sábado, 9 de mayo de 2009
Mi página web...
Me complazco en comunicarles que he creado una página web personal, para poder subir las historias que he venido haciendo en estos últimos meses, para que las disfruten, por un afán de contribuir a la narrativa y al radioteatro actual.
Muchas gracias por sus visitas y comentarios.
www.cosmocuentos.com
César Anglas Rabines.
Cirujano dentista
Locutor profesional.
martes, 5 de mayo de 2009
El Mago Púrpura. Sexta Parte. Pasado y Presente.
Nota resumen.
Aventureros: Clérigo Rayson (Melissa).
Guerrero Nosferatus (Roxana).
Elfo Oscuro Van Kadeth (Armando).
Nuevo personaje: el vagabundo solitario (César, tocayo mío, por si acaso).
A partir de una plaga de setas que azotó el Valle del Río, clérigo y guerrero se ven envueltos en una intriga de magos del pasado, donde se alza un personaje tan misterioso como ambiguo: El Mago Púrpura. El trío viaja, por encargo del espíritu del mago (ya fallecido en el presente), al pasado, cuando estaba con vida. Al hacerlo, se encuentran con una gran Torre de Magia, en el centro de una enorme Cuña Mágica, que otorga poderes a los que se encuentran en sus alrededores. Gallager, el amigo más cercano al Mago Púrpura, conversa con los recién llegados, quienes le cuentan lo sucedido. Sin embargo, al parecer, tanto Gallager como Taggart, el mago que gobierna la Torre, tienen secretos que guardan a los aventureros. Tanto Rayson como Van Kadeth recelan de ellos, y se ponen a investigar por su cuenta.
Clérigo y elfo son vigilados por dos pequeños ojos voladores, hasta que los magos deciden que es mejor eliminarlos. Rayson y Van Kadeth acaban de escapar del piso más alto de la Torre, donde han querido matarlos con un conjuro de Bola de Fuego, y ya están en busca del guerrero Nosferatus, que acaba de encontrar (y exhumar) el cuerpo de una mujer enterrada.
El vagabundo solitario, luego de robar ciertas joyas peligrosas, y muy curioso por lo que ha visto, les sigue los pasos en su huída.
El grupo decide que es mejor separarse para distraer la atención de ellos. Rayson se compromete a buscar y traer de vuelta a su amigo Nosferatus, mientras el elfo corre hacia el bosque...
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Van Kadeth corre como alma que lleva el diablo hacia la montaña, y varias veces pierde a los escasos magos que tratan de alcanzarlo. Una vez que se interna en el bosque, su ambiente natural, se siente más tranquilo. Se coloca en un árbol frondoso y especialmente bien ubicado, y espera a Rayson.
Uno de los magos lo golpea casualmente mientras corre a reunirse con sus líderes, y saca de su encanto al sujeto solitario; al instante se guarda el brazalete, esboza media sonrisa, y se aleja sin hacer aspavientos mientras continúa al acecho por si alguien se encuentre distraído. Tras vanos intentos, finalmente ve que uno de los líderes termina de dar sus órdenes y se aleja pensativo. Al segundo intento logra birlarle su espada: una pesada hoja sumamente larga y ancha, capaz de cortarle el cuello a un toro. Inexplicablemente para él al menos, el otro ni siquiera se volvió a mirarlo; tuvo que concluir que su preocupación era tan intensa que no vio o sintió nada extraño. Pero también se alegró de que sus dedos no hayan perdido la práctica, después de ocho días conviviendo con magos. De todas formas, piensa, la espera valió la pena.
Rayson observa dos bengalas verdes salir de lo alto de la torre, en dirección a la montaña. Los haces se desvanecen a mitad de camino, en el cielo azul. Está corriendo con Nosferatus –a quien le está contando lo sucedido– rumbo a la montaña. El sujeto solitario, por su parte, también está escapando en esa dirección. Los observa caminar, hacia su derecha, y comienza a seguirlos.
- ¡Listo elfo! ¡Vámonos!
- ¿A dónde?
- Hacia el sur...
- ¿Tienes el anillo?
- ¡Después te lo doy!
Rayson rodea la enorme orilla del lago. Van Kadeth cree oportuno mencionarle cierto detalle:
- He visto hombres lagarto dirigiéndose hacia el sur...
- ¿De verdad? ¿Cuántos?
- Miles. Parece que van seguros, como si alguien los estuviera guiando.
En ese momento, el clérigo se detiene. Recuerda súbitamente a los Carrion Crawler, haciendo surcos en la tierra agrícola. Luego, su mente se llena con su imagen, muchos de ellos escarbando oblícuamente bajo tierra y avanzando hacia el sur. Precisamente, bajo la montaña. Con esa visión se detiene.
- ¿Rayson...?
El sujeto entretanto los observa de lejos, en el declive del bosque. Luego –al ver que no presentan una postura hostil–, intenta una primera aproximación.
- Hey, muchachos...
- ...Rayson, te digo que quiero el anillo...
- ¡Uf! ¡Está bien! Toma.
Le da el otro anillo. Van Kadeth lo examina. Luego le dice:
- Mira lo que yo he encontrado...
Se remanga y enseña los demás anillos que cogiera del cuerpo del Mago Púrpura, en el fondo del lago. Rayson se sorprende. Evidentemente, aquel elfo tenía sorpresas ocultas literalmente debajo de la manga.
- Yo pude haber utilizado los poderes de estos anillos para liquidarlos, pero en lugar de eso los he ayudado... ¿crees que no los vi cuando me abandonaron en esta misma montaña?
El clérigo seguía con la vista perdida en la superficie del lago.
- ...espera... elfo...
Rayson tiene nuevamente una visión: esta vez observa que los Carrion Crawler se dirigen por debajo del lago, a una gran velocidad, en dirección al templo del Sol y la Luna.
- Los Carrion Crawler se dirigen hacia el Templo en este preciso momento.
Van Kadeth abre desmesuradamente los ojos.
- Eso es.
- ¿Eso es qué?
- Los clérigos del Templo dijeron que fueron atacados por un lugar que no esperaban...
Rayson se le queda mirando.
- ¿No lo entiendes? Alguien está dirigiendo un ataque por debajo...
Rayson comienza a caminar a paso vivo. Van Kadeth y Nosferatus lo siguen. El sujeto solitario, por su parte, continúa intentando obtener una respuesta:
- Ea... muchachos... no sean mal educados. Díganme de qué se trata y los ayudaré. Muchachos...
Ni Rayson ni Van Kadeth le hacen caso. Nosferatus los sigue sin decir ni pío.
- Claro... ¡Por eso los hombres lagarto se están moviendo al sur! ¡Es un ataque coordinado!
- Esa debe ser la conspiración de los traidores.
- ¡Vamos, no hay tiempo que perder!
Comienzan a correr. El sujeto los observa alejarse como si escaparan del fin del mundo, hasta perderse de vista. Se encoge de hombros y los sigue, un poco de mala gana, un poco aliviado de su alejamiento, con la espada golpeándole pesadamente las piernas.
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Cuenta la leyenda que estuvieron corriendo por los valles durante casi dos días sin detenerse, y sin dar muestras de cansancio, hasta avizorar el famoso Valle del Río. Lo primero que vieron fue un enorme y elegante templo de color gris claro, rodeado de una inmensa cúpula celeste. El diámetro y la naturaleza de aquella cúpula eran indiscutiblemente de origen divino. Terminan su recorrido por el llano, –admirados por el espectáculo que ofrecía el Templo a cada paso de su recorrido–, cruzan el río por un puente conocido, y se encaran con los monaguillos.
- ¡Tengo que ver a su jefe! ¡Están a punto de caer en un ataque!
- Calma, calma, déjeme que le entienda y hable más lento, por favor...
Los monaguillos estaban vestidos con trajes ligeros de buena tela teñida de un blanco humo con ribetes grises. La construcción se les hacía conocida, sobre todo los grandes arcos que servían como portales de entrada, y los amplios y bien cuidados jardines, con flores multicolores. En el centro del jardín principal, se alzaba un arbolito de unos dos metros de alto.
- Le digo que los Carrion Crawler están escarbando debajo de este valle...
- ¿Los Carrion Crawler? ¡Jamás han llegado por aquí esas bestias!
- Además hay hombres lagarto que están viniendo por el norte...
- A esos sí los conocemos, pero descuide: estamos bien cubiertos. Ya han intentado hace tiempo atacarnos, y han retornado arrepentidos a sus dominios. Realmente, nuestros centinelas...
- Queremos ver a su clérigo jefe.
Los monaguillos se los quedaron mirando. La verdad, aún dicha de forma apresurada, es tan fuerte, que uno de ellos le hizo una mirada a su compañero, y éste asintió.
- Bien. Por aquí.
Los conducen por una serie de corredores bien cuidados y rodeados por bellos jardines llenos de luz y color. Llegan a la nave principal del templo. Rayson cierra los ojos, en medio de sus visiones, mientras Van Kadeth y Nosferatus lo observan en silencio.
- El clérigo jefe es un hombre bajito y de rostro sincero. Rayson lo saluda:
- Noble jefe: en este momento van a ser atacados por miles de hombres lagarto...
- ¿Cómo es eso? –dijo el clérigo, mientras sus monaguillos se miraban incrédulos.
- Están utilizando a los Carrion Crawlers para cavar un agujero que los conduzca hasta aquí.
- Eso es absurdo –dijo el clérigo jefe.
- ¡Por favor, créanos, es la verdad! –dijo a su vez Van Kadeth.
- Este templo ha sido siempre atacado y nunca vencido –les respondió tranquilamente–, y no hay nada que pueda hacerlo.
En ese momento, se sintió un estremecimiento; las finas losas comenzaron a tremolar ante la sorpresa de los sacerdotes reunidos en torno a su líder. Van Kadeth tomó al clérigo de los hombros ante la sorpresa de sus acólitos, y le dijo:
- ¡Van a llegar por abajo, están cavando un agujero por abajo!
El temblor era muy ligero, rítmico, como proveniente de una fiera bestia legendaria que se moviera en ondas, y ganaba en intensidad a cada momento.
- ¡Por favor!
Ante esto último, el jefe cedió:
- Saquen a los ángeles.
- Sí señor.
Van Kadeth lo miró sorprendido. Rayson soltó el aliento.
Nosferatus salió a los jardines. Un tumulto lejano comenzaba a formarse y desaparecer en torno a un enorme túmulo de tierra, túmulo que antes no existía a juzgar por el alboroto de sacerdotes.
Unas criaturas blancas y aladas salieron del altar mayor de aquel templo y, sin importartes el poco espacio disponible, atravesaron los cuerpos del clérigo, sus acólitos, Rayson y Van Kadeth, y se dirigieron a través de los jardines hacia el exterior. Van Kadeth se sintió mareado.
A Nosferatus lo cogieron mientras regresaba. Una ola de bienestar sacudió su cuerpo. Todos los clérigos saludaron con vítores la aparición de su última defensa. El tercer ángel prefirió atravesar la cúpula de la nave central del templo como si ésta no existiera.
El sujeto solitario logró mezclarse con la multitud de hombres lagarto que gritaban en su idioma “¡muerte a los clérigos!”, y se introdujo en el gigantesco agujero que los Carrion Crawler habían excavado en la colina.
Los ángeles dominaban las alturas. Justo cuando Nosferatus estaba llegando a la nave central, Rayson y Van Kadeth presintieron lo peor, y se abalanzaron sobre los clérigos.
- ¡Ustedes no entienden! ¡Van a atacar por debajo! ¡Por debajo!
En ese momento el suelo crujió. Miles de losas se resquebrajaron al mismo tiempo, y el mundo se les vino abajo. Una boca de polvo y noche los tragó en la inmensa tierra desnuda. El frío y la oscuridad hicieron presa de los aventureros, que desenfundaron sus armas y se prepararon para el combate. La poderosa armadura de Nosferatus súbitamente cambió de melodía y comenzó a rugir un himno de batalla. Instintivamente los clérigos adoptaron una posición defensiva posterior, mientras que los guerreros se adelantaban con sus espadas. Las bocas de los Carrion Crawler se alzaban amenazantes, y detrás de ellas cientos de hombres lagarto armados de lanzas y escudos.
lunes, 4 de mayo de 2009
El Mago Púrpura. Interludio.

Imaginemos una gran fuente de magia, una cuña inmensa y casi invisible, que tenga una duración de quinientos años, y que surja de forma inopinada, en cualquier lugar de aquel mundo, durante el primer año después de cumplidos los quinientos de la cuña anterior. Es decir, en los primeros años de la cuña, ésta tiene un gran poder, y luego se va desvaneciendo hasta llegar a desaparecer por completo. La cuña es tan grande como un edificio de veinte pisos, y sólo ciertas personas pueden verla a lo lejos, de forma imponente. En el lugar en que aparece, concede el don de la magia a sus habitantes. De tal forma que se produce un súbito incremento de magos de todo calibre. Y por lo tanto, de grandes problemas, ya que mientras unos son cuidadosos con su poder, otros causan estragos por doquier, y utilizan sus poderes para dominar pueblos y adquirir un gran renombre.
Con el tiempo, se producen ciertos reglamentos para poder utilizar sabiamente la magia de las Cuñas. En el episodio que nos ocupa, hago aparecer a los personajes justo cuando está por desaparecer una Cuña de Magia, es decir, cuando ya casi no hay magos en el mundo. Se habla de leyendas, de grandes hazañas, pero con trazos vagos y cada vez más ajenos a sus habitantes.
Es en ese contexto en que aparece la Plaga del Valle, que atrae la atención del clérigo Rayson (Melissa) y el guerrero Nosferatus (Roxana), a los que se une el elfo Van Kadeth (Armando). De inmediato me doy cuenta de que Melissa juega un clérigo a la defensiva, muy poco comunicador de sus pensamientos y sus emociones, y que no sigue las reglas. Y luego veo con sorpresa cómo Roxana juega al guerrero más torpe que me ha tocado dirigir: Nosferatus, y le imprime su sello personal. Es tonto, torpe, y desconectado de la realidad, pero con mucha suerte en la tirada de dados. Cuando tiene que actuar, generalmente lo hace sin ninguna relación con el equipo que conforma, y he llegado a la conclusión de que ni la misma Roxana sabe hacia dónde va su personaje. Mejor dicho: Nosferatus es Roxana.
Armando, en cambio, aporta la nota de sentido común. El es un jugador del rol muy experimentado, y sabe manejar bien a su elfo, Van Kadeth. El contraste con el clérigo y el guerrero, por lo tanto, no puede ser más gracioso. Eso, aunado al hecho de que Armando construyó un elfo arrogante y misterioso, muy propio de los Elfos Oscuros, termina de completar un cuadro de equipo sumamente descoordinado e hilarante.
Me divertí mucho mandándolos al pasado. En esta aventura, regresan al momento exacto en que la Cuña Mágica estaba en todo su apogeo, con una poderosa Confradía de Magos, una gran Torre de Magia justo en el lugar donde se encuentra la Cuña, y toda una intriga donde dos bandos con filosofías opuestas acerca de quién debe saber de magia y quién no, los envuelve y los embrolla como nunca antes se había visto en el Mundo de los Calabozos y Dragones.
viernes, 1 de mayo de 2009
El Mago Púrpura. Quinta Parte: Desenlace.
- Sígueme; vamos a lo más alto de la torre.
Llegaron al nivel donde almorzaban los magos. Rayson ya había estado allí en su primera incursión por la torre, y hasta se puso a conversar con los magos. Pero en ese momento habían muy pocos de ellos. Una persona sentada en actitud contemplativa, en uno de los rincones, parecía apreciar a través de los amplios agujeros sin vidrios de las ventanas el cielo azul de la tarde. El lugar era inmenso, mucho más ahora por estar casi desierto. Rayson y el elfo se sentaron en una mesa céntrica y se estuvieron quietos.
- ¿Y ahora qué hacemos?
- Esperar... a ver qué ocurre.
Dos magos enormes, con hombreras doradas y capas largas y rojas, se apostaron en la entrada. Esto pareció terminar de persuadir a los pocos comensales que aún quedaban a terminar su merienda y salir muy rápido, cosa que hicieron dentro de lo podría parecer algo casual.
Luego, los Contempladores se miraron unos a otros, parpadearon un instante, y se retiraron de ahí. Esta vez, tanto Rayson como Van Kadeth se percataron de aquello.
- Esto no me gusta... Rayson, salgamos de aquí...
Van Kadeth extrae de su túnica negra un garfio metálico, y se levanta de la mesa. Rayson hace lo mismo. Los sujetos vestidos de rojo se remangan las enormes y lujosas túnicas bordadas de oro.
- Sujétate.
El solitario individuo que miraba las ventanas se ha percatado de la escena y también se ha puesto de pie. Su contemplación abstraída ha dejado paso a una inquieta incertidumbre y luego a una mortal certeza. Con ojos astutos, calcula el panorama: dos magos rojos a punto de lanzar un conjuro tan poderoso que todo el ambiente ha sido evacuado; una salida bloqueada por ellos –la única–, y a través de las ventanas, una distancia como de cuarenta hombres hasta el nivel del suelo.
Un destello sale de los brazos extendidos de los hombres de rojo e impacta en las paredes opuestas: inmediatamente se encienden dos hogueras a la altura de los ojos de una persona, haciendo estallar en llamas todo lo que se encuentra en su interior. Van Kadeth se lanza aferrado a un extremo de la cuerda que había mantenido escondida y, sujetado por el garfio, desciende en forma escalofriante unos ocho pisos más abajo. Rayson está prendido a su espalda. Ambos se estrellan contra el alféizar de una ventana y dan de bruces al suelo. El sujeto solitario logra pararse en el estrecho saliente de las ventanas justo cuando todo estallaba en llamas. Observa con horror qué tan cerca está de caer al vacío. Rodeando la torre por fuera, pace un rebaño de ovejas.
- ¡Rayson, vamos!
Van Kadeth abre la puerta; el pasillo está repleto de magos que corren hacia los pisos inferiores; en ese momento, el clérigo comienza a orar a su dios pidiéndole un favor. Van Kadeth lo mira desesperado. El otro sujeto, mientras tanto, ya desciende por la cuerda que dejara el elfo.
- Bien. Vamos.
Se internan en la multitud que vocifera “¡los traidores!”, ”¡los traidores!”; nadie les hace caso. Descienden sin problemas hasta el primer piso. El sujeto llega algo pálido a la ventana que dejaran clérigo y elfo. Con una mirada rápida verifica si no hay peligro, y escapa igualmente por la puerta.
Rayson y Van Kadeth aprovechan la confusión de magos para dar un rodeo a la torre y huir por detrás.
- Rayson, vé por Nosferatus; nos encontraremos en el lago.
- Entendido.
Se separan sin decir más; entretanto, el enigmático sujeto, mientras corre y grita “muerte a los traidores”, con dedos ágiles roba una pequeña pulsera demasiado ostentosa para pasar inadvertida. Después de mucho correr, llega a la entrada y respira tranquilo. Tierra firme, piensa. Se aleja de la multitud que se aglomera por todos lados y vocifera estridente, se detiene a uno de los lados de la torre, mira a derecha e izquierda, y con mucho cuidado revisa su nueva adquisición. Inmediatamente cae en un estado de sopor estúpido, con los ojos clavados en el brillante brazalete.
Rayson encuentra las señas de Nosferatus en un pequeño jovenzuelo que le señala el cementerio; llega a la colina, se abre paso a través de la multitud curiosa, coge la poderosa hombrera de su amigo y le dice:
- Nosferatus, vámonos, tenemos problemas, serios problemas.
