos que estaban sobre ella eran lanzados por los aires como si fueran marionetas.

El combate había finalizado. El troll estaba descabezando a un bandolero inconsciente mientras los demás observaban la maniobra y huían despavoridos. Glauco estaba mal herido, apenas podía estar de pie. La hechicera le preguntó cómo estaba, y luego atendió a su amiga. Puso el cuerpo inconsciente de Miyi en su disco flotante. Luego le pidió al guerrero que se dé la vuelta. Desnuda a Miyi y le cura el torso y los flancos, completamente sangrantes por las puñaladas inflingidas. Glauco conversa con Maya –él aún está bajo los efectos del charm–, y gira brevemente para verla. Luego cura a Glauco.

- El hada se le aproxima, cuidadosamente.

- De acuerdo, Selena, quiero hacer las paces...

Maya saca de su bolso una pequeña bolita blanca cubierta en hojas.

- Prueba...

- ¿Qué es?

- Es un dulce que sale de un fruto grande. Es muy sabroso.

Selena, recelosa, se lo lleva a la boca. Le parece realmente bueno.

- ¡Gracias!

Y se aleja volando. Maya sonríe satisfecha.

Luego, da media vuelta y trata de entablar una conversación con el troll montañés, lográndolo a medias –le mueve la cabeza y le gruñe amistosamente–. En ese momento hace su aparición por la puerta principal del castillo un destacamento de altos elfos –doce de ellos–, montados a caballo.

- Por fin –murmura Maya–. La era hora de que aparecieran...
Eldar, uno de los lugartenientes del rey elfo, hace su presentación ante Glauco, el flamante monarca. Maya les comunica lo sucedido, y Eldar le ofrece proteger momentáneamente el castillo de nuevos forajidos e invita a Glauco al reino de los elfos. El guerrero accede y parten sin demora. Una vez en el reino, y algo más tranquila, Maya solicita ayuda a Silvan, el rey elfo para conjurar la amenaza del clérigo negro, y así pasan el mediodía y parte de la tarde reorganizándose para ir al este, al templo derruido. Miyi, alegando cansancio, se queda en el reino. El rey elfo se le queda mirando en silencio, sorprendido por la extraña conducta que adoptaba algunas veces la joven elfa, pero consigue hallar un propósito en la permanencia de Miyi en el reino. Así es que se propone meditar en sus aposentos. Mientras tanto, Maya, Eldar y Glauco, en su camino hacia el este son confundidos por bosques ilusorios que les hacen perder tiempo y cuando retoman el camino hacia el este encuentran un extraño claro –que nunca antes habían visto–, con la sorpresa de que está plagado de zombies que salen del suelo e impiden una vez más su avance directo. Después de una cruenta lucha –en la cual Maya sale herida– abandonan a todo galope el lugar y finalmente llegan a los pantanos en donde encuentran un hermoso caballo rojo que husmea en el fango. Algunos elfos, Eldar y Maya creen reconocer un cuerpo semienterrado en el fango. Maya se imagina que quizás sea el cuerpo del clérigo. Pero la pregunta es, ¿cómo llegó hasta allí, si estaba en las ruinas del templo, muchísimo más al norte? ¿No habrá sido transportado por aquel caballo? Y si eso fuera cierto, la otra pregunta –no menos escalofriante– sería, “¿por qué?”

Entretanto, llegan noticias al reino elfo de un caballo blanco desaparecido misteriosamente de las caballerizas del rey Augías II, de la ciudad de Topacio –ciudad habitada casi exclusivamente por humanos–, lo cual pone aun más pensativo a Silvan. Entonces llama a Miyi y le dice que se prepare para salir en busca de sus amigos.

- Miyi, querida, escúchame bien. Se ha tenido noticias de un hermoso caballo que ha desaparecido de un poblado humano. ¿Sabes qué puede suceder con los animales, personas u objetos que se aproximan a la perfección?

Miyi se quedó en silencio un rato.

- ¿Pueden ser imbuidos en magia?

- Exacto.

Entretanto, en el pantano, el caballo rojo súbitamente se da cuenta de que es vigilado, y echa a correr. La tropa élfica carga contra él, pero entonces surgen de la niebla dos criaturas hasta ahora desconocidas: elementales de tierra, madera retorcida y animada con una fuerza viscosa que simulan hombres membrudos de dos metros de alto que arremeten contra el grueso de la avanzada. Los elfos, Glauco y Eldar se baten contra aquellos nuevos enemigos.

El rey elfo camina junto a Miyi conversando de trivialidades hasta llegar al vestíbulo principal de la arboleda, en donde se lucen las hojas caídas sobre las losetas. Entonces, saca de sus ropas un pergamino enrollado, recién escrito, que le entrega con gran ceremonia:

- “Escucha muy bien, querida Miyi. Tenemos razones para creer que el espíritu del clérigo no ha abandonado este mundo y que se encuentra en estos momentos en el caballo desaparecido del rey Augías. En este pergamino está escrito un conjuro especial para conseguir que su espíritu abandone el caballo. Pero debes pronunciar este conjuro sobre una roca alta, yo preferiría aquella que se encuentra en el centro del Bosque Vano, y el mago que lo pronuncie debe flotar en el aire. No es necesario que sepas el porqué de tales requerimientos. Comunícale esto a Maya, ella sabrá qué hacer. Vé como el viento, porque tus amigos se encuentran en peligro”.

Miyi lo escuchó con su rostro de una inocencia recién nacida, pidió dos de los mejores elfos a caballo, y ella misma montó uno y salió veloz por los bosques.

El camino los confunde, como a la primera tropa de avanzada. Uno de los elfos está convencido de que el Este está “hacia allá”. Pero tanto Miyi como el otro elfo no están de acuerdo. En vista de eso, el hada le sugiere que encante al elfo.

- ¿Y por qué, si se puede saber? –pregunta Miyi, deteniendo a su caballo.

- ¡Porque estamos perdiendo el tiempo! –le responde el hada, con el rostro congestionado-; quién sabe qué peligros correrán tus amigos ahora. ¿Qué no has escuchado al rey elfo?

- Pero yo quería guardar mis conjuros para después...

El hada alza los brazos.

Miyi la mira con rostro cansado.

- Está bien...

Miyi le hace un gesto a Giordos.

El elfo aproxima su caballo. Miyi todavía recuerda el rostro de Selena. Oculta sus manos y hace como si se arreglara el cabello, mientras atrae las fuerzas ocultas, y le dice:

- Giordos, sabes que yo te considero un elfo especial por pertenecer a la guardia de Eldar. ¿Lo sabes, no es así?

- Pues... no lo sabía...

Los efectos del encantar comenzaron a deslizarse en la mente del elfo, que relajó el ceño fruncido que lucía hasta hace unos instantes. Sus ojos comenzaron a fijarse en la noble caída de frente de Miyi, y en la curva divina que hacían sus cabellos, sus ojos y sus labios cuando le hablaba.

- Bueno, pues... –lanzó una mirada oblícua al hada–, si mal no recuerdo, una vez me dijiste que la ruta hacia los límites del bosque quedaba hacia allá –y señaló la ruta que parecía la menos probable.

- ¿De verdad? Debo haberme olvidado. Pero si yo lo dije, debe estar bien, ¿no es así?

- ¡Por supuesto! –le respondió con una sonrisa–. Así es que, será mejor que vayamos por ahí...

- ¡Claro!

Miyi era muy buena con el encantar. Se sentía particularmente orgullosa de que podía ejercerlo incluso con sus mismos camaradas, de por sí difíciles de engañar. El elfo ya no la perdía de vista, y no se sabía si estaba mirando la grupa del caballo o la graciosa caída que hacía la capa de Miyi.

- Bien hecho –le contestó el hada.

Miyi permaneció en silencio.

Tal como el hada lo esperaba, el bosque comenzó a cambiar muy sutilmente –a adoptar su verdadera forma– mientras atravesaban lentamente el campo de zombies y llegaban al pantano a través de una densa niebla.

Mientras tanto, los elementales estaban manteniendo ocupados a los elfos a caballo, mientras Maya peleaba con no muy buena suerte con otros tantos zombies que rodeaban su montura. La situación era complicada. En ese preciso momento aparece Miyi con sus dos elfos de escolta, y eleva la moral de sus amigos. El caballo rojo sigue mirando todo desde los árboles secos. Aprovecha que Maya ha quedado sola para enfrentarla y hasta cierto punto, separarla de su amiga. Miyi, entretanto, prefiere buscar por su cuenta una piedra elevada. Finalmente la encuentra, trepa sobre ella, y de ahí hace señas y le grita a Maya para que venga. El caballo rojo inmediatamente se da cuenta de lo que sucede y la persigue.

Maya, con la capa ondeando al viento y el cabello que le sale alborotado debajo, le grita:

- ¿Qué sucede...?

A lo que Miyi, responde, apenas la tiene cerca como para hacerse entender:

- ¡Quítate de ahí!

Maya no entiende, pero se hace a un lado, suponiendo que es por el caballo que la persigue. Miyi, entonces, comienza a recordar...

- Eh...yo no sé cómo volar...

En ese momento el caballo golpea con sus cascos la piedra, con tanta fuerza, que hace que Miyi se resbale; pero los dos elfos lo hacen retroceder con sus espadas; Maya finalmente lo enfrenta, una vez más, y entonces el caballo rojo huye. Sus elementales desaparecen, al igual que la figura del caballo a medida que se pierde en la niebla.

Comienza a hacerse de noche. En el pantano, los elfos –con Eldar a la cabeza– Glauco, Maya y Miyi deliberan. Las opiniones se encuentran divididas, pero finalmente se decide por continuar la persecución del caballo rojo.

El centro de la maldad de aquel pantano descansa en un árbol negro y de tronco ancho, con hojas como calaveras y espadas alargadas. Los sobrevivientes del grupo de avanzada –unos quince aproximadamente– se detienen a la espera de la decisión de los líderes. Glauco, que antes había dejado abandonada a Maya por pelear con los elementales, quiso subsanar su error pidiéndole por favor acompañarla. Pero Maya se rehusó. Tanto ella como Miyi estaban escuchando la voz mental del clérigo que las llamaba desde aquel árbol para hacer una especie de acuerdo.

- Por favor, cúidense.

Miyi ve la preocupación en los ojos de Glauco, un poco tardía para ella. Maya observa a ambos, y avanza hacia el árbol.

Ambas se aproximan. Los arqueros tienen tensos sus arcos, por si el caballo rojo apostado al pie de aquel árbol negro hiciera algún movimiento sospechoso. Las elfas se aproximan hasta llegar a estar a dos metros de él. En ese momento, el caballo desaparece y en su lugar un clérigo muy apuesto les da la bienvenida:

- Saludos, hechiceras elfas, mi nombre es Cronos, señor de la vida... y la muerte...

Ambas se quedan silenciosas, por distintos motivos.

- Permítanme hacerles saber que la ambición no está reñida con la bondad... aunque parezca una locura, alguien puede ser bueno y ambicioso... y cuando alguien encuentra una verdadera razón por la cual pelear, entonces, se pelea...

Silencio.

- ¿Quién no quiere ser inmortal? ¿Quién, en algún momento de su vida, no ha sentido una furia virtuosa por la vida, y ha querido detener su paso, como se detiene la arena entre los dedos? Si la causa es justa, se permite luchar. Si la causa es buena, hasta la ira es necesaria porque es un medio para obtener el fin ansiado, supremo y justo...

El aire alrededor se estaba haciendo frío. Los caballos de los elfos comenzaban a encabritarse.

- Así es que les ofrezco mi amistad, como se ofrece el viento a las aves, sin malicia, pero con una gran confianza en el futuro... en que el futuro sea para siempre nuestro presente...

Extendió la palma derecha, y apareció en ella una diadema negra; extendió la otra y surgió un larguísimo arete de piedras negras.

- Son mis obsequios, tómenlos. Cuando sientan una ira justa, verdadera, entonces me encontrarán a su lado. Siempre.

La imagen del clérigo desapareció.

Para los que esperaban en los caballos, la imagen del caballo rojo desapareció. Maya vio que a Miyi le había crecido un arete negro tan largo como el que llevaba puesto en la otra oreja, y sintió un escalofrío. Luego se tanteó la frente.

Una diadema negra había aparecido, negra y pulida por el viento. Con cautela, la sacó y guardó en su bolso. Luego le dice a su amiga:

- Tienes un arete negro en...

Miyi se sujeta la oreja izquierda. Pero no encuentra nada. El arete había desaparecido. La hechicera estaba preocupada. Ella había sentido su diadema, pero su amiga Miyi no había reparado en el arete. Quizás...

Sacudió la cabeza. No era prudente aventurar juicios. Mejor era regresar al reino elfo y planear la siguiente estrategia.

Así es que retornaron a los dominios del rey Silvan, cabizbajos y francamente meditabundos.

lunes, 14 de septiembre de 2009

Las Aventuras de Maya y Miyi (el origen)


Esta divertida historia se las debo a dos amigas, Cathy y Daysi, mujeres coquetas y bellas si las hay, que en ese preciso momento se encontraban curiosas acerca de jugar aventuras imaginarias. Pues bien, desarrollé una aventura al estilo fantástico medieval, con un malvado clérigo al que tenían que conjurar. Lo que me sorprendió al principio fue el detalle con que desarrollaron sus personajes: tanto Maya (Daysi) como Miyi (Cathy) describieron y dibujaron sus respectivos trajes con que iniciarían la aventura. Más de una hora entre telas, colores, plisados, encajes, joyas y runas, que me dejaron boquiabierto y mareado. Considérenme: soy un hombre, no doy tanto tiempo a los últimos diseños de moda. Me preocupan las espadas y equipamiento, o los conjuros mágicos, no cómo se verán los héroes si algún camarógrafo imposible apareciera de repente y les tomara una foto.

Pero ellas eran mujeres. Y ejercieron su derecho con toda naturalidad.

Después del vestido, comenzó el problema del nombre. Daysi dijo el suyo, que en realidad es su alias, muy conocido por sus amigos cercanos: Maya, es decir, la Madre del Universo. Cathy, al ver la rapidez de la elección del nombre, y ya cercano el inicio de la aventura, no tuvo otra ocurrencia que cambiarle ligeramente algunas letras al nombre de su amiga, y crear el suyo: Miyi, habida cuenta que Cathy es cronólogicamente menor que Daysi.

Y así dio comienzo a esta nueva saga novelada y fantástica, que agradezco a los dioses me hayan permitido gozar, junto a estas dos bellezas del mundo de Rol, que todavía conservo como amigas, y que ahora recuerdan entre una y otra sonrisa, el pasado bien vivido y bien jugado.

Las Aventuras de Maya y Miyi




Capítulo Primero: El Clérigo.

En la frontera del misterioso Reino de los Elfos, justo en el lugar donde terminan sus dominios y comienzan los de la ciudad de Topacio, sucedieron unas misteriosas muertes, que según sus veloces mensajeros obedecen a pérfidos motivos. En ese momento, el reino elfo estaba pasando por un período de transición, con sus grandes generales y alto mando por pasar al retiro, de tal modo que comenzaba una nueva generación a ganar experiencia en el duro arte de enfrentarse al mal. Maya y Miyi, hechicera y maga respectivamente, las jóvenes promesas de la corona élfica, son comisionadas entonces para ventilar el asunto. Maya, la mayor y más experimentada, pide al rey ir sin tropas, lo antes posible. Salen rumbo a la frontera con Topacio, moviéndose velozmente. Después de un día de camino, y atravesando un bosque iluminado por los rayos del sol, encuentran una figura alada que pide auxilio. Las dos elfas se detienen y alzan la mirada. Ante el panorama sereno del bosque surcado de bandas doradas, una enorme gárgola se encuentra persiguiendo a una figurilla pequeña y alada, que gira y gira mientras grita –con su vocecita aguda y delgada– el auxilio que espera conseguir.

Maya –la más experimentada de las dos– inmediatamente se pone a murmurar el conjuro volar, mientras Miyi alza su báculo para enfrentarla.

La gárgola pierde a la figurilla y luego se percata de que la elfa más alta le está haciendo gestos desafiantes. Así es que olvida la persecución y se lanza en picada contra ella. Miyi intenta golpearla con su báculo pero sin éxito; la gárgola devuelve y le hace morder la tierra.

Mientras tanto la figurilla, al ver a sus dos salvadoras, se alegra –con una alegría basada en extraño conocimiento de las cosas–, y se refugia como una bala en el bolso de Maya. Ella golpea su bolso pidiéndole que se calle la boca, mientras se eleva y gira en el aire para ver los progresos de su amiga.

La gárgola está a punto de volver a la carga. Miyi intenta hacerle un conjuro de dormir, pero sin éxito. Maya hace un gesto de incomprensión, ante la absurda jugada de su amiga. Así es que hace la finta de atacar volando directamente hacia la criatura, y un segundo antes chocar hace un esquive. La maniobra da resultado: la gárgola sigue de largo, golpea el tronco de un grueso árbol, y cae de bruces en el suelo húmedo. Miyi aprovecha para huir hacia el matorral donde viera que se había escondido Maya, sin voltear a ver qué pasó con su enemigo.

Ahí encuentra a Maya que está haciendo el conjuro esfera de protección contra el mal, y entonces abre el bolso. La figurilla –con las alas dobladas y el cuerpo amoratado de tanto golpe– sale volando directamente hacia el rostro de Miyi, y se pierde en sus cabellos. Ahí se queda un buen rato.

La gárgola se recupera del impacto y comienza a husmear en el aire.

- ¡Escuchen, no me hagan daño por favor, yo soy su amiga!
- Te escuchamos, no seremos malas contigo... –le responde Miyi.
- ¡Pero... esa abominación llamada elfa me ha golpeado salvajemente! ¡Mis alas, mis preciosas alas!
- Discúlpala, por favor. Si quieres, puedes hablar sólo conmigo.

El hada se tomó esto a pecho porque, saliendo de los frondosos cabellos de Miyi, y dándole adrede la espalda a Maya, les dice:

- Vengo a explicarles cómo vencer a clérigo negro, que antes curaba a la gente y ahora sólo se dedica al mal...

La gárgola los encuentra finalmente. Despliega sus alas membranosas y sale en carga hacia ellas.

- ...él está tratando de ejecutar un conjuro que lo volverá inmortal, y para eso necesita de las almas de ciertas personas; tenemos que ir a detenerlo antes de que ésto ocurra...

El monstruo alado se estrella contra el campo de protección de Maya, y cae al suelo.

- ...será mejor que nos vayamos de aquí cuanto antes...

El grupo sale del campo de protección, y tanto Maya como el hada vuelan por el bosque. Miyi no ha aprendido el hechizo volar así es que Maya trata tres veces de sujetarla sin éxito; finalmente, Miyi prefiere correr a toda velocidad.

- ¿Cuál es tu nombre? –le pregunta Miyi.
- Selena –responde el hada.
Y se sienta en el hombro de Miyi. Luego mira a Maya con una mezcla de horror e ira, vuela alrededor suyo y luego regresa y dice:
- ¿Siempre es así tu amiga?
- ¿Cómo así?
- Así... que golpea a las hadas.
- No; sólo las golpea cuando hacen ruido.
- ...
- Es un poco antisocial... con cierta gente.

Selena se le queda mirando.

- Eh... con ciertas criaturas.
- Ah...

Una vez que logran poner suficiente distancia entre ellas y la gárgola, Selena recién entonces cree oportuno explicarles en detalle su misión:

- Yo he venido a ustedes para guiarlos en su aventura por órdenes de un mago poderoso a quien le debo la vida. La gárgola que hemos perdido es uno de los guardianes del clérigo. Al parecer, se enteró de mis intenciones y lo envió para detenerme. Para conseguir vencer a este clérigo, antes benigno, deben rescatar a un guerrero que está camino al templo. Es un pequeño desvío en nuestro camino, pero de verdad vale la pena. Déjenme guiarlas...

El hada las guía hasta una cabaña en donde encuentran a un solitario anciano sentado en una silla viejísima. El anciano les pide por favor –en un lenguaje apenas entendible– que le rasuren la barba porque hace mucho tiempo que no puede hacerlo por sí mismo. Como no vieran hoja de rasurar ni palangana alguna, Selena nuevamente sale en su ayuda, diciéndole a Miyi dónde encontrar ambas cosas:

- Aunque no lo creas, se encuentran en una inmensa fortaleza hecha de estacas de madera, llamada el gran Dun.
- ¡Ah...!
- ¿La conoces?
- No, pero he oído hablar de ella.

El hada mira entonces a Maya. Esta se encoge de hombros.

- ¿Vamos, entonces?
- ¡Vamos!

Maya se ofrece a cuidar del anciano mientras Miyi –auxiliada por Selena– va por los utensilios. Antes de llegar al gran Dun, por consejo del hada, caza un conejo y lo sacrifica frente a la entrada. A continuación salen nueve enormes mastines cobrizos y devoran al conejo. Miyi aprovecha para ingresar al Dun. El hada vuela siempre cerca de ella y le dice:


- Encuentra la cuchilla y la palangana, tómalas y sal de ahí lo antes posible, ¡y no toques nada más!


- Miyi se apresura a buscar los objetos. Su aguda vista reconoce la hoja y la palangana, y las toma con mucho cuidado sin hacer caso de las montañas de oro, armas y objetos valiosos que ahí se encuentran. Al salir –mejor dicho, al dar un enorme salto por encima de los mastines que bloqueaban la entrada– es mordida por uno de ellos, pero sobrevive y llega a la cabaña.

Mientras tanto, Maya conversa y trata de hacer la vida más confortable al anciano, quien le cuenta lo que recuerda de su vida: que había recorrido un vasto reino gobernado por un monarca noble y poderoso.

En ese momento llegan Miyi y Selena. Miyi le entrega entonces los utensilios a Maya, quien lo rasura. A medida que lo hace, el anciano, inexplicablemente, va rejuveneciendo. Al ver eso, Maya lo deja a mitad de rasurado, y Miyi la ve que no quiere continuar y termina la tarea. Ahora lo que ella ve es a un apuesto guerrero que se alza de su trono –la cabaña se ha convertido en un hermoso castillo–, quien le agradece el haberlo liberado de aquella maldición. Al salir del castillo, una forma voladora se encuentra a punto de dar con aquella nueva construcción. El guerrero desenfunda su espada, largo tiempo dormida. Maya se adelanta y utiliza su escudo semitransparente que hace rebotar a la gárgola en su primer ataque, y luego el guerrero termina de vencerla con su espada.

- Gracias por la ayuda.
- De nada...

Como ambas elfas están bastante golpeadas por su primer encuentro con aquella gárgola, el guerrero les pide que por favor lo sigan para presentarles a un clérigo amigo suyo. La jornada los lleva hasta que cae la noche, hacia una amplia hondonada rodeada de sinuosas colinas, en donde se alza una brillante y altísima torre blanca, desde la cual desciende una figura luminosa. El guerrero conversa con aquella figura, y luego el clérigo accede a curarlas. Después, le dice a Miyi:

- Noble elfa... me debes prometer que después de cumplir tu cometido de vencer al clérigo negro, sembrarás un campo de flores amarillas en donde más te parezca.

- Así lo haré...

En el camino la hechicera Maya recuerda que tiene en su bolso un ungüento para curar las heridas. Miyi le pide a Glauco –el guerrero– que le aplique éste en la espalda, mientras conversan. Inmediatamente el hada Selena esboza una sonrisa de complicidad que se congela cuando se encuentra con los ojos de Maya. De todas formas, Glauco parece ser un poco tímido con las mujeres, pues frota con excesiva cautela la curvada espalda de Miyi, y le conversa de temas lejanos como la forja de espadas o la defensa contra dragones.

La noche los sorprende camino al templo del clérigo, y deciden pernoctar en una cueva a mitad de una montaña. Se turnan para hacer guardia, en orden: primero Glauco, luego Maya, y finalmente Miyi. Ninguna novedad, excepto que Selena se pierde luego de medianoche. Al amanecer, Maya se despierta y comienza hacer sus estiramientos, pero Glauco aún permanece dormido. Miyi lo mueve para despertarlo, pero sin éxito. Entonces se le ocurre besarlo. Glauco se voltea y sigue durmiendo. Miyi vuelve a intentarlo, dos y tres veces. Finalmente, el guerrero se despierta. Los tres salen de la cueva a recibir la mañana. Entonces llega el hada con noticias sobre las defensas del templo:

- ¡Escuchen, debemos entrar por la puerta del Norte!

Pero antes de que el hada pueda explicarles el por qué, un suceso especialísimo ocurre en el cielo. Unas figuras celestes semejantes a cometas vivos viajan desde el amanecer con rumbo a un punto remoto al otro lado de la montaña.

- ¡Vean! ¡Son las almas de los muertos, que viajan al templo del clérigo malo!

A toda carrera, el grupo cruza la montaña por arriba y al descender ya puede ver las torres más altas del templo gris, morada del clérigo maligno. Al llegar a unos metros de la entrada principal –la entrada del Oeste–, deliberan para decidir por cuál ingresarán. Según el hada, soldados infinitos custodian la entrada del Oeste, mientras que dos o tres hombres jabalí hacen lo propio en la del Norte. Sin embargo, Maya prefiere hacer un intento de encantar persona en el guerrero de la puerta Norte. Así es que avanza hacia él y se levanta la prolongada capa que la cubre casi por completo, dejando ver su torneada pierna.

- ¿Puedes dejarnos pasar, soldado?

Sea por la naturaleza del soldado, sea por el frío de aquel fin de bosque, lo cierto es que al soldado no le causó mucha gracia que una elfa se venga a complicar la vida animando a un guerrero a desobedecer una orden. Así es que le respondió:

- Vete por donde viniste, elfa, que aquí no eres bienvenida.

Maya suelta su capa y regresa al escondite.

- Vamos por la entrada del Norte...

Miyi, Glauco y el hada se quedaron mirando a la elfa, que avanzaba resuelta a la otra entrada. Se encogen de hombros y la siguen sin preguntarle más. Tal como había dicho el hada, dos hombres jabalí estaban roncando en la entrada. Las elfas saben que no pueden encantar a criaturas de ese tipo, así es que utilizan otra estrategia. Una de ellas llama la atención de los guardianes y los atrae hasta la arboleda. Una vez en ella, Glauco los hiere de muerte con su espada. Ingresan sin problemas y ubican sin titubear la torre más alta, debido a que las formas celestes convergen sin cesar en ella.

- ¡Ahí arriba está el clérigo! –les dice Selena.

Los tres suben por las escaleras en espiral mientras escuchan una voz que grita un conjuro. Ingresan al último piso justo a tiempo para ver la escena: todas las formas celestes terminan su viaje en un inmenso rosal de rosas blancas, y cada forma celeste que llega se pierde en una rosa blanca, que se transforma en roja. Maya se lanza inmediatamente sobre el clérigo y forcejea con él hasta colocarlo al borde de la ventana de piedra, mientras Miyi lanza una bola de fuego. Todo el rosal estalla en llamas. Maya y el clérigo salen disparados por la ventana antes de que la bola de fuego estalle, y ella, en el aire, ejecuta su conjuro de volar mientras observa cómo la torre entera se llena de una energía luminosa.

El templo se deshace en llamas.


&&&


Cielo azul sobre árboles hechos ceniza. Torres semiderruidas y un olor a carne quemada. Tierra y piedra negra que ya no se distingue. Miyi, de pie sobre aquel campo abatido, está sembrando flores amarillas. Glauco el guerrero, le ayuda. Maya, muda, los observa sin saber qué decir. El hada Selena, sin embargo, no los atiende.

martes, 1 de septiembre de 2009

El Mago Púrpura - El Fin de la Profecía

Nosferatus detiene la primera oleada de hombres lagarto, y los envía muy lejos de un solo movimiento, hasta caer sobre sus camaradas. Su armadura comienza a brillar ligeramente, y de pronto el himno cambia a un sonido como de mar embravecido. Los Carrion Crawler, al ver esto, se detienen y retiran de la escena. El sujeto solitario está observando embobado la elocuencia de movimientos de Nosferatus. Se imagina un ejército de aquellos guerreros, guardianes invencibles de un reino lejano, pero no imposible.

Los hombres lagarto vuelan a diestra y siniestra mientras Rayson entrega el verdadero anillo a Van Kadeth.

- Toma, aquí tienes el anillo.
- ¿Qué? ¿Quiere decir que éste no era el verdadero?
- No...

Afortunadamente para Rayson estaban en plena batalla, de lo contrario Van Kadeth se las habría cantado todas. En lugar de eso, le arrebata el anillo y se lo pone en el dedo índice, mirándolo ferozmente. Casi se inmediato surge un halo amarillo pálido a su alrededor que envuelve tanto a Rayson como a Nosferatus, y dos hombres lagarto caen hacia atrás, sacudidos y confusos. Los tres se encuentran dentro de aquella cúpula divina que hace retroceder al mal. Rayson -sin el menor asomo de miedo- atraviesa el escudo y se reúne con el clérigo jefe para apoyarlo. Sin embargo, quien hubiera visto los ojos azules de aquel sacerdote, diría que aquel hombre no conoce el miedo.

- Señor, usted es quien debe usar el anillo...
- Si así le parece...

Van Kadeth ya está con él y de espaldas a los hombres lagarto. Nosferatus acaba de salir del escudo y está encarando a tres lanceros.

El hombre solitario se lanza a la pelea detrás de unos hombres lagarto; pero en lugar de acabar con Nosferatus y los clérigos, ataca a uno de los lagartos, que lo mira estupefacto. En ese momento, uno de los magos que iban con los hombres lagarto pide que le abran el paso y lanza una bola de fuego: Nosferatus no puede hacer nada para evitarlo, pues el disparo es más rápido que su espada, y hace impacto detrás. Se oye un estruendo terrible, y las rocas son salpicadas con piedra derretida. Pero cuando el humo se disipa, se ve al jefe al jefe clérigo caído junto con Rayson, pero ileso. El escudo los protegió del daño del fuego, sin bien no impidió que salieran proyectados contra la pared.
- ¡Pronto, llamen a los ángeles!

El jefe se pone de pie y le pide a Rayson que le ayude. Ambos comienzan a orar con los brazos extendidos. Van Kadeth comienza a sentir la presencia benigna de los ángeles, y se marea. Sobre el borde del agujero, en el piso del templo, dos figuras se inclinan con sorna y curiosidad: Gallager y el mago Púrpura. Sin decir nada comienzan a mover las manos. El ladrón les tira su daga que cae en el cuerpo de Gallager; el mago pega un grito atroz y desaparece de vista; pero el mago Púrpura termina su conjuro y de pronto todas las luces se van del agujero. Una oscuridad total los envuelve. Rayson y el jefe clérigo sienten que su poder clerical comienza a descender, y se desmoralizan. Van Kadeth entonces saca sus anillos e invoca el poder de uno de ellos. Un bello rayo de luna recae sobre los dos clérigos y su cúpula divina. Van kadeth ve sonreír a Rayson por primera vez. Entonces los dos clérigos alzan sus manos para continuar llamando a los ángeles.

De la nave central del templo, tres figuras tan inmensas como luminosas descienden con velocidad de caída. Los monaguillos exclaman llenos de entusiasmo, mientras que en el fondo del agujero los hombres lagarto se estremecen de terror.

El mago Púrpura y Gallager descienden también, tratando de evitar lo inevitable. Van Kadeth los espera con su escudo de dragón elevado a la altura del rostro. Nosferatus apenas se ha dado cuenta de lo que sucede sobre su cabeza; está muy ocupado liando hombres lagarto como fardos a derecha e izquierda.

En el aire, el mago Púrpura lanza otra bola de fuego que impacta en el centro del agujero; otra oleada de llamas inunda el ya trajinado escenario de batalla; Van Kadeth resiste la explosión con su escudo, lo mismo que los clérigos y Nosferatus, pero el hombre solitario sale despedido por el impacto y pierde el sentido. Nadie repara en él.

- ¡Retirada!

Van Kadeth, al ver que los magos ordenan la retirada y se disponen a huir por el túnel, se lanza sobre uno de ellos. Logra atrapar al mago Púrpura, quien se debate como un león, pero el elfo ahora es más fuerte y lo sujeta hasta que sus fuerzas comienzan a decaer. Los ángeles ya están llenando con su luz de bienestar el inmenso agujero, y los clérigos lanzan gritos de victoria. El elfo negro no puede soportar una piedad tan poderosa y cae al suelo desmayado.



Van Kadeth despierta. Se encuentra en una cama, y unas cortinas plegadas apenas pueden evitar el paso de un día radiante. En el enorme cuarto, decorado de mármol y perlas, descansa un enorme símbolo que representa la mitad de un sol y una luna, reunidos en un mismo disco, en altorrelieve. Lo primero que le viene a la memoria es el mago Púrpura. Duda acerca de si lo habrán capturado. Luego, una sed inmensa lo invade. Sobre su velador descansa una jarra de cristal llena de agua. Se la lleva a los labios. En ese momento repara en una cama a su costado. La figura que se encuentra en ella cambia de posición. Duerme de costado, de espaldas al elfo.

Afuera, Rayson continúa mirando el paisaje. Se ha tomado un descanso en su labor de jardinería. Después de dos días, ya lo está haciendo con más presteza. Se vuelve a ver el valle, y distingue a Nosferatus conversando con el clérigo jefe, quien le pone al tanto de lo que ha pasado con los clérigos, la amistad que habían tenido con los magos de la Torre, y sobre todo con Elder, el mago Púrpura. Rayson casi puede adivinar sus palabras: “la conspiración está siendo eliminada, Gallager ha sido capturado y está prisionero, ha delatado a varios magos traidores pero se sospecha de muchos más que han huido apenas se dio lo del ataque; el mago Púrpura, al ver todo perdido, prefirió quitarse la vida.”

Rayson desvía la mirada y contempla el valle del Río, y compara su belleza con la imagen que todavía guarda del valle en el futuro. Camina lenta y silenciosamente.

“- Rayson, debes purgar por lo que has hecho. Has mentido, y aunque lo has hecho por una buena causa, estás manchado y debes purificarte...”

Rayson recuerda el día completo de meditación, en ayunas, y suspira en silencio, un suspiro hondo y lleno de miedo. Teme que su culpa todavía fresca sea llevada por el viento y llegue al clérigo jefe, que sin embargo se ha portado muy bien con él y con todos. Observa cómo él y Nosferatus se reúnen con uno de los magos de la Torre.

- Mi señor, tengo malas noticias. Los traidores se han llevado muchos objetos mágicos...

El heraldo mira a Nosferatus como si reuniese fuerza, y le dice:

- Las otras dos armaduras han sido robadas. Los magos han huido hacia el este, y se están aliando con los orcos y los hombres lagarto...

Rayson observa a Nosferatus, contrastado con las flores amarillas, dar súbitamente media vuelta y mirar el valle. Ya lo sabe, piensa. Ahora, ¿qué decidirá? Aún si se lograra acabar con todos los traidores, queda todavía el dilema de regresar al futuro.

En los blancos aposentos del templo, Van Kadeth termina de dormir un sueño merecido.

FIN