lunes, 2 de noviembre de 2009

Las Aventuras de Maya y Miyi




Capítulo Cuarto: El Arte de la Guerra.


Parte 1 de 3.

La tropa élfica llega casi sin aliento. No solamente es por el clima –que había cambiado súbitamente a un frío de invierno, con brumas y heladas que asaltaban como ladrones emboscados tras los árboles–, sino por el dolor moral de haber sido atacados ferozmente por un miembro selecto de su propio reino. La confusión que tenía Eldar, el lugarteniente preferido de Silvan, Glauco y la misma Maya, no podía ser aliviada ni siquiera por la vista del noble hogar de los elfos.

Los dos elfos asignados para proteger a Miyi también estaban consternados. Especialmente Giordos, el que había sido encantado. Desde luego, el influjo ya había desaparecido, pero de todas formas había quedado algo flotando en la mente de aquel soldado, que no lo dejaba hacer sus tareas.

La noticia del clérigo negro y su afán de dominar esas tierras ya se había extendido por la región, de tal forma que numerosos guerreros provenientes de otros clanes se habían dado cita desde la tarde y la noche. A la mañana siguiente, más que un ejército de elfos parecía una tropa variopinta pero verdaderamente temible.

Eldar pasó revista a sus tropas, entre elfos, humanos, semigigantes y enanos: aproximadamente seiscientos efectivos. El troll de las montañas, que se había perdido últimamente –quizás para comer y resguardarse– había vuelto a buscar a la hechicera Maya, y ella lo recibió con un caluroso abrazo que, entendido e imitado por la inmensa criatura, casi termina asfixiándola. El hada Selena también había estado ausente durante la noche, y se la veía conversando consigo misma, muy misteriosa.

Maya repasó las tropas montada a caballo, junto a Eldar. No le agradó mucho la presencia de los enanos en la coalición, pero por diplomacia prefirió no demostrarlo.

Eldar, en una mesa improvisada en el vestíbulo principal, al aire libre –para que pueda ser visto por los jefes de pelotón–, extendió el mapa.

- Nuestros centinelas nos dicen que han visto movimiento de tropas orcas hacia el este, más allá del pantano, en donde se sabe que existe un Dun abandonado.

- Supuestamente ahí se deben estar reuniendo para atacarnos.

- ¿Pero por qué tan al este? –replicó Glauco–. ¿No sería mejor para ellos ir avanzando hacia el oeste?

- No lo creo. No tienen ningún fuerte donde resguardarse. En cambio, nosotros tenemos al bosque que nos protege. Si ellos avanzaran sin más, llegarían agotados hasta donde estamos, y los venceríamos.

- Entiendo. prefieren concentrarse, aunque sea en un lugar alejado.

- Así es. Para ser un humano, no eres tan malo...

Glauco miró a Eldar sin decir nada.

- Los atacaremos antes de que ellos lo hagan. Asedio, y victoria. Sobre todo porque ahora tenemos clérigos, y buenos guerreros...

Dos enanos alzaron la vista de la mesa. Eran robustos, con cascos aguzados y cuidadas barbas. Uno de ellos tenía la armadura de plata labrada, que parecía emitir luz en lugar de reflejarla. El otro, como la noche, vestía una armadura broncínea, pero que parecía negra de tanto haberla fatigado.

- Sigfrido...

- Tarik... mucho gusto.

Maya recibió sus saludos con una mezcla de asco y consideración.

- Tarik nos ayudará con la asistencia; además de guerrero, también es clérigo, devoto de Moradin...

El rostro de Maya no se alteró lo más mínimo. Era como si sólo recibiera la orden de ser cortés por un tiempo limitado hacia aquellos dos enanos enfundados en sus enormes armaduras.

Tarik pareció percibir la animadversión de la elfa, porque al instante replicó:

- Los enanos somos más útiles de lo que crees...

- Eso lo veremos –replicó la elfa, que no podía imaginarse un enano sin estar rodeado de miles de rocas y cavernas, con un pico, una pala, y un enorme barril de cerveza.

Kurt, el comandante de las tropas de Topacio y líder de la coalición humana, también estaba presente.

- ¿Sus hombres están listos, comandante?

- Listos y esperando –fue la sonora respuesta de aquel hombrón de armadura acolchada, cuyos ribetes hacían juego con su cabello castaño oscuro.

- Muy bien. ¿Alguna pregunta?

- Sólo una aclaración –dijo Kurt, inclinándose de forma que nadie más que los presentes lo pudiera oír–... los mercenarios, desean quedarse a combatir, pero exigen todo lo que encuentren en el camino...

Eldar dio un vistazo al grupo más heterogéneo, formado por una pareja de bárbaros, una mujer, aparentemente maga, un guerrero humano y un individuo delgado y de movimientos felinos, quizás un bribón de la ciudad de Topacio.

El elfo se dio la vuelta.

- A nosotros no nos interesa el botín, si es que lo hubiera. Pueden venir y tomar lo que gusten, siempre y cuando no perjudique los intereses de la campaña en general, y de la coalición en particular.

Luego se apartó de la mesa –el resto de los jefes lo siguió– e hizo un gesto para que se los mercenarios se aproximen.

El grupo, apenas se dio cuenta, avanzó hacia ellos.

Eldar les explicó las condiciones para que puedan acompañarlos. Todos escucharon muy atentos.

- Aceptamos las condiciones del trato –dijo la mujer bárbara, con la aprobación del varón, apoyado virilmente sobre el mango de su espada–; no tendrán queja de nosotros.

Una vez que se hubieron retirado, mezclándose con los demás guerreros, Eldar se volvió hacia sus camaradas y les dijo:

- Esto no será fácil. Los orcos podrán muy bien aliarse con otras razas oscuras así como nosotros nos estamos uniendo. Díganles a sus hombres que si alguien no se siente capaz de luchar hasta la muerte, que mejor se retire ahora. No será considerado un cobarde.

Los enanos y Kurt escucharon en silencio.

- Salimos apenas terminen de abrevar los caballos.


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Una figura vestida íntegramente de negro sale del misterioso pozo. En su rostro, se alza el conocimiento de una verdad olvidada.

Se aparta unos pasos, hasta quedar rodeada por las hojas de otoño. De pronto, una brisa la envuelve.

Un libro circular, de lomo contínuo, surge frente a ella, suspendido en el aire. Bascula levemente, y sus páginas parecen respirar el aire del bosque. Luego, desaparece.

La figura sonríe, y eleva los brazos.

Al instante, una esfera negra la envuelve. Como una diosa victoriosa –que se deja ver sólo para las criaturas de aquella arboleda– gira un poco el cuello alabastrino y cierra los ojos. La esfera se eleva por los aires, junto con ella, rumbo a lo desconocido.


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Maya estaba muy preocupada en pasear con su troll montañés, que husmeaba detrás de cada árbol y cada arbusto con tierra removida. La visión no podía ser más contrastante. Por un lado, una figura delicada, que se mezclaba con el aroma del bosque, casi formando parte del viento, como era su costumbre. A su lado, un gigantesco humanoide que hundía la tierra firme, con brazos tan gruesos como los troncos que estaba registrando. Su agudo olfato estaba haciendo maravillas. Ya había desenterrado tres trufas que sorprendieron a la hechicera por su tamaño y jugosa pulpa. Sin embargo, el troll mismo emanaba un olor sumamente penetrante. Maya hacía todo lo posible por parecer cortés y no taparse la nariz. Pero el cariño que le tenía, sumado al espectáculo que significaba ver su salvaje conducta para ir detrás de su alimento, hacía que el paseo valiera la pena.

Los demás miembros de la coalición la miraban sorprendidos, especialmente el grupo de los bárbaros, que creían que los elfos no se mezclaban con los humanoides, y mucho menos con trolls apestosos.

Un grupo de guerreros humanos llegaron desde el este, a caballo.

- Señor, tenemos noticias acerca del Dun –dijeron sin desmontar siquiera–; una fuerza de dos mil orcos están reuniéndose en este momento para defenderlo frente a un posible asedio por parte nuestra.

- No importa que seamos seiscientos –dijo Eldar, acompañado de Glauco y Kurt–; nuestros arqueros son de lo mejor que hay en esta tierra. Podremos rebajarlos antes de entrar...

- Por otro lado –se apresuró a completar Kurt–, mi heraldo dice que ha salido de Topacio un destacamento de refuerzo. Son de un tipo muy especial, ya lo verán.

Eldar se le quedó mirando sin saber qué decir.

- Muy bien –dijo al fin, intentando averiguar de qué se trataba–; toda ayuda será bienvenida.

- Tenemos que apresurarnos entonces, antes de que el Dun sea invencible.

- De acuerdo. Se acabó el descanso. En marcha.


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- Miyi ya es nuestra –dijo una voz en las sombras.

- Excelente, Cronos. ¿La carreta ya está lista?

- He enviado a mis mejores orcos para que la capturen. El resto es cosa tuya.

- No te preocupes. Mi disfraz ya está casi listo.

Las hojas parecían no caer nunca. Se desprendían, giraban y giraban, flanqueadas por árboles inmensos, pero al llegar al círculo formado por aquel caballo rojo y la mujer vestida de negro, inexplicablemente, los rodeaban y giraban en torno a ellos, como si de pronto hubieran adquirido vida. Una de ellas siguió girando y girando mucho después de aquella conversación, hasta que fue advertida por el hada Selena, quien se encontraba sobrevolando los alrededores del Dun, por si acaso encontraba algo digno de contarse. Inmediatamente sujetó la hoja con sus dos manitas, y sopló suavemente sobre ella. Del polvo desprendido –finísimo, casi imperceptible–, se oyeron estas últimas voces:

- ¿Y los esqueletos?

- Paciencia, los estoy juntando. ¿Olvidas que también tengo ese poder?


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El Dun era impresionante. Si bien es cierto que había estado abandonado desde que los hombres perdieron sus batallas contra las fuerzas del caos, la madera era de tan buena calidad que aún se mantenía firme. Un rastro en la tierra frente a la entrada revelaba que ya había sido abierta y vuelta a cerrar por tropas no humanas.

Los arqueros elfos tomaron inmediatamente posición en los árboles que dominaban la entrada. Sin embargo, cuando Eldar, Maya, Glauco y Kurt se volvieron hacia ellos para averiguar lo que veían, los sorprendió su respuesta:

- Señor, no se ve movimiento dentro del Dun...

- Puede que estén escondidos...

- Sí, es probable. Deben estar muy pegados contra las paredes y la parte posterior del portón principal.

Maya entrecerró los ojos. “¿Cómo pueden esconderse tantos sólo pegados a las paredes?”

- No hagan nada hasta que despleguemos las tropas para rodear la fortaleza.

- Sí, señor.

Eldar se volvió hacia sus aliados.

- Puede ser una trampa. Propongo un destacamento de observación que se deslice rápidamente por la parte posterior.

- Yo me ofrezco como voluntario –dijo Tarik, acomodando su brioso mazo.

- Yo iré con él –contestó Glauco.

- Bien. Yo iré también –completó Maya, saliendo de sus pensamientos–; no se diga que un elfo y un enano no se pueden ver...

Tarik sonrió debajo de su barba.


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- Dígame cuál es su plan, maestro.

Miyi se encontraba flotando en un lugar sin dimensión, sin tiempo. De la negrura más absoluta que la rodeaba, se distinguía una forma aún más negra, humanoide, definida sólo por su maldad y un ligero gesto de su liviano perfil, y con voz audible sólo para aquella maga elfa, rodeada de su esfera negra.

- El engaño es fundamental para nuestros propósitos. Así es que demoraremos a la tropa de elfos, humanos y enanos que trata de vencernos. Su largo camino hacia el Dun los ha agotado, pero quiero que sigan movilizándose, quiero que mueran de puro agotamiento. Mientras tanto, debes colaborar para ejecutar la segunda parte del engaño, que debe ser decisivo. Morgana será rescatada y llevada al corazón del enemigo...

“Ah, se llama Morgana”, pensó ella.

- ...pero antes de eso, te encargo las tropas del Dun. Haz lo que quieras. pero recuerda: debes retrasarlos. Engañar. El engaño es la mitad de la batalla.

- Sí, maestro.

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La fortaleza se mantuvo silenciosa por un buen rato. Luego, un sonido como de arcos tensándose. La tropa se recogió aún más en la maleza.

- ¿Por qué no atacamos? –preguntó un mercenario.

- Sería una tontería –respondió Kurt, ceñudo–; anda, trata de subir la empalizada... te traspasarían como a un cerdo antes de llegar.

El grupo de avanzadilla, mientras tanto, se escurría por los arbustos. Ya casi llegaba a la parte posterior.

- Es extraño... tanto silencio...

- Sí, parece que quieren que nos confiemos...

- Quizás quieran hacer tiempo para reforzarse.

- Eso es lo que vamos a averiguar... precisamente ahora...

Maya daba vueltas la cabeza cada cierto tiempo, temerosa de que su troll lo echara todo a perder, saliendo de pronto del bosque y corriendo alegremente hacia ella. Pero para fortuna de la elfa, no sucedió nada de eso. Al contrario, todo el lugar se sumió en un silencio de muerte. El trío varias veces estuvo a punto de volverse por la opresión que eso causaba. Porque se trataba de un silencio premeditado, no natural. Ni siquiera las aves estaban ahí. Como si hubieran desaparecido.

Finalmente, la opresión terminó. Un sonido muy familiar –el de cientos de guerreros moviéndose con sus espadas, armaduras y pertrechos–, se hizo patente apenas iniciaron la curva final de la empalizada. Maya hizo un gesto de alto.

- Son tropas orcas...

- Lo que pensábamos. Se están reforzando con tropas y están haciéndonos perder el tiempo.

- Pero, ¿cómo es que no los oímos desde el frente?

- Fácil. Un silencio lo suficientemente fuerte y bien ubicado puede hacer maravillas.

Pero de inmediato pensó en qué mago o maga podría tener preparado un silencio de tanta magnitud. O sería un pergamino. Igualmente, alguien tendría que leerlo. “¿Miyi?” se oyó decir la hechicera. “¡No, imposible!”.

- Vamos, tenemos que avisar al resto.

- De acuerdo.

jueves, 15 de octubre de 2009

Las Aventuras de Maya y Miyi


Capítulo Tercero: La Toma de Miyi.
Segunda Parte.

Miyi piensa en todo esto mientras su enorme herida cierra misteriosamente y es conducida al exterior por la entrada sinuosa. La luz finalmente les da la bienvenida, pero está plagada de agua, de gruesas gotas de lluvia que caen desde antes de llegar a la salida.

- ¡Por acá! –les dice Eldar, apresuradamente–; ¡es una terrible tormenta!

Los elfos habían estado ocupados desde que ingresaron por el pozo. Varias tiendas de campaña se alzaban alrededor del claro, y a pesar del viento que corría apenas ondeaban de lo recias que eran. Eldar, Glauco, Maya y Miyi ingresaron en una tienda especialmente preparada para recibirlas.

- ¡Esta tormenta comenzó al poco tiempo que ingresaron! Esto me huele raro. Maya, por favor...

Maya cierra los ojos y extiende sus manos hacia la salida de la tienda.

- Es una tormenta mágica.

- Me lo imaginaba.

Miyi estaba con los ojos fijos.

- ¿Quién podrá estarla produciendo?

- Ni idea.

- Esto se está poniendo feo. Mejor regresamos al reino elfo.

- Sí, estoy de acuerdo contigo. Ya pensaremos en cómo descender.

Glauco y Eldar salen de la tienda para alistar los caballos. Miyi, al verla a Maya, recuerda su misión, el pergamino que le hiciera entrega Silvan, el rey elfo.

- ¡Maya! Escúchame bien...

Maya estaba por averiguar la intensidad mágica de la tormenta, pero el tono de voz de Miyi la hizo desistir de su propósito.

- Eh... el rey elfo, nuestro rey elfo, Silvan, me encargó que te entregara un pergamino que sirve para extraer el espíritu del clérigo negro que se encuentra en el caballo rojo...

Maya comprende entonces la tardanza de aquella noticia, y levanta su báculo en señal de contrariedad. Miyi se lo baja con la mano.

- ...que debe decirse volando, sobre una roca elevada, como la que hallamos en el pantano, es decir, en los límites entre el pantano y el bosque, creo, bueno, lo cierto es que...

Maya vuelve a subir su báculo, apuntando al pecho de Miyi. Ella lo vuelve a bajar. Maya lo vuelve a subir.

- ...sé que me olvidé de decirte todo esto, pero cuando llegué los encontré peleando con esos zombies y con todo el jaleo... ¡ya no me levantes el báculo!

Los poderosos brazos de Miyi salieron disparados sobre los de Maya, inmovilizándola. La hechicera, de la sorpresa –y de la fuerza demostrada de pronto por su amiga, que hasta entonces siempre había sido tan dulce y femenina–, abrió aun más sus ojos avellanados.

- ...te llamé para que subieras en la roca, porque tú sabes hacer el conjuro Volar y yo no, recién entonces lo recordé, pero cuando llegaste después me olvidé... si me olvidé fue mi culpa, pero no es para estarse con esas cosas, de todas formas ya te lo dije... ¡y no me interrumpas cuando te hablo!

Maya seguía en silencio. En realidad, no comprendía cómo había podido hablar –ni qué decir interrumpirla– con la boca cerrada. Pero se trataba de Miyi.

Maya sale de la tienda con el pergamino en su bolsa de cuero. Miyi sale un poco después, pero, en lugar de montar en uno de los caballos, se queda quieta mirando la entrada del pozo, sin hacer caso de la lluvia.

- Miyi, vámonos –le dice Maya, dulcemente.

- No, yo me quedo.

Los caballos ya estaban en formación. Eldar, impaciente, observa la escena.

- ¿Qué sucede?

- No quiere irse.

Eldar y Glauco desmontan.

- Vamos, Miyi, por favor. Tenemos que regresar. Esta tormenta sólo anuncia dificultades. No podremos hacer nada si comienzan a caer los truenos.

Y dicho y hecho, un resplandor monstruoso y luego un tremendo estampido se oyó en la distancia.

- No; me quedo.

Glauco y Eldar suspiraron. Maya se apartó con ellos un corto tramo, y les dijo:

- Ustedes la distraen y yo la reduzco.

- Mejor que sea al revés.

- Bien.

Los tres giran y se dirigen hacia la absorta Miyi, que no puede dejar de mirar el pozo pequeño, lleno de lluvia.

- Miyi, entiéndeme, no podemos enfrentarnos en estas condiciones...

Al instante, Glauco y Eldar se precipitaron sobre ella y la redujeron. Miyi forcejeó inmediatamente, usando todas sus fuerzas, pero ésta vez sí fue inútil. Un momento después ya se encontraba maniatada y amordazada –porque gritaba como una condenada–, y colocada en la grupa de uno de los caballos blancos.

- Vamos.

Los relámpagos comenzaron a afinar su puntería. Varios elfos cayeron calcinados. El grupo se hizo lo más compacto posible y atravesaron los lugares más frondosos. Maya, en su calidad de única hechicera del grupo, y a pedido de Eldar, hizo su Esfera de Protección contra el Mal, pero –como ella misma lo sabía–, ésta no fue suficiente para protegerlos a todos, y vio con mucho dolor cómo caían sus compañeros víctimas de los relámpagos que los buscaban con mágica saña.

La lluvia no había dejado resquicio de ropa ni pliegue sin recorrer. La humedad estaba haciendo presa de los elfos. Los cascos de los caballos resbalaban sobre el suelo fangoso. Glauco y Eldar temían por la moral del grupo. Pero los elfos continuaban, estoicos. Detenerse –aunque sea un instante, para enterrar a sus muertos– hubiera sido una locura.

Miyi continuaba forcejeando sobre la grupa del caballo, que la golpeaba. Un arete de color negro le estaba comenzando a crecer en la oreja izquierda.

Sea por la dificultad de comunicarse debido al estruendo de los truenos y la lluvia, sea debido al terreno accidentado, lo cierto es que los esfuerzos de liberarse de Miyi dieron sus frutos: poco a poco comenzó a resbalar de la grupa del caballo, sin que el elfo que iba conduciéndolo se diera cuenta. Finalmente, en una pequeña subida, en que el caballo se inclinó hacia arriba con fuerza, Miyi cayó al suelo fangoso, completamente inadvertida.

El grupo continuó avanzando a toda la velocidad que le permitía el terreno y la tormenta, hasta llegar a los límites del reino elfo. Como por arte de magia, la tormenta desapareció. El grupo ingresó al patio principal formando un lago en las losetas.

- Noble Silvan...

El rey se encontraba con sus soldados en las escalinatas.

- ...hemos sobrevivido a una terrible tormenta puesta sin duda por algún mago poderoso, y aunque comenzamos venciendo a sus tropas, tuvimos que regresar a nuestro reino para recobrar fuerzas... pero no se preocupe, que ya conseguimos dar con el refugio del clérigo negro...
- ...así es –continuó Maya–, y si su majestad lo quiere, descansaremos y al día siguiente volveremos sobre nuestros pasos para encontrarlo y destruirlo...

Silvan extendió los brazos, protectoramente. Todos inclinaron las cabezas.

- Mis buenos guerreros... mi querida Maya...

Maya levantó la cabeza, cubierta por su negra capa.

- Oh Silvan, rey de los elfos y símbolo de la vida por mano y virtud propia: creo hablar por todos cuando digo que hemos temido la derrota en algún momento de nuestro accidentado retorno; nos enfrentamos a un enemigo que conoce a poderosos aliados y que los está utilizando sin piedad en contra nuestra... si al menos Miyi hubiera podido recordar su misión, quizás otro hubiera sido nuestro destino...

En ese momento, las miradas de los elfos recayeron sobre la grupa del caballo que transportaba a Miyi.

- ¿Dónde está?

El elfo que montaba el caballo giró la cabeza y se puso pálido. Los demás elfos se miraron entre sí.

- ¡Rápido! ¡Un piquete, cinco voluntarios para regresar!

La tormenta continuaba castigando el bosque. Aún así, cinco manos se alzaron inmediatamente como un bosque de ramas.

Eldar fustigó a su caballo, que dio media vuelta y se unió a los jinetes que ya cabalgaban. Silvan requirió de Maya con la mirada. La hechicera entendió que el rey tenía algo muy importante que decirle, y, con mucha pena, desmontó de su caballo.

- Eldar, date prisa –pensó.


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En el centro del bosque, los truenos parecían tener vida propia. Sobre el suelo fangoso y repentinamente irregular, un cuerpo atado y amordazado luchaba por salir del camino y esconderse en aquella gran roca plagada de arbustos. La lluvia le caía por las pestañas mientras rodaba y se curvaba como una oruga gigantesca. El frío se le metía en los huesos y le dificultaba hacer el menor movimiento. Su odio contra todos iba creciendo como el arete negro que tenía en la oreja izquierda, que ya casi llegaba hasta la rodilla. Girando y curvándose con cada vez mayor destreza, meditaba entretanto oscuras maldiciones contra su propia gente, que la había reducido y amordazado a traición. Le irritaba sobre todo no haber podido explicarse. Hubiera querido gritar su rabia sobre aquella feroz tormenta, quizás eso habría podido desfogar en algo sus sentimientos. Pero lo único que podía hacer era mascar el trozo de tela manchado por el fango. Siguió rodando. Ya le dolía el cuello de tanto mirar oblícuamente a los costados.

La espalda recibió el suelo helado como se recibe un puñetazo. Cerró los ojos. Estaba exhausta. Pero ya casi llegaba a la base de la roca. En ese momento sintió el resoplar de los caballos. “¡Maldita sea!”, pensó, y redobló sus esfuerzos. Los caballos salvaron la colina y dieron con ella casi al instante. Desmontaron con presteza y la levantaron en vilo justo cuando ya estaba por desaparecer entre el ramaje.

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El rey Silvan condujo a Eldar, Glauco y Maya al gran salón.

- Observen...

Apenas las puertas dobles se abrieron, Maya dejó escapar un grito. Un árbol –mejor dicho, un tronco de ramas muertas, teñidas del negro más absoluto– se había desarrollado alrededor de la diadema que el rey había dejado dentro del cristal, cristal que a todas luces había sido destruido.

- Es la fuerza del mal que amenaza con invadir nuestros dominios...

Eldar no lo podía creer.


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- Miyi, hija querida, ¿qué has hecho? ¿Por qué la tienen así? Quítenle la mordaza...

Inmediatamente, uno de los guerreros le hizo un limpio corte a la tela. Finalmente, Miyi estaba sin mordaza.

- ¡Qué es lo que quieren! ¿Así se trata a una maga? ¿Dónde está la jerarquía? ¿Qué clase de compañeros son ustedes? ¡Déjenme ir, déjenme ir a donde sea, a ustedes no les importa!

Silvan –olvidando toda precaución- se arrodilló sobre ella.

- Pequeña...

Miyi estaba roja de la rabia. Extrañamente, nadie advirtió el arete negro.

- ¡Quiero que me desaten ahora mismo! ¡Soy una maga, los guerreros me deben respeto! ¡Nadie es más que un mago elfo!

- Miyi, querida, cálmate...

Al ver el rostro del rey, Miyi, abrió sus enormes ojos y le espetó:

- ¡A mí nadie me calma! ¡Ustedes no saben por qué quiero volver! Por último, ¿quién eres tú para darme órdenes, eh?

Silvan retrocedió por reflejo. Miyi había tratado de escupirle al rostro. Los elfos estaban horrorizados. Eldar prefirió no ver. Pero sí pudo ordenar:

- Llévensela a sus aposentos. Dos guardias en su puerta. El resto puede retirarse.

Los elfos abandonaron el salón real con la sorpresa pintada en sus rostros.

- Maya, es necesaria una junta ahora mismo.

- Vamos al cuarto contiguo, es más secreto –respondió Silvan, frotándose los ojos.


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La tormenta comenzó a perder fuerza. Los centinelas se miraron entre sí desde las copas de los árboles, más tranquilos.

En el cuarto de Miyi, un forcejeo prolongado dio paso al corte de una de las sogas que sujetaba su muñeca derecha. Instintivamente, se llevó la mano a la oreja. Pero entonces sintió el otro arete, negro y brillante, y lo tomó. Cortó con él las otras sogas como si se trataran de hilos finos y se puso de pie, en silencio. Sabía que se encontraba custodiada. Pero una voz lejana la llamaba para que bajara al gran salón... y tomara... la diadema. La diadema negra, aquella que viera por un instante en el centro del árbol negro... se sentía particularmente ágil y fuerte.

Avanzó hacia la puerta. Luego retrocedió lentamente. Recordó el pequeño tragaluz que estaba por encima de su cabeza.

Miyi cayó al suelo de madera sin hacer el más mínimo ruido. Descendió como una gata hasta el corredor que daba a la entrada del salón real.


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- Es imposible. ¿Miyi, comportándose así?
- Me temo que es víctima de las maniobras del clérigo negro –respondió Maya, sombría–; tenemos que vigilarla estrechamente.
- En realidad, no es toda su culpa –dijo Eldar para tranquilizar a Maya–; son los objetos que les ha obsequiado.
- Tal vez el hecho de que yo lo haya visto hizo que no me afectara –reflexionó la hechicera, llevándose la mano a la frente.
- Puede ser... –respondió Silvan, mientras miraba la ventana.
- Entonces, ¿cuáles serían tus órdenes, oh rey de los elfos? –dijo Eldar.

Silvan se quedó en silencio.

- ¿Acaso hay duda? Deben ser destruidos, lejos del reino de los elfos.


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Los centinelas se pusieron en guardia, pero no sabían si atacarla o dar la alarma.

Ese instante de vacilación les costó la vida. Los aretes salieron como serpientes envenenadas y les partieron el cuello en dos tajos limpios, que marcaron la sorpresa de sus cabezas cuando cayeron al suelo.

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Maya oyó dos chasquidos. Luego, el sonido amortiguado de dos cuerpos cayendo pesadamente.

- Oh, no...

Salió corriendo de la estancia menor. Eldar y Glauco la siguieron.

- ¡Miyi...!

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La maga ya había tomado la diadema. Cuando Maya llegó al gran salón, golpeando pesadamente la puerta lateral, ya era tarde.

El brillo negro de la diadema sobre su frente le daba un toque de belleza mística y malévola. Miyi lucía espléndida.

- ¡Qué has hecho, insensata...!

La maga elfa respiró hondamente.

- ¡Por favor, Miyi, piensa en ti! En tus amigos... ¡en Glauco...!

- ¡Glauco me importa un bledo! –gritó, y sus puños se alzaron imperiales sobre los elfos decapitados.

Maya reparó entonces en los centinelas horriblemente muertos junto a la puerta principal, y prefirió no pensar; corrió hacia su amiga, con la esperanza de hacerla reflexionar, gritando:

- ¡Miyi, no lo hagas...!

Pero la maga, apenas dejó de acariciar la diadema en su nacarada frente, alzó sus aretes sangrantes e hizo silbar el aire. Maya hizo un giro a la derecha justo cuando se formaba una cruz mortífera en el lugar donde había estado un instante antes, y cayó por detrás de ella como si fuera un gato. Eldar y Glauco aparecieron después.

- ¡Libre!

La elfa estaba enajenada, feliz. De una felicidad que hacía retroceder a la muerte.

- ¡Miyi, qué haces!

- Ahora, por fin, regresaré...

Y salió corriendo.

Su ímpetu era tal, que dejó las escalinatas y salió del reino sin siquiera pensar en montar un caballo. Los demás elfos, al ver a los dos centinelas ferozmente decapitados, se hicieron a un lado, aterrorizados. Echó a correr en la tierra baja, con los árboles de la entrada de su reino como telón de fondo. El viento le daba en el rostro. Sintió el frío del bosque. Ya estaba lejos. Corría y corría. Pero no se cansaba. Antes bien, sus pulmones parecían recibir aire de su propia rabia, mezclada con la alegría de hacer algo por ella misma. Sola. Nadie le tendría por qué discutir desde ahora lo que ella decidiera.

Las huellas que dejaba en el suelo eran las de una gacela. No salía polvo del camino simplemente porque había llovido y el suelo estaba muy húmedo. Pero ni los gorriones más veloces la habrían alcanzado a través de tupido follaje, ni el sabueso más agudo la habría podido perseguir a través de tantas lomas, subidas y bajadas.

Cuando Maya levantó la cabeza, ya no había ni rastros de Miyi.

Eldar y Glauco apenas llegaron a la terraza superior, desde donde se podía ver el bosque, aún neblinoso por sus lágrimas de lluvia.

Nunca vieron la huida de la elfa.

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Por fin podría hacer lo que ella quería, sin recibir órdenes de nadie...

Las hojas caían y se arremolinaban en torno a su cuerpo, separadas por el tiempo y la brisa, y sus rodillas que se sucedían una y otra vez, subiendo y bajando y brincando, el bosque le dio la bienvenida cuando llegó al claro y encontró el pozo húmedo, lleno de musgo.
Parecía como si hubieran pasado cien años.

Descendió.

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La capa de Maya formaba una cola de cometa negro mientras cabalgaba, en dirección recta, hacia el misterioso claro. Eldar y los demás jinetes elfos eran los únicos que podían aproximarse. Glauco, a pesar de que hacía lo imposible para fustigar su corcel, se había rezagado.

Los cascos del caballo de Maya levantaron trozos de barro cuando se detuvo. Descendió apresuradamente y se inclinó por la abertura. Silencio.

- Nosotros vamos contigo –le dijeron Eldar y Glauco.

- Bien.

El nuevo trío descendió con mucho cuidado. Esta vez llegaron al vestíbulo mucho más rápidamente. Pero no por eso fue mejor el resultado.

Ante las cuatro Luces Danzantes de Maya, se alzaba una mujer vestida íntegramente de negro, cuya blanca piel contrastaba con sus ojos y su cabello lacio y terso, de una tersura que a la hechicera le pareció cosa de magia.

Al parecer, no había nadie más en aquel vestíbulo.

- Deja a nuestra amiga en paz –le dijo ella, olvidando los preámbulos.

- Yo no le he pedido que viniera –dijo la enigmática mujer, mientras se alisaba los cabellos–... ella ha venido por cuenta propia.

- Déjala –repitió Maya, más severa.

- ¿No saben cuál es su lugar, no es verdad? –le respondió la mujer, alzando sus níveos brazos–; cuando la luz no sabe dónde debe estar y se encuentra con las sombras, pues... desaparece.

- ¿Y tú eres la noche, no es así? –le contesta Maya, aferrando su báculo.

- Yo soy tan necesaria a la vida como tú a la muerte –le respondió la otra, y una figura conocida pareció surgir detrás de ella–, y así como una y otra se necesitan también pueden mezclarse. Y amarse. Algo tan sublime como la libertad... la libertad de elegir a qué bando pertenecer... eso sólo se puede obtener si dejan de asfixiar a la vida con sus intentos de que siga estando viva...

La figura comenzó a aproximarse a la mujer. Era Miyi. Estaba vestida completamente de negro.

- ...la vida también puede morir...

La mujer comenzó a desvanecerse.

- ...y de sus restos, surgir la vida...

Miyi quedó entonces en el lugar que había ocupado la mujer, y salvo la edad –ella era algo mayor– y una minúscula diferencia de talla, prácticamente eran la misma. Maya tuvo que reprimir un impulso de retroceso.

- Miyi...

- Dejen de estarme siguiendo. Ya no soy una niña.

A Maya le pareció que Miyi sería la sucesora de aquella extraña maga. Se estremeció.

- Nosotros somos tus amigos... tus amigos... ella, ¿quién es? ¿Acaso te conoce tanto como nosotros?

Miyi se llevó la mano a su oreja izquierda.

- Glauco, haz algo –le murmuró Maya.

Pero apenas el guerrero hizo un movimiento para hablarle, Miyi le cortó en seco diciendo:
- No quiero saber nada contigo.

El tiempo pareció detenerse para él.

Maya volvió a la carga:

- Si quieres, podemos ir e investigar esta cueva, juntos...

Miyi dejó de jugar con el arete negro. Su amiga suspiró. Pero entonces comenzó a mover los dedos y a murmurar ciertas palabras, palabras que no le eran desconocidas. Abrió los ojos.

- Miyi, no...

Comenzó a sentir el poderoso influjo del encantar, e intentó resistirse; pero sabía que lo había hecho un instante después de su conjuración y esa sola demora le podía ser fatal.

La sugerencia de Miyi no fue tal, sino más bien una orden que debía ser cumplida sin titubear:

- ¡Mátate!

Inmediatamente el cuerpo de Maya se sacudió. Tenía que resistirse a aquella orden tan absurda, pero para su desgracia, el nuevo poder adquirido por su amiga era tal, que el pensamiento de resistirse pasó como una brisa de verano. De pronto, se dio cuenta de que vida no valía la pena después de todo.

Maya levantó su báculo, y se dio un golpe en la cabeza. Cayó al suelo. Glauco y Eldar dieron un grito y la arrastraron hasta la pared opuesta, que daba a la salida, exclamando:

- ¡Qué has hecho!

Miyi los seguía con la mirada dura. “¿Habrá muerto?”, se preguntó. Pero luego vio cómo reaccionaba ante los intentos de sus amigos de que volviera en sí.

Alzo el brazo, apuntando hacia ellos.

- Bola de Fuego...

Eldar la miró sin saber qué decir. Glauco, más práctico, sujetó a la elfa y se arrojó sobre la entrada. El proyectil hizo impacto en la pared y alcanzó a los tres, que lanzaron un solo grito de dolor mientras huían como podían por la sinuosa salida ascendente, con el alma en la boca.


FIN DEL TERCER EPISODIO. Parte 2 de 2.




Las Aventuras de Maya y Miyi


Capítulo Tercero: La Toma de Miyi.
Primera Parte.

Las cosas entre Miyi y Glauco se habían invertido. Ahora Miyi dormía plácidamente en su habitación, en los altos de los árboles del reino elfo, mientras que Glauco no podía dejar de pensar en ella, sobre todo en el momento en que se entrevistó con el clérigo negro. Aunque presentía una influencia decididamente maligna en aquel encuentro, no se sentía con tanta libertad como para indagar en lo que había sucedido realmente, aparte de comenzar a sentir algo por ella. ¿Amor? Aún era muy prematuro para decirlo, pero de hecho le agradaba. Sin embargo, cada vez que le conversaba de algo, tenía que ser acerca de asuntos importantes, como la amenaza del clérigo negro, o los planes que habían deliberado la noche anterior con Silvan. Le era terriblemente difícil comentar sus emociones. Quizás no había sido bien entrenado en ese sentido. Quizás ese tipo de entrenamiento había sido ajeno a él todo este tiempo, y de hecho no lo impartían en los torneos, o en el campo de batalla.

- Mi señor, es necesario conjurar lo más pronto posible la amenaza de este clérigo...

Maya estaba de pie ante el rey elfo Silvan, con su capa que ocultaba el hermoso rostro alabastrino. Detrás de ella, los más aguerridos elfos esperaban de pie, la tropa de choque, con sus espadas listas. Otro grupo los aguardaba montado en caballos blancos que mascaban bocados de oro.

El rey dejó escapar un hondo suspiro, y les dijo:

- Mis queridos súbditos, y especialmente tú, Maya adorada, prestadme atención. Terrible es esta amenaza para todo el reino, que un clérigo de su talla haya caído en las garras de la maldad, mayor aún por nacer de su propia inventiva, y ahora, a pesar de sus esfuerzos por detenerlo, se desarrolla como la hierba rastrera que se apoya en lo que sea para sobrevivir. En estos momentos, incapaz de tener forma propia, ha tomado a un caballo de noble raza para realizar sus propósitos y convoca fuerzas de la naturaleza a las que da una vida retorcida. Deben tener mucho cuidado: nunca se podrá ser suficientemente prudente contra un enemigo de tal naturaleza.

Maya extendió los brazos.

- Mi Señor... ruegue por mi hermana Miyi, la más dulce de sus hijas, para que sea capaz de vencer la maldad que trata de someternos.

Silvan asiente con la cabeza. Maya le había dado la noche anterior –manejándola con mucho cuidado– la diadema que viera aparecer en su frente. El rey elfo la estudió hondamente durante aquella noche y la guardó en una esfera de cristal. Asimismo le explicó lo del arete negro que había visto aparecer y luego desvanecerse de la oreja izquierda de Miyi, y su preocupación porque sea alguna treta del clérigo para vencerlas.

- No te preocupes, querida Maya, vigilaré de cerca a Miyi. Por cierto, ¿dónde está?

- Creo que sigue en sus aposentos –respondió Maya.

Y le hizo un gesto con los ojos.

A lo que el rey replicó:

- Glauco, ¿podrías avisar a Miyi que la Guardia Plateada está lista para partir?

- Sí, su Alteza.

El guerrero sube las anchas gradas verdosas que conducen a los aposentos de las mujeres.


&&&


El bosque se llena de ilusiones. Los árboles hermosos se multiplican hacia el Norte, como un enjambre de abejas verdes. Una nube gris comienza a ganar en fuerza y tenacidad, y bruscamente cambia de curso y se dirige hacia el Este. Unos dedos danzantes se encorvan y estiran como las olas del mar. El viento está con ellos. Las ganas de morir se concentran en el bosque.


&&&


- Eh... Miyi...

- Pasa. Está abierto.

El cuarto olía a viento y espacio. La madera apenas crujía cuando alguien del tamaño de Glauco la pisaba, y parecía responder a su fuerza con un perfume salido de las flores más altas de los árboles. El tul que cubría la cama labrada en donde estaba sentada Miyi había sido retirado graciosamente, de tal forma que la elfa parecía salida del mismísimo Cielo de los Cielos. Aquella visión no le fue indiferente al guerrero, pero pudo disimular su impresión.

- Disculpa, la Guardia de los elfos está por salir...

- Creo que me quedaré, todavía estoy adolorida por las heridas que recibí. Quisiera descansar...

Glauco tardó un instante demasiado largo en entender la respuesta. La respuesta era que no iba a acompañarlos en la persecución del clérigo, o al menos, por ahora. Se le quedó mirando a los ojos sin saber qué decir. Finalmente, exclamó:

- Ah...

Los grandes ojos de Miyi parecían terminar de explicarle sus razones, en su juego de luces y sombras.

- ...bueno... entonces, eh... me retiro. Que descanses.

La puerta se cerró con un sonido lejano.

Glauco descendió a toda carrera.

- ¿Y...?

- No quiere ir, dice que está cansada...

Eldar puso una cara de total incomprensión. Maya le explicó:

- Así es ella...

La tropa salió del reino en formación, por el camino boscoso.

A pedido de Maya, quien todavía se encontraba un poco delicada después de la pelea con los zombies y el caballo rojo, fueron nuevamente a ver al clérigo amigo de Glauco, quien les curó y dio un par de pociones llenas de un líquido azul.

Maya quiso hablarle:

- Noble clérigo, ¿cuál es tu nombre?

El clérigo –al parecer acostumbrado a este tipo de solicitudes–, sonrió bondadosamente, y le respondió:

- Cuando realices una acción noble y sacrificada, entonces oirás cuál es mi nombre.

- Gracias...

Se volvió entonces hacia el grueso del pelotón, capitaneado por Eldar, y les dijo:

- Nobles elfos, guerreros: es necesario que sus actos se encuentren guiados por el conocimiento o ser perderán para siempre en los laberintos de la maldad. Yo les aconsejo que consulten al gran Oráculo Peregrino sobre la ubicación del clérigo negro... en este momento se encuentra en el interior del Bosque Vano, no será muy difícil encontrarlo...

Eldar y Glauco agradecen el gran favor que el clérigo Blanco les acaba de hacer –la ubicación del Oráculo Peregrino es un perpetuo misterio ya que éste cambia constantemente–, y se ponen en camino.

En algún lugar del interior del Bosque Vano, se encuentran con un claro enorme, desconocido; los elfos detienen los caballos. Una forma vaporosa que despide un brillo amarillo intenso se alza como un cono rechoncho hasta hacer que los jinetes eleven la vista, admirados, y les dice:

- Oh, distintos, que conocen el lugar de lo intangible... han llegado a mí como la brisa, y como la brisa les he de responder a lo que anhelan... El sabor del mal comienza a inundarlo todo... los elegidos –yo los conozco–, persiguen al que busca la inmortalidad por bosques y montañas... sólo ellos, que vieron su cuerpo y ahora no pueden reconocer su alma, serán sus verdugos...

- ¿Dónde se encuentra él ahora? –le pregunta Miyi.

- Debajo de mí –dijo la fantástica forma gaseosa–; en las profundidades de la tierra, donde no llega la luz y se extrañan mucho las estrellas.

Después de lo cual el Oráculo comenzó a desvanecerse.

Los caballos y sus jinetes vieron cómo surgía un pequeño pozo de agua hecho de piedras justo al pie de la figura que ya se iba con la brisa. Maya y Miyi se aproximaron lentamente, tanteando el lugar. Glauco los siguió. Eldar los observaba inquieto.

- ¡Es una entrada! –exclamó Miyi, entusiasmada.

Maya vio la determinación en los ojos de Glauco. Luego se volvió hacia Eldar y sus jinetes:

- Vamos a entrar.
- ¿Están seguros de que no quieren refuerzos? –dijo Eldar.
- Nosotros fuimos los últimos que lo vimos con vida –le respondió Maya, mientras Glauco iniciaba el descenso–; según el Oráculo, somos nosotros los que tenemos que enfrentarlo directamente.
- Suerte. Estaremos vigilando.
- Gracias...

Los cuerpos de las elfas se unieron al descenso del guerrero humano, con un movimiento de blondas y sedas que pareció fundirse con el viento del bosque. Sobre la superficie, Eldar ordenaba a sus jinetes que se apostaran según la dirección de los caminos.


&&&


El descenso les pareció muy largo, sinuoso como si estuvieran descendiendo por el estómago de una serpiente. Maya hizo luz sobre su báculo. La humedad les afectaba la respiración, se les metía en las entrañas. Al final de aquel descenso resbaloso y oblícuo, surgió una losa plana que parecía un juego de duendes o de dioses, de hexágonos simétricos que se extendían sucesivamente hasta perderse de vista. El trío se detuvo en aquel descanso. Tanto Maya como Miyi aguzaron la vista. El vestíbulo era grande, incluso para la visión de las elfas. Glauco prefirió hacerles campo.

Maya hizo Luces Danzantes y las proyectó hacia cuatro puntos diferentes, de tal manera que iluminaran la mayor cantidad de espacio posible. Efectivamente, a medida que las luces se alejaban entre sí, se pudo constatar un cuarto de casi quince por veinte metros, de paredes cortadas a pico sobre la roca, de techo bajo y rastrillado. Varios esqueletos yacían esparcidos en posturas insólitas, con armaduras gastadas y mohosas. Pero lo que puso en guardia al trío fue un viejecillo escuálido que se alzaba desafiante en el otro extremo de aquel vestíbulo. Las luces iluminaron sus ojos grises y su espada corta. De no ser por su postura erguida, se habría confundido con los demás cuerpos putrefactos de los guerreros.

Maya, con mucha cautela, se acerca a él –que lo recibe de pie, con la mirada torva, casi muerta–, y le dice:

- Por favor, noble guerrero, no queremos luchar; déjanos pasar por esa puerta.

El viejecillo raído no hace un solo gesto.

Luego va Glauco, sin éxito. Finalmente, los tres deliberan en un extremo de la habitación.

- Tendremos que encantarlo; si aún así no podemos convencerlo de que deje la puerta, atacamos.

Sus rostros murmuraban muy cerca entre sí; las Luces Danzantes, que habían retornado por órdenes de Maya hasta quedar un poco por fuera del trío, producían efectos fantasmales en sus rostros.

Pero cuando Maya y Miyi fueron a encantarlo debidamente, el viejo movió la espada en un arco luminoso que las envió contra la pared, y de ahí al suelo.

Glauco, al ver aquella muestra de agresión, corrió con su espada directamente hacia aquel viejo demoníaco, pero también fue recibido con su filo a la distancia, que le produjo una intensa herida en el pecho, después de enviarlo de vuelta con las magas.

Tres aventureros heridos, gimiendo en el duro suelo. Un viejecillo detenido como un reloj, cuidadoso y autómata. Unas luces danzantes que ahora iluminaban una escena sangrienta.

Maya recordó las pociones y bebió una hasta la mitad; luego le dio la otra mitad a su amiga Miyi, sin perder de vista al viejo que las miraba –¿en realidad las miraba?–, con su espada brillando como un enjambre de luciérnagas. Se movió un poco, y le dolió muchísimo. Glauco fue el segundo en incorporarse.

- Creo que no podremos con él. Debemos regresar.


&&&


Miyi observa a un caballo rojo conversando con una mujer de mayor edad, pero aún muy bella, de cabellos negros y mirada inteligente. Cree oír lo que hablan, sabe que se trata de ilusiones producidas por su imaginación, o por los rezagos de una conversación anterior, en esta misma cueva simétrica. Hablan acerca de vencer a sus enemigos, y la maga –le oye a Cronos llamarla Morgana–, se ofrece a vencer a Glauco:

- ¿Qué hay del futuro rey?

- Déjamelo a mí –dijo ella, con una sonrisa maliciosa–; no sabes cuán seductora puedo ser.

- Bien. Yo me encargo de las magas, tú ocúpate de Glauco.

Las sombras desaparecieron. Miyi vio a sus amigos. Ellos no habían visto nada.


FIN DEL TERCER EPISODIO. PARTE 1 DE 2 .


domingo, 20 de septiembre de 2009

Las Aventuras de Maya y Miyi


Capítulo Segundo: El Caballo Rojo.

El hada comienza a oler el ambiente, como buscando algo que se le ha perdido, por encima de las ruinas del templo calcinado, donde Miyi y Glauco el guerrero están plantando flores. Constatan que el cuerpo del clérigo está casi totalmente calcinado, así como el de otras personas, supuestamente sus guardianes y monaguillos. Miyi siente náuseas y se aleja para vomitar. Al poco rato aparecen unas criaturas encorvadas y huesudas que comen carne en descomposición: los ghouls. Miyi las ve primero, pero no dice nada; sin embargo, cuando Glauco los percibe, deja el sembrado e inmediatamente se dispone a pelear. Maya es la última en advertirlos, así que lanza una esfera de oscuridad entre los ghouls y ellos y huye al bosque; pero cuando los ve solos, se arrepiente y regresa. Miyi, mientras tanto, trata de evitar que el guerrero pelee, y lo trata de arrastrar del brazo que no sujeta la espada, pero sin éxito. Luego llega corriendo Maya y entre las dos recién comienzan a hacerlo retroceder lentamente. Glauco está blandiendo su espada, flanqueado por dos hermosas elfas que tratan de alejarlo del campo de batalla.

- ¡Suéltenme!

Finalmente, ambas se dan cuenta de que no podrán convencerlo a menos que lo encanten, así es que se turnan para lanzar el conjuro: “tú primero –dice Maya–; si no resulta, lo lanzo yo”. Lo lanza Miyi y resulta: el guerrero siente ganas de abrazar a la maga y hacer lo que ella le diga. Salen corriendo justo cuando los ghouls ya estaban por alcanzarlos.

- Bien. Ahora, ¿hacia dónde vamos?

- Regresemos hacia el reino elfo –propone Miyi.

- No creo que sea buena idea –responde Maya, pensativa-; primero tenemos que ver qué es lo que sucede con el castillo de Glauco. Recuerda que está abandonado. A estas alturas ya debe haber alguien que lo haya tomado.

- ¡Pero...! Bueno, está bien...

Maya observa con simpatía a su amiga de toda la vida, que debido al inmenso cariño que le tiene la llama ‘hermana menor’, a pesar de que no los une ningún vínculo de sangre. Lo mismo sucede con el rey Silvan, que la considera su hija predilecta y la joven promesa de las magas elfas.

- Tranquila, Miyi, luego regresaremos.

Por recomendación del hada Selena, huyen hacia el Sur, dan un rodeo por el Oeste, y toman esa dirección por un buen tiempo hasta llegar al flamante castillo que surgió después de liberar a Glauco de su maldición. El castillo se encuentra totalmente tomado por forajidos y buscafortunas, los cuales, apenas el grupo de aventureros trata de ingresar, les presentan combate. Glauco, enceguecido por la ira –y recordando poco a poco su naturaleza real–, se lanza sobre la puerta principal, seguido por dos consternadas Maya y Miyi. El hada los alienta a pelear, mientras por otro lado alienta a los mercenarios para que carguen sobre la hechicera Maya; ésta, al ver la situación difícil –son docenas de bandoleros los que bajan de las torres del castillo–, conjura su Disco Flotante de Tenser y busca alguna salida desde su nueva posición, eludiendo los ataques de los forajidos. Finalmente, el hada le aconseja ir por detrás del castillo. Maya, algo desconfiada, sin embargo, accede. Encuentra a un joven troll de las montañas encadenado a la pared de una de las torres del castillo, con un trozo de carne lejos de su alcance. Maya lo libera de uno de los grilletes utilizando una espada abandonada que encontrara por ahí, y el hada le tira un llavero que encontró, con el cual Maya termina de liberarlo. Utilizando sus habilidades de comunicación, consigue hacer que el troll la siga hasta el patio central del castillo, donde se estaba librando la pelea. Mientras tanto, los bandoleros ya habían saltado en docenas sobre Glauco y Miyi, y a pesar de sus esfuerzos, los estaban ahogando a puñaladas. La conciencia de la maga estaba por abandonar su cuerpo, cuando de pronto sintió –antes de desmayarse– que los cuerpos que estaban sobre ella eran lanzados por los aires como si fueran marionetas.

El combate había finalizado. El troll estaba descabezando a un bandolero inconsciente mientras los demás observaban la maniobra y huían despavoridos. Glauco estaba mal herido, apenas podía estar de pie. La hechicera le preguntó cómo estaba, y luego atendió a su amiga. Puso el cuerpo inconsciente de Miyi en su disco flotante. Luego le pidió al guerrero que se dé la vuelta. Desnuda a Miyi y le cura el torso y los flancos, completamente sangrantes por las puñaladas inflingidas. Glauco conversa con Maya –él aún está bajo los efectos del charm–, y gira brevemente para verla. Luego cura a Glauco.

- El hada se le aproxima, cuidadosamente.

- De acuerdo, Selena, quiero hacer las paces...

Maya saca de su bolso una pequeña bolita blanca cubierta en hojas.

- Prueba...

- ¿Qué es?

- Es un dulce que sale de un fruto grande. Es muy sabroso.

Selena, recelosa, se lo lleva a la boca. Le parece realmente bueno.

- ¡Gracias!

Y se aleja volando. Maya sonríe satisfecha.

Luego, da media vuelta y trata de entablar una conversación con el troll montañés, lográndolo a medias –le mueve la cabeza y le gruñe amistosamente–. En ese momento hace su aparición por la puerta principal del castillo un destacamento de altos elfos –doce de ellos–, montados a caballo.

- Por fin –murmura Maya–. La era hora de que aparecieran...
Eldar, uno de los lugartenientes del rey elfo, hace su presentación ante Glauco, el flamante monarca. Maya les comunica lo sucedido, y Eldar le ofrece proteger momentáneamente el castillo de nuevos forajidos e invita a Glauco al reino de los elfos. El guerrero accede y parten sin demora. Una vez en el reino, y algo más tranquila, Maya solicita ayuda a Silvan, el rey elfo para conjurar la amenaza del clérigo negro, y así pasan el mediodía y parte de la tarde reorganizándose para ir al este, al templo derruido. Miyi, alegando cansancio, se queda en el reino. El rey elfo se le queda mirando en silencio, sorprendido por la extraña conducta que adoptaba algunas veces la joven elfa, pero consigue hallar un propósito en la permanencia de Miyi en el reino. Así es que se propone meditar en sus aposentos. Mientras tanto, Maya, Eldar y Glauco, en su camino hacia el este son confundidos por bosques ilusorios que les hacen perder tiempo y cuando retoman el camino hacia el este encuentran un extraño claro –que nunca antes habían visto–, con la sorpresa de que está plagado de zombies que salen del suelo e impiden una vez más su avance directo. Después de una cruenta lucha –en la cual Maya sale herida– abandonan a todo galope el lugar y finalmente llegan a los pantanos en donde encuentran un hermoso caballo rojo que husmea en el fango. Algunos elfos, Eldar y Maya creen reconocer un cuerpo semienterrado en el fango. Maya se imagina que quizás sea el cuerpo del clérigo. Pero la pregunta es, ¿cómo llegó hasta allí, si estaba en las ruinas del templo, muchísimo más al norte? ¿No habrá sido transportado por aquel caballo? Y si eso fuera cierto, la otra pregunta –no menos escalofriante– sería, “¿por qué?”

Entretanto, llegan noticias al reino elfo de un caballo blanco desaparecido misteriosamente de las caballerizas del rey Augías II, de la ciudad de Topacio –ciudad habitada casi exclusivamente por humanos–, lo cual pone aun más pensativo a Silvan. Entonces llama a Miyi y le dice que se prepare para salir en busca de sus amigos.

- Miyi, querida, escúchame bien. Se ha tenido noticias de un hermoso caballo que ha desaparecido de un poblado humano. ¿Sabes qué puede suceder con los animales, personas u objetos que se aproximan a la perfección?

Miyi se quedó en silencio un rato.

- ¿Pueden ser imbuidos en magia?

- Exacto.

Entretanto, en el pantano, el caballo rojo súbitamente se da cuenta de que es vigilado, y echa a correr. La tropa élfica carga contra él, pero entonces surgen de la niebla dos criaturas hasta ahora desconocidas: elementales de tierra, madera retorcida y animada con una fuerza viscosa que simulan hombres membrudos de dos metros de alto que arremeten contra el grueso de la avanzada. Los elfos, Glauco y Eldar se baten contra aquellos nuevos enemigos.

El rey elfo camina junto a Miyi conversando de trivialidades hasta llegar al vestíbulo principal de la arboleda, en donde se lucen las hojas caídas sobre las losetas. Entonces, saca de sus ropas un pergamino enrollado, recién escrito, que le entrega con gran ceremonia:

- “Escucha muy bien, querida Miyi. Tenemos razones para creer que el espíritu del clérigo no ha abandonado este mundo y que se encuentra en estos momentos en el caballo desaparecido del rey Augías. En este pergamino está escrito un conjuro especial para conseguir que su espíritu abandone el caballo. Pero debes pronunciar este conjuro sobre una roca alta, yo preferiría aquella que se encuentra en el centro del Bosque Vano, y el mago que lo pronuncie debe flotar en el aire. No es necesario que sepas el porqué de tales requerimientos. Comunícale esto a Maya, ella sabrá qué hacer. Vé como el viento, porque tus amigos se encuentran en peligro”.

Miyi lo escuchó con su rostro de una inocencia recién nacida, pidió dos de los mejores elfos a caballo, y ella misma montó uno y salió veloz por los bosques.

El camino los confunde, como a la primera tropa de avanzada. Uno de los elfos está convencido de que el Este está “hacia allá”. Pero tanto Miyi como el otro elfo no están de acuerdo. En vista de eso, el hada le sugiere que encante al elfo.

- ¿Y por qué, si se puede saber? –pregunta Miyi, deteniendo a su caballo.

- ¡Porque estamos perdiendo el tiempo! –le responde el hada, con el rostro congestionado-; quién sabe qué peligros correrán tus amigos ahora. ¿Qué no has escuchado al rey elfo?

- Pero yo quería guardar mis conjuros para después...

El hada alza los brazos.

Miyi la mira con rostro cansado.

- Está bien...

Miyi le hace un gesto a Giordos.

El elfo aproxima su caballo. Miyi todavía recuerda el rostro de Selena. Oculta sus manos y hace como si se arreglara el cabello, mientras atrae las fuerzas ocultas, y le dice:

- Giordos, sabes que yo te considero un elfo especial por pertenecer a la guardia de Eldar. ¿Lo sabes, no es así?

- Pues... no lo sabía...

Los efectos del encantar comenzaron a deslizarse en la mente del elfo, que relajó el ceño fruncido que lucía hasta hace unos instantes. Sus ojos comenzaron a fijarse en la noble caída de frente de Miyi, y en la curva divina que hacían sus cabellos, sus ojos y sus labios cuando le hablaba.

- Bueno, pues... –lanzó una mirada oblícua al hada–, si mal no recuerdo, una vez me dijiste que la ruta hacia los límites del bosque quedaba hacia allá –y señaló la ruta que parecía la menos probable.

- ¿De verdad? Debo haberme olvidado. Pero si yo lo dije, debe estar bien, ¿no es así?

- ¡Por supuesto! –le respondió con una sonrisa–. Así es que, será mejor que vayamos por ahí...

- ¡Claro!

Miyi era muy buena con el encantar. Se sentía particularmente orgullosa de que podía ejercerlo incluso con sus mismos camaradas, de por sí difíciles de engañar. El elfo ya no la perdía de vista, y no se sabía si estaba mirando la grupa del caballo o la graciosa caída que hacía la capa de Miyi.

- Bien hecho –le contestó el hada.

Miyi permaneció en silencio.

Tal como el hada lo esperaba, el bosque comenzó a cambiar muy sutilmente –a adoptar su verdadera forma– mientras atravesaban lentamente el campo de zombies y llegaban al pantano a través de una densa niebla.

Mientras tanto, los elementales estaban manteniendo ocupados a los elfos a caballo, mientras Maya peleaba con no muy buena suerte con otros tantos zombies que rodeaban su montura. La situación era complicada. En ese preciso momento aparece Miyi con sus dos elfos de escolta, y eleva la moral de sus amigos. El caballo rojo sigue mirando todo desde los árboles secos. Aprovecha que Maya ha quedado sola para enfrentarla y hasta cierto punto, separarla de su amiga. Miyi, entretanto, prefiere buscar por su cuenta una piedra elevada. Finalmente la encuentra, trepa sobre ella, y de ahí hace señas y le grita a Maya para que venga. El caballo rojo inmediatamente se da cuenta de lo que sucede y la persigue.

Maya, con la capa ondeando al viento y el cabello que le sale alborotado debajo, le grita:

- ¿Qué sucede...?

A lo que Miyi, responde, apenas la tiene cerca como para hacerse entender:

- ¡Quítate de ahí!

Maya no entiende, pero se hace a un lado, suponiendo que es por el caballo que la persigue. Miyi, entonces, comienza a recordar...

- Eh...yo no sé cómo volar...

En ese momento el caballo golpea con sus cascos la piedra, con tanta fuerza, que hace que Miyi se resbale; pero los dos elfos lo hacen retroceder con sus espadas; Maya finalmente lo enfrenta, una vez más, y entonces el caballo rojo huye. Sus elementales desaparecen, al igual que la figura del caballo a medida que se pierde en la niebla.

Comienza a hacerse de noche. En el pantano, los elfos –con Eldar a la cabeza– Glauco, Maya y Miyi deliberan. Las opiniones se encuentran divididas, pero finalmente se decide por continuar la persecución del caballo rojo.

El centro de la maldad de aquel pantano descansa en un árbol negro y de tronco ancho, con hojas como calaveras y espadas alargadas. Los sobrevivientes del grupo de avanzada –unos quince aproximadamente– se detienen a la espera de la decisión de los líderes. Glauco, que antes había dejado abandonada a Maya por pelear con los elementales, quiso subsanar su error pidiéndole por favor acompañarla. Pero Maya se rehusó. Tanto ella como Miyi estaban escuchando la voz mental del clérigo que las llamaba desde aquel árbol para hacer una especie de acuerdo.

- Por favor, cúidense.

Miyi ve la preocupación en los ojos de Glauco, un poco tardía para ella. Maya observa a ambos, y avanza hacia el árbol.

Ambas se aproximan. Los arqueros tienen tensos sus arcos, por si el caballo rojo apostado al pie de aquel árbol negro hiciera algún movimiento sospechoso. Las elfas se aproximan hasta llegar a estar a dos metros de él. En ese momento, el caballo desaparece y en su lugar un clérigo muy apuesto les da la bienvenida:

- Saludos, hechiceras elfas, mi nombre es Cronos, señor de la vida... y la muerte...

Ambas se quedan silenciosas, por distintos motivos.

- Permítanme hacerles saber que la ambición no está reñida con la bondad... aunque parezca una locura, alguien puede ser bueno y ambicioso... y cuando alguien encuentra una verdadera razón por la cual pelear, entonces, se pelea...

Silencio.

- ¿Quién no quiere ser inmortal? ¿Quién, en algún momento de su vida, no ha sentido una furia virtuosa por la vida, y ha querido detener su paso, como se detiene la arena entre los dedos? Si la causa es justa, se permite luchar. Si la causa es buena, hasta la ira es necesaria porque es un medio para obtener el fin ansiado, supremo y justo...

El aire alrededor se estaba haciendo frío. Los caballos de los elfos comenzaban a encabritarse.

- Así es que les ofrezco mi amistad, como se ofrece el viento a las aves, sin malicia, pero con una gran confianza en el futuro... en que el futuro sea para siempre nuestro presente...

Extendió la palma derecha, y apareció en ella una diadema negra; extendió la otra y surgió un larguísimo arete de piedras negras.

- Son mis obsequios, tómenlos. Cuando sientan una ira justa, verdadera, entonces me encontrarán a su lado. Siempre.

La imagen del clérigo desapareció.

Para los que esperaban en los caballos, la imagen del caballo rojo desapareció. Maya vio que a Miyi le había crecido un arete negro tan largo como el que llevaba puesto en la otra oreja, y sintió un escalofrío. Luego se tanteó la frente.

Una diadema negra había aparecido, negra y pulida por el viento. Con cautela, la sacó y guardó en su bolso. Luego le dice a su amiga:

- Tienes un arete negro en...

Miyi se sujeta la oreja izquierda. Pero no encuentra nada. El arete había desaparecido. La hechicera estaba preocupada. Ella había sentido su diadema, pero su amiga Miyi no había reparado en el arete. Quizás...

Sacudió la cabeza. No era prudente aventurar juicios. Mejor era regresar al reino elfo y planear la siguiente estrategia.

Así es que retornaron a los dominios del rey Silvan, cabizbajos y francamente meditabundos.

lunes, 14 de septiembre de 2009

Las Aventuras de Maya y Miyi (el origen)


Esta divertida historia se las debo a dos amigas, Cathy y Daysi, mujeres coquetas y bellas si las hay, que en ese preciso momento se encontraban curiosas acerca de jugar aventuras imaginarias. Pues bien, desarrollé una aventura al estilo fantástico medieval, con un malvado clérigo al que tenían que conjurar. Lo que me sorprendió al principio fue el detalle con que desarrollaron sus personajes: tanto Maya (Daysi) como Miyi (Cathy) describieron y dibujaron sus respectivos trajes con que iniciarían la aventura. Más de una hora entre telas, colores, plisados, encajes, joyas y runas, que me dejaron boquiabierto y mareado. Considérenme: soy un hombre, no doy tanto tiempo a los últimos diseños de moda. Me preocupan las espadas y equipamiento, o los conjuros mágicos, no cómo se verán los héroes si algún camarógrafo imposible apareciera de repente y les tomara una foto.

Pero ellas eran mujeres. Y ejercieron su derecho con toda naturalidad.

Después del vestido, comenzó el problema del nombre. Daysi dijo el suyo, que en realidad es su alias, muy conocido por sus amigos cercanos: Maya, es decir, la Madre del Universo. Cathy, al ver la rapidez de la elección del nombre, y ya cercano el inicio de la aventura, no tuvo otra ocurrencia que cambiarle ligeramente algunas letras al nombre de su amiga, y crear el suyo: Miyi, habida cuenta que Cathy es cronólogicamente menor que Daysi.

Y así dio comienzo a esta nueva saga novelada y fantástica, que agradezco a los dioses me hayan permitido gozar, junto a estas dos bellezas del mundo de Rol, que todavía conservo como amigas, y que ahora recuerdan entre una y otra sonrisa, el pasado bien vivido y bien jugado.

Las Aventuras de Maya y Miyi




Capítulo Primero: El Clérigo.

En la frontera del misterioso Reino de los Elfos, justo en el lugar donde terminan sus dominios y comienzan los de la ciudad de Topacio, sucedieron unas misteriosas muertes, que según sus veloces mensajeros obedecen a pérfidos motivos. En ese momento, el reino elfo estaba pasando por un período de transición, con sus grandes generales y alto mando por pasar al retiro, de tal modo que comenzaba una nueva generación a ganar experiencia en el duro arte de enfrentarse al mal. Maya y Miyi, hechicera y maga respectivamente, las jóvenes promesas de la corona élfica, son comisionadas entonces para ventilar el asunto. Maya, la mayor y más experimentada, pide al rey ir sin tropas, lo antes posible. Salen rumbo a la frontera con Topacio, moviéndose velozmente. Después de un día de camino, y atravesando un bosque iluminado por los rayos del sol, encuentran una figura alada que pide auxilio. Las dos elfas se detienen y alzan la mirada. Ante el panorama sereno del bosque surcado de bandas doradas, una enorme gárgola se encuentra persiguiendo a una figurilla pequeña y alada, que gira y gira mientras grita –con su vocecita aguda y delgada– el auxilio que espera conseguir.

Maya –la más experimentada de las dos– inmediatamente se pone a murmurar el conjuro volar, mientras Miyi alza su báculo para enfrentarla.

La gárgola pierde a la figurilla y luego se percata de que la elfa más alta le está haciendo gestos desafiantes. Así es que olvida la persecución y se lanza en picada contra ella. Miyi intenta golpearla con su báculo pero sin éxito; la gárgola devuelve y le hace morder la tierra.

Mientras tanto la figurilla, al ver a sus dos salvadoras, se alegra –con una alegría basada en extraño conocimiento de las cosas–, y se refugia como una bala en el bolso de Maya. Ella golpea su bolso pidiéndole que se calle la boca, mientras se eleva y gira en el aire para ver los progresos de su amiga.

La gárgola está a punto de volver a la carga. Miyi intenta hacerle un conjuro de dormir, pero sin éxito. Maya hace un gesto de incomprensión, ante la absurda jugada de su amiga. Así es que hace la finta de atacar volando directamente hacia la criatura, y un segundo antes chocar hace un esquive. La maniobra da resultado: la gárgola sigue de largo, golpea el tronco de un grueso árbol, y cae de bruces en el suelo húmedo. Miyi aprovecha para huir hacia el matorral donde viera que se había escondido Maya, sin voltear a ver qué pasó con su enemigo.

Ahí encuentra a Maya que está haciendo el conjuro esfera de protección contra el mal, y entonces abre el bolso. La figurilla –con las alas dobladas y el cuerpo amoratado de tanto golpe– sale volando directamente hacia el rostro de Miyi, y se pierde en sus cabellos. Ahí se queda un buen rato.

La gárgola se recupera del impacto y comienza a husmear en el aire.

- ¡Escuchen, no me hagan daño por favor, yo soy su amiga!
- Te escuchamos, no seremos malas contigo... –le responde Miyi.
- ¡Pero... esa abominación llamada elfa me ha golpeado salvajemente! ¡Mis alas, mis preciosas alas!
- Discúlpala, por favor. Si quieres, puedes hablar sólo conmigo.

El hada se tomó esto a pecho porque, saliendo de los frondosos cabellos de Miyi, y dándole adrede la espalda a Maya, les dice:

- Vengo a explicarles cómo vencer a clérigo negro, que antes curaba a la gente y ahora sólo se dedica al mal...

La gárgola los encuentra finalmente. Despliega sus alas membranosas y sale en carga hacia ellas.

- ...él está tratando de ejecutar un conjuro que lo volverá inmortal, y para eso necesita de las almas de ciertas personas; tenemos que ir a detenerlo antes de que ésto ocurra...

El monstruo alado se estrella contra el campo de protección de Maya, y cae al suelo.

- ...será mejor que nos vayamos de aquí cuanto antes...

El grupo sale del campo de protección, y tanto Maya como el hada vuelan por el bosque. Miyi no ha aprendido el hechizo volar así es que Maya trata tres veces de sujetarla sin éxito; finalmente, Miyi prefiere correr a toda velocidad.

- ¿Cuál es tu nombre? –le pregunta Miyi.
- Selena –responde el hada.
Y se sienta en el hombro de Miyi. Luego mira a Maya con una mezcla de horror e ira, vuela alrededor suyo y luego regresa y dice:
- ¿Siempre es así tu amiga?
- ¿Cómo así?
- Así... que golpea a las hadas.
- No; sólo las golpea cuando hacen ruido.
- ...
- Es un poco antisocial... con cierta gente.

Selena se le queda mirando.

- Eh... con ciertas criaturas.
- Ah...

Una vez que logran poner suficiente distancia entre ellas y la gárgola, Selena recién entonces cree oportuno explicarles en detalle su misión:

- Yo he venido a ustedes para guiarlos en su aventura por órdenes de un mago poderoso a quien le debo la vida. La gárgola que hemos perdido es uno de los guardianes del clérigo. Al parecer, se enteró de mis intenciones y lo envió para detenerme. Para conseguir vencer a este clérigo, antes benigno, deben rescatar a un guerrero que está camino al templo. Es un pequeño desvío en nuestro camino, pero de verdad vale la pena. Déjenme guiarlas...

El hada las guía hasta una cabaña en donde encuentran a un solitario anciano sentado en una silla viejísima. El anciano les pide por favor –en un lenguaje apenas entendible– que le rasuren la barba porque hace mucho tiempo que no puede hacerlo por sí mismo. Como no vieran hoja de rasurar ni palangana alguna, Selena nuevamente sale en su ayuda, diciéndole a Miyi dónde encontrar ambas cosas:

- Aunque no lo creas, se encuentran en una inmensa fortaleza hecha de estacas de madera, llamada el gran Dun.
- ¡Ah...!
- ¿La conoces?
- No, pero he oído hablar de ella.

El hada mira entonces a Maya. Esta se encoge de hombros.

- ¿Vamos, entonces?
- ¡Vamos!

Maya se ofrece a cuidar del anciano mientras Miyi –auxiliada por Selena– va por los utensilios. Antes de llegar al gran Dun, por consejo del hada, caza un conejo y lo sacrifica frente a la entrada. A continuación salen nueve enormes mastines cobrizos y devoran al conejo. Miyi aprovecha para ingresar al Dun. El hada vuela siempre cerca de ella y le dice:


- Encuentra la cuchilla y la palangana, tómalas y sal de ahí lo antes posible, ¡y no toques nada más!


- Miyi se apresura a buscar los objetos. Su aguda vista reconoce la hoja y la palangana, y las toma con mucho cuidado sin hacer caso de las montañas de oro, armas y objetos valiosos que ahí se encuentran. Al salir –mejor dicho, al dar un enorme salto por encima de los mastines que bloqueaban la entrada– es mordida por uno de ellos, pero sobrevive y llega a la cabaña.

Mientras tanto, Maya conversa y trata de hacer la vida más confortable al anciano, quien le cuenta lo que recuerda de su vida: que había recorrido un vasto reino gobernado por un monarca noble y poderoso.

En ese momento llegan Miyi y Selena. Miyi le entrega entonces los utensilios a Maya, quien lo rasura. A medida que lo hace, el anciano, inexplicablemente, va rejuveneciendo. Al ver eso, Maya lo deja a mitad de rasurado, y Miyi la ve que no quiere continuar y termina la tarea. Ahora lo que ella ve es a un apuesto guerrero que se alza de su trono –la cabaña se ha convertido en un hermoso castillo–, quien le agradece el haberlo liberado de aquella maldición. Al salir del castillo, una forma voladora se encuentra a punto de dar con aquella nueva construcción. El guerrero desenfunda su espada, largo tiempo dormida. Maya se adelanta y utiliza su escudo semitransparente que hace rebotar a la gárgola en su primer ataque, y luego el guerrero termina de vencerla con su espada.

- Gracias por la ayuda.
- De nada...

Como ambas elfas están bastante golpeadas por su primer encuentro con aquella gárgola, el guerrero les pide que por favor lo sigan para presentarles a un clérigo amigo suyo. La jornada los lleva hasta que cae la noche, hacia una amplia hondonada rodeada de sinuosas colinas, en donde se alza una brillante y altísima torre blanca, desde la cual desciende una figura luminosa. El guerrero conversa con aquella figura, y luego el clérigo accede a curarlas. Después, le dice a Miyi:

- Noble elfa... me debes prometer que después de cumplir tu cometido de vencer al clérigo negro, sembrarás un campo de flores amarillas en donde más te parezca.

- Así lo haré...

En el camino la hechicera Maya recuerda que tiene en su bolso un ungüento para curar las heridas. Miyi le pide a Glauco –el guerrero– que le aplique éste en la espalda, mientras conversan. Inmediatamente el hada Selena esboza una sonrisa de complicidad que se congela cuando se encuentra con los ojos de Maya. De todas formas, Glauco parece ser un poco tímido con las mujeres, pues frota con excesiva cautela la curvada espalda de Miyi, y le conversa de temas lejanos como la forja de espadas o la defensa contra dragones.

La noche los sorprende camino al templo del clérigo, y deciden pernoctar en una cueva a mitad de una montaña. Se turnan para hacer guardia, en orden: primero Glauco, luego Maya, y finalmente Miyi. Ninguna novedad, excepto que Selena se pierde luego de medianoche. Al amanecer, Maya se despierta y comienza hacer sus estiramientos, pero Glauco aún permanece dormido. Miyi lo mueve para despertarlo, pero sin éxito. Entonces se le ocurre besarlo. Glauco se voltea y sigue durmiendo. Miyi vuelve a intentarlo, dos y tres veces. Finalmente, el guerrero se despierta. Los tres salen de la cueva a recibir la mañana. Entonces llega el hada con noticias sobre las defensas del templo:

- ¡Escuchen, debemos entrar por la puerta del Norte!

Pero antes de que el hada pueda explicarles el por qué, un suceso especialísimo ocurre en el cielo. Unas figuras celestes semejantes a cometas vivos viajan desde el amanecer con rumbo a un punto remoto al otro lado de la montaña.

- ¡Vean! ¡Son las almas de los muertos, que viajan al templo del clérigo malo!

A toda carrera, el grupo cruza la montaña por arriba y al descender ya puede ver las torres más altas del templo gris, morada del clérigo maligno. Al llegar a unos metros de la entrada principal –la entrada del Oeste–, deliberan para decidir por cuál ingresarán. Según el hada, soldados infinitos custodian la entrada del Oeste, mientras que dos o tres hombres jabalí hacen lo propio en la del Norte. Sin embargo, Maya prefiere hacer un intento de encantar persona en el guerrero de la puerta Norte. Así es que avanza hacia él y se levanta la prolongada capa que la cubre casi por completo, dejando ver su torneada pierna.

- ¿Puedes dejarnos pasar, soldado?

Sea por la naturaleza del soldado, sea por el frío de aquel fin de bosque, lo cierto es que al soldado no le causó mucha gracia que una elfa se venga a complicar la vida animando a un guerrero a desobedecer una orden. Así es que le respondió:

- Vete por donde viniste, elfa, que aquí no eres bienvenida.

Maya suelta su capa y regresa al escondite.

- Vamos por la entrada del Norte...

Miyi, Glauco y el hada se quedaron mirando a la elfa, que avanzaba resuelta a la otra entrada. Se encogen de hombros y la siguen sin preguntarle más. Tal como había dicho el hada, dos hombres jabalí estaban roncando en la entrada. Las elfas saben que no pueden encantar a criaturas de ese tipo, así es que utilizan otra estrategia. Una de ellas llama la atención de los guardianes y los atrae hasta la arboleda. Una vez en ella, Glauco los hiere de muerte con su espada. Ingresan sin problemas y ubican sin titubear la torre más alta, debido a que las formas celestes convergen sin cesar en ella.

- ¡Ahí arriba está el clérigo! –les dice Selena.

Los tres suben por las escaleras en espiral mientras escuchan una voz que grita un conjuro. Ingresan al último piso justo a tiempo para ver la escena: todas las formas celestes terminan su viaje en un inmenso rosal de rosas blancas, y cada forma celeste que llega se pierde en una rosa blanca, que se transforma en roja. Maya se lanza inmediatamente sobre el clérigo y forcejea con él hasta colocarlo al borde de la ventana de piedra, mientras Miyi lanza una bola de fuego. Todo el rosal estalla en llamas. Maya y el clérigo salen disparados por la ventana antes de que la bola de fuego estalle, y ella, en el aire, ejecuta su conjuro de volar mientras observa cómo la torre entera se llena de una energía luminosa.

El templo se deshace en llamas.


&&&


Cielo azul sobre árboles hechos ceniza. Torres semiderruidas y un olor a carne quemada. Tierra y piedra negra que ya no se distingue. Miyi, de pie sobre aquel campo abatido, está sembrando flores amarillas. Glauco el guerrero, le ayuda. Maya, muda, los observa sin saber qué decir. El hada Selena, sin embargo, no los atiende.

martes, 1 de septiembre de 2009

El Mago Púrpura - El Fin de la Profecía

Nosferatus detiene la primera oleada de hombres lagarto, y los envía muy lejos de un solo movimiento, hasta caer sobre sus camaradas. Su armadura comienza a brillar ligeramente, y de pronto el himno cambia a un sonido como de mar embravecido. Los Carrion Crawler, al ver esto, se detienen y retiran de la escena. El sujeto solitario está observando embobado la elocuencia de movimientos de Nosferatus. Se imagina un ejército de aquellos guerreros, guardianes invencibles de un reino lejano, pero no imposible.

Los hombres lagarto vuelan a diestra y siniestra mientras Rayson entrega el verdadero anillo a Van Kadeth.

- Toma, aquí tienes el anillo.
- ¿Qué? ¿Quiere decir que éste no era el verdadero?
- No...

Afortunadamente para Rayson estaban en plena batalla, de lo contrario Van Kadeth se las habría cantado todas. En lugar de eso, le arrebata el anillo y se lo pone en el dedo índice, mirándolo ferozmente. Casi se inmediato surge un halo amarillo pálido a su alrededor que envuelve tanto a Rayson como a Nosferatus, y dos hombres lagarto caen hacia atrás, sacudidos y confusos. Los tres se encuentran dentro de aquella cúpula divina que hace retroceder al mal. Rayson -sin el menor asomo de miedo- atraviesa el escudo y se reúne con el clérigo jefe para apoyarlo. Sin embargo, quien hubiera visto los ojos azules de aquel sacerdote, diría que aquel hombre no conoce el miedo.

- Señor, usted es quien debe usar el anillo...
- Si así le parece...

Van Kadeth ya está con él y de espaldas a los hombres lagarto. Nosferatus acaba de salir del escudo y está encarando a tres lanceros.

El hombre solitario se lanza a la pelea detrás de unos hombres lagarto; pero en lugar de acabar con Nosferatus y los clérigos, ataca a uno de los lagartos, que lo mira estupefacto. En ese momento, uno de los magos que iban con los hombres lagarto pide que le abran el paso y lanza una bola de fuego: Nosferatus no puede hacer nada para evitarlo, pues el disparo es más rápido que su espada, y hace impacto detrás. Se oye un estruendo terrible, y las rocas son salpicadas con piedra derretida. Pero cuando el humo se disipa, se ve al jefe al jefe clérigo caído junto con Rayson, pero ileso. El escudo los protegió del daño del fuego, sin bien no impidió que salieran proyectados contra la pared.
- ¡Pronto, llamen a los ángeles!

El jefe se pone de pie y le pide a Rayson que le ayude. Ambos comienzan a orar con los brazos extendidos. Van Kadeth comienza a sentir la presencia benigna de los ángeles, y se marea. Sobre el borde del agujero, en el piso del templo, dos figuras se inclinan con sorna y curiosidad: Gallager y el mago Púrpura. Sin decir nada comienzan a mover las manos. El ladrón les tira su daga que cae en el cuerpo de Gallager; el mago pega un grito atroz y desaparece de vista; pero el mago Púrpura termina su conjuro y de pronto todas las luces se van del agujero. Una oscuridad total los envuelve. Rayson y el jefe clérigo sienten que su poder clerical comienza a descender, y se desmoralizan. Van Kadeth entonces saca sus anillos e invoca el poder de uno de ellos. Un bello rayo de luna recae sobre los dos clérigos y su cúpula divina. Van kadeth ve sonreír a Rayson por primera vez. Entonces los dos clérigos alzan sus manos para continuar llamando a los ángeles.

De la nave central del templo, tres figuras tan inmensas como luminosas descienden con velocidad de caída. Los monaguillos exclaman llenos de entusiasmo, mientras que en el fondo del agujero los hombres lagarto se estremecen de terror.

El mago Púrpura y Gallager descienden también, tratando de evitar lo inevitable. Van Kadeth los espera con su escudo de dragón elevado a la altura del rostro. Nosferatus apenas se ha dado cuenta de lo que sucede sobre su cabeza; está muy ocupado liando hombres lagarto como fardos a derecha e izquierda.

En el aire, el mago Púrpura lanza otra bola de fuego que impacta en el centro del agujero; otra oleada de llamas inunda el ya trajinado escenario de batalla; Van Kadeth resiste la explosión con su escudo, lo mismo que los clérigos y Nosferatus, pero el hombre solitario sale despedido por el impacto y pierde el sentido. Nadie repara en él.

- ¡Retirada!

Van Kadeth, al ver que los magos ordenan la retirada y se disponen a huir por el túnel, se lanza sobre uno de ellos. Logra atrapar al mago Púrpura, quien se debate como un león, pero el elfo ahora es más fuerte y lo sujeta hasta que sus fuerzas comienzan a decaer. Los ángeles ya están llenando con su luz de bienestar el inmenso agujero, y los clérigos lanzan gritos de victoria. El elfo negro no puede soportar una piedad tan poderosa y cae al suelo desmayado.



Van Kadeth despierta. Se encuentra en una cama, y unas cortinas plegadas apenas pueden evitar el paso de un día radiante. En el enorme cuarto, decorado de mármol y perlas, descansa un enorme símbolo que representa la mitad de un sol y una luna, reunidos en un mismo disco, en altorrelieve. Lo primero que le viene a la memoria es el mago Púrpura. Duda acerca de si lo habrán capturado. Luego, una sed inmensa lo invade. Sobre su velador descansa una jarra de cristal llena de agua. Se la lleva a los labios. En ese momento repara en una cama a su costado. La figura que se encuentra en ella cambia de posición. Duerme de costado, de espaldas al elfo.

Afuera, Rayson continúa mirando el paisaje. Se ha tomado un descanso en su labor de jardinería. Después de dos días, ya lo está haciendo con más presteza. Se vuelve a ver el valle, y distingue a Nosferatus conversando con el clérigo jefe, quien le pone al tanto de lo que ha pasado con los clérigos, la amistad que habían tenido con los magos de la Torre, y sobre todo con Elder, el mago Púrpura. Rayson casi puede adivinar sus palabras: “la conspiración está siendo eliminada, Gallager ha sido capturado y está prisionero, ha delatado a varios magos traidores pero se sospecha de muchos más que han huido apenas se dio lo del ataque; el mago Púrpura, al ver todo perdido, prefirió quitarse la vida.”

Rayson desvía la mirada y contempla el valle del Río, y compara su belleza con la imagen que todavía guarda del valle en el futuro. Camina lenta y silenciosamente.

“- Rayson, debes purgar por lo que has hecho. Has mentido, y aunque lo has hecho por una buena causa, estás manchado y debes purificarte...”

Rayson recuerda el día completo de meditación, en ayunas, y suspira en silencio, un suspiro hondo y lleno de miedo. Teme que su culpa todavía fresca sea llevada por el viento y llegue al clérigo jefe, que sin embargo se ha portado muy bien con él y con todos. Observa cómo él y Nosferatus se reúnen con uno de los magos de la Torre.

- Mi señor, tengo malas noticias. Los traidores se han llevado muchos objetos mágicos...

El heraldo mira a Nosferatus como si reuniese fuerza, y le dice:

- Las otras dos armaduras han sido robadas. Los magos han huido hacia el este, y se están aliando con los orcos y los hombres lagarto...

Rayson observa a Nosferatus, contrastado con las flores amarillas, dar súbitamente media vuelta y mirar el valle. Ya lo sabe, piensa. Ahora, ¿qué decidirá? Aún si se lograra acabar con todos los traidores, queda todavía el dilema de regresar al futuro.

En los blancos aposentos del templo, Van Kadeth termina de dormir un sueño merecido.

FIN