
Capítulo Primero: El Clérigo.
En la frontera del misterioso Reino de los Elfos, justo en el lugar donde terminan sus dominios y comienzan los de la ciudad de Topacio, sucedieron unas misteriosas muertes, que según sus veloces mensajeros obedecen a pérfidos motivos. En ese momento, el reino elfo estaba pasando por un período de transición, con sus grandes generales y alto mando por pasar al retiro, de tal modo que comenzaba una nueva generación a ganar experiencia en el duro arte de enfrentarse al mal. Maya y Miyi, hechicera y maga respectivamente, las jóvenes promesas de la corona élfica, son comisionadas entonces para ventilar el asunto. Maya, la mayor y más experimentada, pide al rey ir sin tropas, lo antes posible. Salen rumbo a la frontera con Topacio, moviéndose velozmente. Después de un día de camino, y atravesando un bosque iluminado por los rayos del sol, encuentran una figura alada que pide auxilio. Las dos elfas se detienen y alzan la mirada. Ante el panorama sereno del bosque surcado de bandas doradas, una enorme gárgola se encuentra persiguiendo a una figurilla pequeña y alada, que gira y gira mientras grita –con su vocecita aguda y delgada– el auxilio que espera conseguir.
Maya –la más experimentada de las dos– inmediatamente se pone a murmurar el conjuro volar, mientras Miyi alza su báculo para enfrentarla.
La gárgola pierde a la figurilla y luego se percata de que la elfa más alta le está haciendo gestos desafiantes. Así es que olvida la persecución y se lanza en picada contra ella. Miyi intenta golpearla con su báculo pero sin éxito; la gárgola devuelve y le hace morder la tierra.
Mientras tanto la figurilla, al ver a sus dos salvadoras, se alegra –con una alegría basada en extraño conocimiento de las cosas–, y se refugia como una bala en el bolso de Maya. Ella golpea su bolso pidiéndole que se calle la boca, mientras se eleva y gira en el aire para ver los progresos de su amiga.
La gárgola está a punto de volver a la carga. Miyi intenta hacerle un conjuro de dormir, pero sin éxito. Maya hace un gesto de incomprensión, ante la absurda jugada de su amiga. Así es que hace la finta de atacar volando directamente hacia la criatura, y un segundo antes chocar hace un esquive. La maniobra da resultado: la gárgola sigue de largo, golpea el tronco de un grueso árbol, y cae de bruces en el suelo húmedo. Miyi aprovecha para huir hacia el matorral donde viera que se había escondido Maya, sin voltear a ver qué pasó con su enemigo.
Ahí encuentra a Maya que está haciendo el conjuro esfera de protección contra el mal, y entonces abre el bolso. La figurilla –con las alas dobladas y el cuerpo amoratado de tanto golpe– sale volando directamente hacia el rostro de Miyi, y se pierde en sus cabellos. Ahí se queda un buen rato.
La gárgola se recupera del impacto y comienza a husmear en el aire.
- ¡Escuchen, no me hagan daño por favor, yo soy su amiga!
- Te escuchamos, no seremos malas contigo... –le responde Miyi.
- ¡Pero... esa abominación llamada elfa me ha golpeado salvajemente! ¡Mis alas, mis preciosas alas!
- Discúlpala, por favor. Si quieres, puedes hablar sólo conmigo.
El hada se tomó esto a pecho porque, saliendo de los frondosos cabellos de Miyi, y dándole adrede la espalda a Maya, les dice:
- Vengo a explicarles cómo vencer a clérigo negro, que antes curaba a la gente y ahora sólo se dedica al mal...
La gárgola los encuentra finalmente. Despliega sus alas membranosas y sale en carga hacia ellas.
- ...él está tratando de ejecutar un conjuro que lo volverá inmortal, y para eso necesita de las almas de ciertas personas; tenemos que ir a detenerlo antes de que ésto ocurra...
El monstruo alado se estrella contra el campo de protección de Maya, y cae al suelo.
- ...será mejor que nos vayamos de aquí cuanto antes...
El grupo sale del campo de protección, y tanto Maya como el hada vuelan por el bosque. Miyi no ha aprendido el hechizo volar así es que Maya trata tres veces de sujetarla sin éxito; finalmente, Miyi prefiere correr a toda velocidad.
- ¿Cuál es tu nombre? –le pregunta Miyi.
- Selena –responde el hada.
Y se sienta en el hombro de Miyi. Luego mira a Maya con una mezcla de horror e ira, vuela alrededor suyo y luego regresa y dice:
- ¿Siempre es así tu amiga?
- ¿Cómo así?
- Así... que golpea a las hadas.
- No; sólo las golpea cuando hacen ruido.
- ...
- Es un poco antisocial... con cierta gente.
Selena se le queda mirando.
- Eh... con ciertas criaturas.
- Ah...
Una vez que logran poner suficiente distancia entre ellas y la gárgola, Selena recién entonces cree oportuno explicarles en detalle su misión:
- Yo he venido a ustedes para guiarlos en su aventura por órdenes de un mago poderoso a quien le debo la vida. La gárgola que hemos perdido es uno de los guardianes del clérigo. Al parecer, se enteró de mis intenciones y lo envió para detenerme. Para conseguir vencer a este clérigo, antes benigno, deben rescatar a un guerrero que está camino al templo. Es un pequeño desvío en nuestro camino, pero de verdad vale la pena. Déjenme guiarlas...
El hada las guía hasta una cabaña en donde encuentran a un solitario anciano sentado en una silla viejísima. El anciano les pide por favor –en un lenguaje apenas entendible– que le rasuren la barba porque hace mucho tiempo que no puede hacerlo por sí mismo. Como no vieran hoja de rasurar ni palangana alguna, Selena nuevamente sale en su ayuda, diciéndole a Miyi dónde encontrar ambas cosas:
- Aunque no lo creas, se encuentran en una inmensa fortaleza hecha de estacas de madera, llamada el gran Dun.
- ¡Ah...!
- ¿La conoces?
- No, pero he oído hablar de ella.
El hada mira entonces a Maya. Esta se encoge de hombros.
- ¿Vamos, entonces?
- ¡Vamos!
Maya se ofrece a cuidar del anciano mientras Miyi –auxiliada por Selena– va por los utensilios. Antes de llegar al gran Dun, por consejo del hada, caza un conejo y lo sacrifica frente a la entrada. A continuación salen nueve enormes mastines cobrizos y devoran al conejo. Miyi aprovecha para ingresar al Dun. El hada vuela siempre cerca de ella y le dice:
- Encuentra la cuchilla y la palangana, tómalas y sal de ahí lo antes posible, ¡y no toques nada más!
- Miyi se apresura a buscar los objetos. Su aguda vista reconoce la hoja y la palangana, y las toma con mucho cuidado sin hacer caso de las montañas de oro, armas y objetos valiosos que ahí se encuentran. Al salir –mejor dicho, al dar un enorme salto por encima de los mastines que bloqueaban la entrada– es mordida por uno de ellos, pero sobrevive y llega a la cabaña.
Mientras tanto, Maya conversa y trata de hacer la vida más confortable al anciano, quien le cuenta lo que recuerda de su vida: que había recorrido un vasto reino gobernado por un monarca noble y poderoso.
En ese momento llegan Miyi y Selena. Miyi le entrega entonces los utensilios a Maya, quien lo rasura. A medida que lo hace, el anciano, inexplicablemente, va rejuveneciendo. Al ver eso, Maya lo deja a mitad de rasurado, y Miyi la ve que no quiere continuar y termina la tarea. Ahora lo que ella ve es a un apuesto guerrero que se alza de su trono –la cabaña se ha convertido en un hermoso castillo–, quien le agradece el haberlo liberado de aquella maldición. Al salir del castillo, una forma voladora se encuentra a punto de dar con aquella nueva construcción. El guerrero desenfunda su espada, largo tiempo dormida. Maya se adelanta y utiliza su escudo semitransparente que hace rebotar a la gárgola en su primer ataque, y luego el guerrero termina de vencerla con su espada.
- Gracias por la ayuda.
- De nada...
Como ambas elfas están bastante golpeadas por su primer encuentro con aquella gárgola, el guerrero les pide que por favor lo sigan para presentarles a un clérigo amigo suyo. La jornada los lleva hasta que cae la noche, hacia una amplia hondonada rodeada de sinuosas colinas, en donde se alza una brillante y altísima torre blanca, desde la cual desciende una figura luminosa. El guerrero conversa con aquella figura, y luego el clérigo accede a curarlas. Después, le dice a Miyi:
- Noble elfa... me debes prometer que después de cumplir tu cometido de vencer al clérigo negro, sembrarás un campo de flores amarillas en donde más te parezca.
- Así lo haré...
En el camino la hechicera Maya recuerda que tiene en su bolso un ungüento para curar las heridas. Miyi le pide a Glauco –el guerrero– que le aplique éste en la espalda, mientras conversan. Inmediatamente el hada Selena esboza una sonrisa de complicidad que se congela cuando se encuentra con los ojos de Maya. De todas formas, Glauco parece ser un poco tímido con las mujeres, pues frota con excesiva cautela la curvada espalda de Miyi, y le conversa de temas lejanos como la forja de espadas o la defensa contra dragones.
La noche los sorprende camino al templo del clérigo, y deciden pernoctar en una cueva a mitad de una montaña. Se turnan para hacer guardia, en orden: primero Glauco, luego Maya, y finalmente Miyi. Ninguna novedad, excepto que Selena se pierde luego de medianoche. Al amanecer, Maya se despierta y comienza hacer sus estiramientos, pero Glauco aún permanece dormido. Miyi lo mueve para despertarlo, pero sin éxito. Entonces se le ocurre besarlo. Glauco se voltea y sigue durmiendo. Miyi vuelve a intentarlo, dos y tres veces. Finalmente, el guerrero se despierta. Los tres salen de la cueva a recibir la mañana. Entonces llega el hada con noticias sobre las defensas del templo:
- ¡Escuchen, debemos entrar por la puerta del Norte!
Pero antes de que el hada pueda explicarles el por qué, un suceso especialísimo ocurre en el cielo. Unas figuras celestes semejantes a cometas vivos viajan desde el amanecer con rumbo a un punto remoto al otro lado de la montaña.
- ¡Vean! ¡Son las almas de los muertos, que viajan al templo del clérigo malo!
A toda carrera, el grupo cruza la montaña por arriba y al descender ya puede ver las torres más altas del templo gris, morada del clérigo maligno. Al llegar a unos metros de la entrada principal –la entrada del Oeste–, deliberan para decidir por cuál ingresarán. Según el hada, soldados infinitos custodian la entrada del Oeste, mientras que dos o tres hombres jabalí hacen lo propio en la del Norte. Sin embargo, Maya prefiere hacer un intento de encantar persona en el guerrero de la puerta Norte. Así es que avanza hacia él y se levanta la prolongada capa que la cubre casi por completo, dejando ver su torneada pierna.
- ¿Puedes dejarnos pasar, soldado?
Sea por la naturaleza del soldado, sea por el frío de aquel fin de bosque, lo cierto es que al soldado no le causó mucha gracia que una elfa se venga a complicar la vida animando a un guerrero a desobedecer una orden. Así es que le respondió:
- Vete por donde viniste, elfa, que aquí no eres bienvenida.
Maya suelta su capa y regresa al escondite.
- Vamos por la entrada del Norte...
Miyi, Glauco y el hada se quedaron mirando a la elfa, que avanzaba resuelta a la otra entrada. Se encogen de hombros y la siguen sin preguntarle más. Tal como había dicho el hada, dos hombres jabalí estaban roncando en la entrada. Las elfas saben que no pueden encantar a criaturas de ese tipo, así es que utilizan otra estrategia. Una de ellas llama la atención de los guardianes y los atrae hasta la arboleda. Una vez en ella, Glauco los hiere de muerte con su espada. Ingresan sin problemas y ubican sin titubear la torre más alta, debido a que las formas celestes convergen sin cesar en ella.
- ¡Ahí arriba está el clérigo! –les dice Selena.
Los tres suben por las escaleras en espiral mientras escuchan una voz que grita un conjuro. Ingresan al último piso justo a tiempo para ver la escena: todas las formas celestes terminan su viaje en un inmenso rosal de rosas blancas, y cada forma celeste que llega se pierde en una rosa blanca, que se transforma en roja. Maya se lanza inmediatamente sobre el clérigo y forcejea con él hasta colocarlo al borde de la ventana de piedra, mientras Miyi lanza una bola de fuego. Todo el rosal estalla en llamas. Maya y el clérigo salen disparados por la ventana antes de que la bola de fuego estalle, y ella, en el aire, ejecuta su conjuro de volar mientras observa cómo la torre entera se llena de una energía luminosa.
El templo se deshace en llamas.
&&&
Cielo azul sobre árboles hechos ceniza. Torres semiderruidas y un olor a carne quemada. Tierra y piedra negra que ya no se distingue. Miyi, de pie sobre aquel campo abatido, está sembrando flores amarillas. Glauco el guerrero, le ayuda. Maya, muda, los observa sin saber qué decir. El hada Selena, sin embargo, no los atiende.
En la frontera del misterioso Reino de los Elfos, justo en el lugar donde terminan sus dominios y comienzan los de la ciudad de Topacio, sucedieron unas misteriosas muertes, que según sus veloces mensajeros obedecen a pérfidos motivos. En ese momento, el reino elfo estaba pasando por un período de transición, con sus grandes generales y alto mando por pasar al retiro, de tal modo que comenzaba una nueva generación a ganar experiencia en el duro arte de enfrentarse al mal. Maya y Miyi, hechicera y maga respectivamente, las jóvenes promesas de la corona élfica, son comisionadas entonces para ventilar el asunto. Maya, la mayor y más experimentada, pide al rey ir sin tropas, lo antes posible. Salen rumbo a la frontera con Topacio, moviéndose velozmente. Después de un día de camino, y atravesando un bosque iluminado por los rayos del sol, encuentran una figura alada que pide auxilio. Las dos elfas se detienen y alzan la mirada. Ante el panorama sereno del bosque surcado de bandas doradas, una enorme gárgola se encuentra persiguiendo a una figurilla pequeña y alada, que gira y gira mientras grita –con su vocecita aguda y delgada– el auxilio que espera conseguir.
Maya –la más experimentada de las dos– inmediatamente se pone a murmurar el conjuro volar, mientras Miyi alza su báculo para enfrentarla.
La gárgola pierde a la figurilla y luego se percata de que la elfa más alta le está haciendo gestos desafiantes. Así es que olvida la persecución y se lanza en picada contra ella. Miyi intenta golpearla con su báculo pero sin éxito; la gárgola devuelve y le hace morder la tierra.
Mientras tanto la figurilla, al ver a sus dos salvadoras, se alegra –con una alegría basada en extraño conocimiento de las cosas–, y se refugia como una bala en el bolso de Maya. Ella golpea su bolso pidiéndole que se calle la boca, mientras se eleva y gira en el aire para ver los progresos de su amiga.
La gárgola está a punto de volver a la carga. Miyi intenta hacerle un conjuro de dormir, pero sin éxito. Maya hace un gesto de incomprensión, ante la absurda jugada de su amiga. Así es que hace la finta de atacar volando directamente hacia la criatura, y un segundo antes chocar hace un esquive. La maniobra da resultado: la gárgola sigue de largo, golpea el tronco de un grueso árbol, y cae de bruces en el suelo húmedo. Miyi aprovecha para huir hacia el matorral donde viera que se había escondido Maya, sin voltear a ver qué pasó con su enemigo.
Ahí encuentra a Maya que está haciendo el conjuro esfera de protección contra el mal, y entonces abre el bolso. La figurilla –con las alas dobladas y el cuerpo amoratado de tanto golpe– sale volando directamente hacia el rostro de Miyi, y se pierde en sus cabellos. Ahí se queda un buen rato.
La gárgola se recupera del impacto y comienza a husmear en el aire.
- ¡Escuchen, no me hagan daño por favor, yo soy su amiga!
- Te escuchamos, no seremos malas contigo... –le responde Miyi.
- ¡Pero... esa abominación llamada elfa me ha golpeado salvajemente! ¡Mis alas, mis preciosas alas!
- Discúlpala, por favor. Si quieres, puedes hablar sólo conmigo.
El hada se tomó esto a pecho porque, saliendo de los frondosos cabellos de Miyi, y dándole adrede la espalda a Maya, les dice:
- Vengo a explicarles cómo vencer a clérigo negro, que antes curaba a la gente y ahora sólo se dedica al mal...
La gárgola los encuentra finalmente. Despliega sus alas membranosas y sale en carga hacia ellas.
- ...él está tratando de ejecutar un conjuro que lo volverá inmortal, y para eso necesita de las almas de ciertas personas; tenemos que ir a detenerlo antes de que ésto ocurra...
El monstruo alado se estrella contra el campo de protección de Maya, y cae al suelo.
- ...será mejor que nos vayamos de aquí cuanto antes...
El grupo sale del campo de protección, y tanto Maya como el hada vuelan por el bosque. Miyi no ha aprendido el hechizo volar así es que Maya trata tres veces de sujetarla sin éxito; finalmente, Miyi prefiere correr a toda velocidad.
- ¿Cuál es tu nombre? –le pregunta Miyi.
- Selena –responde el hada.
Y se sienta en el hombro de Miyi. Luego mira a Maya con una mezcla de horror e ira, vuela alrededor suyo y luego regresa y dice:
- ¿Siempre es así tu amiga?
- ¿Cómo así?
- Así... que golpea a las hadas.
- No; sólo las golpea cuando hacen ruido.
- ...
- Es un poco antisocial... con cierta gente.
Selena se le queda mirando.
- Eh... con ciertas criaturas.
- Ah...
Una vez que logran poner suficiente distancia entre ellas y la gárgola, Selena recién entonces cree oportuno explicarles en detalle su misión:
- Yo he venido a ustedes para guiarlos en su aventura por órdenes de un mago poderoso a quien le debo la vida. La gárgola que hemos perdido es uno de los guardianes del clérigo. Al parecer, se enteró de mis intenciones y lo envió para detenerme. Para conseguir vencer a este clérigo, antes benigno, deben rescatar a un guerrero que está camino al templo. Es un pequeño desvío en nuestro camino, pero de verdad vale la pena. Déjenme guiarlas...
El hada las guía hasta una cabaña en donde encuentran a un solitario anciano sentado en una silla viejísima. El anciano les pide por favor –en un lenguaje apenas entendible– que le rasuren la barba porque hace mucho tiempo que no puede hacerlo por sí mismo. Como no vieran hoja de rasurar ni palangana alguna, Selena nuevamente sale en su ayuda, diciéndole a Miyi dónde encontrar ambas cosas:
- Aunque no lo creas, se encuentran en una inmensa fortaleza hecha de estacas de madera, llamada el gran Dun.
- ¡Ah...!
- ¿La conoces?
- No, pero he oído hablar de ella.
El hada mira entonces a Maya. Esta se encoge de hombros.
- ¿Vamos, entonces?
- ¡Vamos!
Maya se ofrece a cuidar del anciano mientras Miyi –auxiliada por Selena– va por los utensilios. Antes de llegar al gran Dun, por consejo del hada, caza un conejo y lo sacrifica frente a la entrada. A continuación salen nueve enormes mastines cobrizos y devoran al conejo. Miyi aprovecha para ingresar al Dun. El hada vuela siempre cerca de ella y le dice:
- Encuentra la cuchilla y la palangana, tómalas y sal de ahí lo antes posible, ¡y no toques nada más!
- Miyi se apresura a buscar los objetos. Su aguda vista reconoce la hoja y la palangana, y las toma con mucho cuidado sin hacer caso de las montañas de oro, armas y objetos valiosos que ahí se encuentran. Al salir –mejor dicho, al dar un enorme salto por encima de los mastines que bloqueaban la entrada– es mordida por uno de ellos, pero sobrevive y llega a la cabaña.
Mientras tanto, Maya conversa y trata de hacer la vida más confortable al anciano, quien le cuenta lo que recuerda de su vida: que había recorrido un vasto reino gobernado por un monarca noble y poderoso.
En ese momento llegan Miyi y Selena. Miyi le entrega entonces los utensilios a Maya, quien lo rasura. A medida que lo hace, el anciano, inexplicablemente, va rejuveneciendo. Al ver eso, Maya lo deja a mitad de rasurado, y Miyi la ve que no quiere continuar y termina la tarea. Ahora lo que ella ve es a un apuesto guerrero que se alza de su trono –la cabaña se ha convertido en un hermoso castillo–, quien le agradece el haberlo liberado de aquella maldición. Al salir del castillo, una forma voladora se encuentra a punto de dar con aquella nueva construcción. El guerrero desenfunda su espada, largo tiempo dormida. Maya se adelanta y utiliza su escudo semitransparente que hace rebotar a la gárgola en su primer ataque, y luego el guerrero termina de vencerla con su espada.
- Gracias por la ayuda.
- De nada...
Como ambas elfas están bastante golpeadas por su primer encuentro con aquella gárgola, el guerrero les pide que por favor lo sigan para presentarles a un clérigo amigo suyo. La jornada los lleva hasta que cae la noche, hacia una amplia hondonada rodeada de sinuosas colinas, en donde se alza una brillante y altísima torre blanca, desde la cual desciende una figura luminosa. El guerrero conversa con aquella figura, y luego el clérigo accede a curarlas. Después, le dice a Miyi:
- Noble elfa... me debes prometer que después de cumplir tu cometido de vencer al clérigo negro, sembrarás un campo de flores amarillas en donde más te parezca.
- Así lo haré...
En el camino la hechicera Maya recuerda que tiene en su bolso un ungüento para curar las heridas. Miyi le pide a Glauco –el guerrero– que le aplique éste en la espalda, mientras conversan. Inmediatamente el hada Selena esboza una sonrisa de complicidad que se congela cuando se encuentra con los ojos de Maya. De todas formas, Glauco parece ser un poco tímido con las mujeres, pues frota con excesiva cautela la curvada espalda de Miyi, y le conversa de temas lejanos como la forja de espadas o la defensa contra dragones.
La noche los sorprende camino al templo del clérigo, y deciden pernoctar en una cueva a mitad de una montaña. Se turnan para hacer guardia, en orden: primero Glauco, luego Maya, y finalmente Miyi. Ninguna novedad, excepto que Selena se pierde luego de medianoche. Al amanecer, Maya se despierta y comienza hacer sus estiramientos, pero Glauco aún permanece dormido. Miyi lo mueve para despertarlo, pero sin éxito. Entonces se le ocurre besarlo. Glauco se voltea y sigue durmiendo. Miyi vuelve a intentarlo, dos y tres veces. Finalmente, el guerrero se despierta. Los tres salen de la cueva a recibir la mañana. Entonces llega el hada con noticias sobre las defensas del templo:
- ¡Escuchen, debemos entrar por la puerta del Norte!
Pero antes de que el hada pueda explicarles el por qué, un suceso especialísimo ocurre en el cielo. Unas figuras celestes semejantes a cometas vivos viajan desde el amanecer con rumbo a un punto remoto al otro lado de la montaña.
- ¡Vean! ¡Son las almas de los muertos, que viajan al templo del clérigo malo!
A toda carrera, el grupo cruza la montaña por arriba y al descender ya puede ver las torres más altas del templo gris, morada del clérigo maligno. Al llegar a unos metros de la entrada principal –la entrada del Oeste–, deliberan para decidir por cuál ingresarán. Según el hada, soldados infinitos custodian la entrada del Oeste, mientras que dos o tres hombres jabalí hacen lo propio en la del Norte. Sin embargo, Maya prefiere hacer un intento de encantar persona en el guerrero de la puerta Norte. Así es que avanza hacia él y se levanta la prolongada capa que la cubre casi por completo, dejando ver su torneada pierna.
- ¿Puedes dejarnos pasar, soldado?
Sea por la naturaleza del soldado, sea por el frío de aquel fin de bosque, lo cierto es que al soldado no le causó mucha gracia que una elfa se venga a complicar la vida animando a un guerrero a desobedecer una orden. Así es que le respondió:
- Vete por donde viniste, elfa, que aquí no eres bienvenida.
Maya suelta su capa y regresa al escondite.
- Vamos por la entrada del Norte...
Miyi, Glauco y el hada se quedaron mirando a la elfa, que avanzaba resuelta a la otra entrada. Se encogen de hombros y la siguen sin preguntarle más. Tal como había dicho el hada, dos hombres jabalí estaban roncando en la entrada. Las elfas saben que no pueden encantar a criaturas de ese tipo, así es que utilizan otra estrategia. Una de ellas llama la atención de los guardianes y los atrae hasta la arboleda. Una vez en ella, Glauco los hiere de muerte con su espada. Ingresan sin problemas y ubican sin titubear la torre más alta, debido a que las formas celestes convergen sin cesar en ella.
- ¡Ahí arriba está el clérigo! –les dice Selena.
Los tres suben por las escaleras en espiral mientras escuchan una voz que grita un conjuro. Ingresan al último piso justo a tiempo para ver la escena: todas las formas celestes terminan su viaje en un inmenso rosal de rosas blancas, y cada forma celeste que llega se pierde en una rosa blanca, que se transforma en roja. Maya se lanza inmediatamente sobre el clérigo y forcejea con él hasta colocarlo al borde de la ventana de piedra, mientras Miyi lanza una bola de fuego. Todo el rosal estalla en llamas. Maya y el clérigo salen disparados por la ventana antes de que la bola de fuego estalle, y ella, en el aire, ejecuta su conjuro de volar mientras observa cómo la torre entera se llena de una energía luminosa.
El templo se deshace en llamas.
&&&
Cielo azul sobre árboles hechos ceniza. Torres semiderruidas y un olor a carne quemada. Tierra y piedra negra que ya no se distingue. Miyi, de pie sobre aquel campo abatido, está sembrando flores amarillas. Glauco el guerrero, le ayuda. Maya, muda, los observa sin saber qué decir. El hada Selena, sin embargo, no los atiende.

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