sábado 9 de mayo de 2009

Mi página web...

Estimados lectores del mundo:

Me complazco en comunicarles que he creado una página web personal, para poder subir las historias que he venido haciendo en estos últimos meses, para que las disfruten, por un afán de contribuir a la narrativa y al radioteatro actual.

Muchas gracias por sus visitas y comentarios.

www.cosmocuentos.com

César Anglas Rabines.
Cirujano dentista
Locutor profesional.

martes 5 de mayo de 2009

El Mago Púrpura. Sexta Parte. Pasado y Presente.


Nota resumen.

Aventureros: Clérigo Rayson (Melissa).
Guerrero Nosferatus (Roxana).
Elfo Oscuro Van Kadeth (Armando).

Nuevo personaje: el vagabundo solitario (César, tocayo mío, por si acaso).

A partir de una plaga de setas que azotó el Valle del Río, clérigo y guerrero se ven envueltos en una intriga de magos del pasado, donde se alza un personaje tan misterioso como ambiguo: El Mago Púrpura. El trío viaja, por encargo del espíritu del mago (ya fallecido en el presente), al pasado, cuando estaba con vida. Al hacerlo, se encuentran con una gran Torre de Magia, en el centro de una enorme Cuña Mágica, que otorga poderes a los que se encuentran en sus alrededores. Gallager, el amigo más cercano al Mago Púrpura, conversa con los recién llegados, quienes le cuentan lo sucedido. Sin embargo, al parecer, tanto Gallager como Taggart, el mago que gobierna la Torre, tienen secretos que guardan a los aventureros. Tanto Rayson como Van Kadeth recelan de ellos, y se ponen a investigar por su cuenta.

Clérigo y elfo son vigilados por dos pequeños ojos voladores, hasta que los magos deciden que es mejor eliminarlos. Rayson y Van Kadeth acaban de escapar del piso más alto de la Torre, donde han querido matarlos con un conjuro de Bola de Fuego, y ya están en busca del guerrero Nosferatus, que acaba de encontrar (y exhumar) el cuerpo de una mujer enterrada.

El vagabundo solitario, luego de robar ciertas joyas peligrosas, y muy curioso por lo que ha visto, les sigue los pasos en su huída.

El grupo decide que es mejor separarse para distraer la atención de ellos. Rayson se compromete a buscar y traer de vuelta a su amigo Nosferatus, mientras el elfo corre hacia el bosque...

&&&



Van Kadeth corre como alma que lleva el diablo hacia la montaña, y varias veces pierde a los escasos magos que tratan de alcanzarlo. Una vez que se interna en el bosque, su ambiente natural, se siente más tranquilo. Se coloca en un árbol frondoso y especialmente bien ubicado, y espera a Rayson.

Uno de los magos lo golpea casualmente mientras corre a reunirse con sus líderes, y saca de su encanto al sujeto solitario; al instante se guarda el brazalete, esboza media sonrisa, y se aleja sin hacer aspavientos mientras continúa al acecho por si alguien se encuentre distraído. Tras vanos intentos, finalmente ve que uno de los líderes termina de dar sus órdenes y se aleja pensativo. Al segundo intento logra birlarle su espada: una pesada hoja sumamente larga y ancha, capaz de cortarle el cuello a un toro. Inexplicablemente para él al menos, el otro ni siquiera se volvió a mirarlo; tuvo que concluir que su preocupación era tan intensa que no vio o sintió nada extraño. Pero también se alegró de que sus dedos no hayan perdido la práctica, después de ocho días conviviendo con magos. De todas formas, piensa, la espera valió la pena.

Rayson observa dos bengalas verdes salir de lo alto de la torre, en dirección a la montaña. Los haces se desvanecen a mitad de camino, en el cielo azul. Está corriendo con Nosferatus –a quien le está contando lo sucedido– rumbo a la montaña. El sujeto solitario, por su parte, también está escapando en esa dirección. Los observa caminar, hacia su derecha, y comienza a seguirlos.

- ¡Listo elfo! ¡Vámonos!
- ¿A dónde?
- Hacia el sur...
- ¿Tienes el anillo?
- ¡Después te lo doy!

Rayson rodea la enorme orilla del lago. Van Kadeth cree oportuno mencionarle cierto detalle:

- He visto hombres lagarto dirigiéndose hacia el sur...
- ¿De verdad? ¿Cuántos?
- Miles. Parece que van seguros, como si alguien los estuviera guiando.

En ese momento, el clérigo se detiene. Recuerda súbitamente a los Carrion Crawler, haciendo surcos en la tierra agrícola. Luego, su mente se llena con su imagen, muchos de ellos escarbando oblícuamente bajo tierra y avanzando hacia el sur. Precisamente, bajo la montaña. Con esa visión se detiene.

- ¿Rayson...?

El sujeto entretanto los observa de lejos, en el declive del bosque. Luego –al ver que no presentan una postura hostil–, intenta una primera aproximación.

- Hey, muchachos...
- ...Rayson, te digo que quiero el anillo...
- ¡Uf! ¡Está bien! Toma.

Le da el otro anillo. Van Kadeth lo examina. Luego le dice:

- Mira lo que yo he encontrado...

Se remanga y enseña los demás anillos que cogiera del cuerpo del Mago Púrpura, en el fondo del lago. Rayson se sorprende. Evidentemente, aquel elfo tenía sorpresas ocultas literalmente debajo de la manga.

- Yo pude haber utilizado los poderes de estos anillos para liquidarlos, pero en lugar de eso los he ayudado... ¿crees que no los vi cuando me abandonaron en esta misma montaña?
El clérigo seguía con la vista perdida en la superficie del lago.
- ...espera... elfo...

Rayson tiene nuevamente una visión: esta vez observa que los Carrion Crawler se dirigen por debajo del lago, a una gran velocidad, en dirección al templo del Sol y la Luna.

- Los Carrion Crawler se dirigen hacia el Templo en este preciso momento.

Van Kadeth abre desmesuradamente los ojos.

- Eso es.
- ¿Eso es qué?
- Los clérigos del Templo dijeron que fueron atacados por un lugar que no esperaban...

Rayson se le queda mirando.

- ¿No lo entiendes? Alguien está dirigiendo un ataque por debajo...

Rayson comienza a caminar a paso vivo. Van Kadeth y Nosferatus lo siguen. El sujeto solitario, por su parte, continúa intentando obtener una respuesta:

- Ea... muchachos... no sean mal educados. Díganme de qué se trata y los ayudaré. Muchachos...

Ni Rayson ni Van Kadeth le hacen caso. Nosferatus los sigue sin decir ni pío.

- Claro... ¡Por eso los hombres lagarto se están moviendo al sur! ¡Es un ataque coordinado!
- Esa debe ser la conspiración de los traidores.
- ¡Vamos, no hay tiempo que perder!

Comienzan a correr. El sujeto los observa alejarse como si escaparan del fin del mundo, hasta perderse de vista. Se encoge de hombros y los sigue, un poco de mala gana, un poco aliviado de su alejamiento, con la espada golpeándole pesadamente las piernas.


&&&


Cuenta la leyenda que estuvieron corriendo por los valles durante casi dos días sin detenerse, y sin dar muestras de cansancio, hasta avizorar el famoso Valle del Río. Lo primero que vieron fue un enorme y elegante templo de color gris claro, rodeado de una inmensa cúpula celeste. El diámetro y la naturaleza de aquella cúpula eran indiscutiblemente de origen divino. Terminan su recorrido por el llano, –admirados por el espectáculo que ofrecía el Templo a cada paso de su recorrido–, cruzan el río por un puente conocido, y se encaran con los monaguillos.

- ¡Tengo que ver a su jefe! ¡Están a punto de caer en un ataque!
- Calma, calma, déjeme que le entienda y hable más lento, por favor...

Los monaguillos estaban vestidos con trajes ligeros de buena tela teñida de un blanco humo con ribetes grises. La construcción se les hacía conocida, sobre todo los grandes arcos que servían como portales de entrada, y los amplios y bien cuidados jardines, con flores multicolores. En el centro del jardín principal, se alzaba un arbolito de unos dos metros de alto.

- Le digo que los Carrion Crawler están escarbando debajo de este valle...
- ¿Los Carrion Crawler? ¡Jamás han llegado por aquí esas bestias!
- Además hay hombres lagarto que están viniendo por el norte...
- A esos sí los conocemos, pero descuide: estamos bien cubiertos. Ya han intentado hace tiempo atacarnos, y han retornado arrepentidos a sus dominios. Realmente, nuestros centinelas...
- Queremos ver a su clérigo jefe.

Los monaguillos se los quedaron mirando. La verdad, aún dicha de forma apresurada, es tan fuerte, que uno de ellos le hizo una mirada a su compañero, y éste asintió.

- Bien. Por aquí.

Los conducen por una serie de corredores bien cuidados y rodeados por bellos jardines llenos de luz y color. Llegan a la nave principal del templo. Rayson cierra los ojos, en medio de sus visiones, mientras Van Kadeth y Nosferatus lo observan en silencio.

- El clérigo jefe es un hombre bajito y de rostro sincero. Rayson lo saluda:

- Noble jefe: en este momento van a ser atacados por miles de hombres lagarto...
- ¿Cómo es eso? –dijo el clérigo, mientras sus monaguillos se miraban incrédulos.
- Están utilizando a los Carrion Crawlers para cavar un agujero que los conduzca hasta aquí.
- Eso es absurdo –dijo el clérigo jefe.
- ¡Por favor, créanos, es la verdad! –dijo a su vez Van Kadeth.
- Este templo ha sido siempre atacado y nunca vencido –les respondió tranquilamente–, y no hay nada que pueda hacerlo.

En ese momento, se sintió un estremecimiento; las finas losas comenzaron a tremolar ante la sorpresa de los sacerdotes reunidos en torno a su líder. Van Kadeth tomó al clérigo de los hombros ante la sorpresa de sus acólitos, y le dijo:

- ¡Van a llegar por abajo, están cavando un agujero por abajo!

El temblor era muy ligero, rítmico, como proveniente de una fiera bestia legendaria que se moviera en ondas, y ganaba en intensidad a cada momento.

- ¡Por favor!

Ante esto último, el jefe cedió:

- Saquen a los ángeles.

- Sí señor.

Van Kadeth lo miró sorprendido. Rayson soltó el aliento.

Nosferatus salió a los jardines. Un tumulto lejano comenzaba a formarse y desaparecer en torno a un enorme túmulo de tierra, túmulo que antes no existía a juzgar por el alboroto de sacerdotes.

Unas criaturas blancas y aladas salieron del altar mayor de aquel templo y, sin importartes el poco espacio disponible, atravesaron los cuerpos del clérigo, sus acólitos, Rayson y Van Kadeth, y se dirigieron a través de los jardines hacia el exterior. Van Kadeth se sintió mareado.

A Nosferatus lo cogieron mientras regresaba. Una ola de bienestar sacudió su cuerpo. Todos los clérigos saludaron con vítores la aparición de su última defensa. El tercer ángel prefirió atravesar la cúpula de la nave central del templo como si ésta no existiera.

El sujeto solitario logró mezclarse con la multitud de hombres lagarto que gritaban en su idioma “¡muerte a los clérigos!”, y se introdujo en el gigantesco agujero que los Carrion Crawler habían excavado en la colina.

Los ángeles dominaban las alturas. Justo cuando Nosferatus estaba llegando a la nave central, Rayson y Van Kadeth presintieron lo peor, y se abalanzaron sobre los clérigos.

- ¡Ustedes no entienden! ¡Van a atacar por debajo! ¡Por debajo!

En ese momento el suelo crujió. Miles de losas se resquebrajaron al mismo tiempo, y el mundo se les vino abajo. Una boca de polvo y noche los tragó en la inmensa tierra desnuda. El frío y la oscuridad hicieron presa de los aventureros, que desenfundaron sus armas y se prepararon para el combate. La poderosa armadura de Nosferatus súbitamente cambió de melodía y comenzó a rugir un himno de batalla. Instintivamente los clérigos adoptaron una posición defensiva posterior, mientras que los guerreros se adelantaban con sus espadas. Las bocas de los Carrion Crawler se alzaban amenazantes, y detrás de ellas cientos de hombres lagarto armados de lanzas y escudos.

lunes 4 de mayo de 2009

El Mago Púrpura. Interludio.


Como paréntesis para comentarles cómo nació la idea de esta aventura (de tipo rol), y luego la creación de este relato, y a modo de resumen, les confesaré que siempre me han fascinado las aventuras espacio-temporales en un mundo medieval de fantasía. A mí me gusta dirigir aventuras, y tuve que crear una justo para un grupo que recién empezaba a jugar rol. Eran dos mujeres jóvenes, una de ellas decidió ser un clérigo humano, y la otra, un guerrero humano. Como dato curioso, ambas chicas decidieron ser hombres, a pesar de que les dije que podían ser perfectamente mujeres, y que era lo más natural cuando jugaban mujeres. Pero no me hicieron caso.

Imaginemos una gran fuente de magia, una cuña inmensa y casi invisible, que tenga una duración de quinientos años, y que surja de forma inopinada, en cualquier lugar de aquel mundo, durante el primer año después de cumplidos los quinientos de la cuña anterior. Es decir, en los primeros años de la cuña, ésta tiene un gran poder, y luego se va desvaneciendo hasta llegar a desaparecer por completo. La cuña es tan grande como un edificio de veinte pisos, y sólo ciertas personas pueden verla a lo lejos, de forma imponente. En el lugar en que aparece, concede el don de la magia a sus habitantes. De tal forma que se produce un súbito incremento de magos de todo calibre. Y por lo tanto, de grandes problemas, ya que mientras unos son cuidadosos con su poder, otros causan estragos por doquier, y utilizan sus poderes para dominar pueblos y adquirir un gran renombre.

Con el tiempo, se producen ciertos reglamentos para poder utilizar sabiamente la magia de las Cuñas. En el episodio que nos ocupa, hago aparecer a los personajes justo cuando está por desaparecer una Cuña de Magia, es decir, cuando ya casi no hay magos en el mundo. Se habla de leyendas, de grandes hazañas, pero con trazos vagos y cada vez más ajenos a sus habitantes.

Es en ese contexto en que aparece la Plaga del Valle, que atrae la atención del clérigo Rayson (Melissa) y el guerrero Nosferatus (Roxana), a los que se une el elfo Van Kadeth (Armando). De inmediato me doy cuenta de que Melissa juega un clérigo a la defensiva, muy poco comunicador de sus pensamientos y sus emociones, y que no sigue las reglas. Y luego veo con sorpresa cómo Roxana juega al guerrero más torpe que me ha tocado dirigir: Nosferatus, y le imprime su sello personal. Es tonto, torpe, y desconectado de la realidad, pero con mucha suerte en la tirada de dados. Cuando tiene que actuar, generalmente lo hace sin ninguna relación con el equipo que conforma, y he llegado a la conclusión de que ni la misma Roxana sabe hacia dónde va su personaje. Mejor dicho: Nosferatus es Roxana.
Armando, en cambio, aporta la nota de sentido común. El es un jugador del rol muy experimentado, y sabe manejar bien a su elfo, Van Kadeth. El contraste con el clérigo y el guerrero, por lo tanto, no puede ser más gracioso. Eso, aunado al hecho de que Armando construyó un elfo arrogante y misterioso, muy propio de los Elfos Oscuros, termina de completar un cuadro de equipo sumamente descoordinado e hilarante.

Me divertí mucho mandándolos al pasado. En esta aventura, regresan al momento exacto en que la Cuña Mágica estaba en todo su apogeo, con una poderosa Confradía de Magos, una gran Torre de Magia justo en el lugar donde se encuentra la Cuña, y toda una intriga donde dos bandos con filosofías opuestas acerca de quién debe saber de magia y quién no, los envuelve y los embrolla como nunca antes se había visto en el Mundo de los Calabozos y Dragones.

viernes 1 de mayo de 2009

El Mago Púrpura. Quinta Parte: Desenlace.

- ¿Y ahora a dónde? –dijo Van Kadeth, algo nervioso.

- Sígueme; vamos a lo más alto de la torre.

Llegaron al nivel donde almorzaban los magos. Rayson ya había estado allí en su primera incursión por la torre, y hasta se puso a conversar con los magos. Pero en ese momento habían muy pocos de ellos. Una persona sentada en actitud contemplativa, en uno de los rincones, parecía apreciar a través de los amplios agujeros sin vidrios de las ventanas el cielo azul de la tarde. El lugar era inmenso, mucho más ahora por estar casi desierto. Rayson y el elfo se sentaron en una mesa céntrica y se estuvieron quietos.

- ¿Y ahora qué hacemos?

- Esperar... a ver qué ocurre.

Dos magos enormes, con hombreras doradas y capas largas y rojas, se apostaron en la entrada. Esto pareció terminar de persuadir a los pocos comensales que aún quedaban a terminar su merienda y salir muy rápido, cosa que hicieron dentro de lo podría parecer algo casual.

Luego, los Contempladores se miraron unos a otros, parpadearon un instante, y se retiraron de ahí. Esta vez, tanto Rayson como Van Kadeth se percataron de aquello.

- Esto no me gusta... Rayson, salgamos de aquí...

Van Kadeth extrae de su túnica negra un garfio metálico, y se levanta de la mesa. Rayson hace lo mismo. Los sujetos vestidos de rojo se remangan las enormes y lujosas túnicas bordadas de oro.

- Sujétate.

El solitario individuo que miraba las ventanas se ha percatado de la escena y también se ha puesto de pie. Su contemplación abstraída ha dejado paso a una inquieta incertidumbre y luego a una mortal certeza. Con ojos astutos, calcula el panorama: dos magos rojos a punto de lanzar un conjuro tan poderoso que todo el ambiente ha sido evacuado; una salida bloqueada por ellos –la única–, y a través de las ventanas, una distancia como de cuarenta hombres hasta el nivel del suelo.

Un destello sale de los brazos extendidos de los hombres de rojo e impacta en las paredes opuestas: inmediatamente se encienden dos hogueras a la altura de los ojos de una persona, haciendo estallar en llamas todo lo que se encuentra en su interior. Van Kadeth se lanza aferrado a un extremo de la cuerda que había mantenido escondida y, sujetado por el garfio, desciende en forma escalofriante unos ocho pisos más abajo. Rayson está prendido a su espalda. Ambos se estrellan contra el alféizar de una ventana y dan de bruces al suelo. El sujeto solitario logra pararse en el estrecho saliente de las ventanas justo cuando todo estallaba en llamas. Observa con horror qué tan cerca está de caer al vacío. Rodeando la torre por fuera, pace un rebaño de ovejas.

- ¡Rayson, vamos!

Van Kadeth abre la puerta; el pasillo está repleto de magos que corren hacia los pisos inferiores; en ese momento, el clérigo comienza a orar a su dios pidiéndole un favor. Van Kadeth lo mira desesperado. El otro sujeto, mientras tanto, ya desciende por la cuerda que dejara el elfo.

- Bien. Vamos.

Se internan en la multitud que vocifera “¡los traidores!”, ”¡los traidores!”; nadie les hace caso. Descienden sin problemas hasta el primer piso. El sujeto llega algo pálido a la ventana que dejaran clérigo y elfo. Con una mirada rápida verifica si no hay peligro, y escapa igualmente por la puerta.

Rayson y Van Kadeth aprovechan la confusión de magos para dar un rodeo a la torre y huir por detrás.

- Rayson, vé por Nosferatus; nos encontraremos en el lago.
- Entendido.

Se separan sin decir más; entretanto, el enigmático sujeto, mientras corre y grita “muerte a los traidores”, con dedos ágiles roba una pequeña pulsera demasiado ostentosa para pasar inadvertida. Después de mucho correr, llega a la entrada y respira tranquilo. Tierra firme, piensa. Se aleja de la multitud que se aglomera por todos lados y vocifera estridente, se detiene a uno de los lados de la torre, mira a derecha e izquierda, y con mucho cuidado revisa su nueva adquisición. Inmediatamente cae en un estado de sopor estúpido, con los ojos clavados en el brillante brazalete.

Rayson encuentra las señas de Nosferatus en un pequeño jovenzuelo que le señala el cementerio; llega a la colina, se abre paso a través de la multitud curiosa, coge la poderosa hombrera de su amigo y le dice:

- Nosferatus, vámonos, tenemos problemas, serios problemas.

jueves 30 de abril de 2009

El Mago Púrpura. Cuarta Parte: ¿Amigos o Enemigos?

Rayson tenía un torbellino en la cabeza. Por un lado, había conseguido invocar exitosamente al mago, pero en lugar de solucionarles el problema, los complicó más. Una extraña conducta inicial, de lo más atemorizante. Y luego, afectado por una especie de amnesia. Y Gallager. ¿Qué había conversado con Elder, que éste se encontraba tan tranquilo? Por un momento deseó compartir sus dudas con alguien, aunque sea un elfo con malas pulgas.

Gallager lo sacó de sus meditaciones:

- Un último detalle: como medida de protección, Taggart me encargó que les pusiera una vigilancia permanente, hasta que los traidores sean capturados. Por seguridad. Sólo por si acaso son emboscados, o algo así. Esos magos son muy poderosos, y si los cogen por sorpresa no tendrán ninguna oportunidad. La información llegará permanentemente hasta nosotros a través de ellos. Ya saben, no se alejen mucho.
Y aquí bajó la voz y dijo:

- ... me parece que Taggart desconfía de ustedes. Pero es lo usual. Son forasteros. No se preocupen.

Y sacudió las manos, como restándole importancia.

Salieron Rayson y Gallager; Van Kadeth fue a su encuentro y esperó a que Gallager subiera las escaleras para decirle:

- Dame el anillo.
- ¿Por qué?
- Ya invocaste al mago, ya no lo necesitas.
- No lo tengo...
- ¿No lo tienes?

Aquí Rayson hace un alto para suplicar el perdón de su dios por lo que va a decir:

- Lo perdí.
- ¿Lo p...?

Y antes de que Van Kadeth saliera de su asombro, comenzó a bajar las escaleras y le dijo:


- ¡Vamos! Tengo un presentimiento. Acompáñame a la biblioteca.


&&&


Nosferatus llega algo cansado a la colina, sin percatarse de que la gente trata de evitarlo apenas lo ve de lejos. Encuentra una lápida de mármol blanco que destaca sobre las demás, y calcula que se trata de ella, a juzgar por el nombre de mujer y la tierra recién removida. Comienza a cavar. La armadura hace que su fuerza aumente y le priva del cansancio, así es que continúa sin detenerse. En las afueras de aquel pueblo, se ve a lo lejos la silueta de un guerrero con una enorme armadura dorada cavando de rodillas en una colina solitaria, a mitad de la tarde. Por suerte para él, la tumba no está muy profunda, y llega sin dificultad hasta el cuerpo de una hermosa mujer, muerta como le habían dicho, por una serie de tajos desiguales. En uno de sus dedos lleva un anillo con el símbolo de una semilla. Por lo demás, nada fuera de lo común. Pero para Nosferatus aquello tiene el carácter de una revelación.


&&&


Van Kadeth entrega a Rayson el libro de Anillos Mágicos.

- Aquí tienes, vamos, descubramos por fin qué anillo es el que te di –porque no creo que lo hayas perdido–, y si tiene algún poder. Vamos, leamos...

Se la pasan una hora leyendo. Finalmente, Rayson descubre el grabado de un anillo idéntico al que le diera Van Kadeth –quien también lo recuerda muy bien–, y se quedan boquiabiertos de asombro: se trata de un anillo de protección, de tipo clerical, que ofrece su salvaguarda en un radio de tres metros contra todo lo físico y mágico que se le interponga. Conociendo el poder de la Torre, ni Rayson y ni Van Kadeth se atreven a dudar de su poder. Ambos se miran emocionados.

- Dame el anillo.

Rayson está a punto de retirar la mano extendida del elfo para iniciar una nueva discusión, cuando se oye un rugido, un terrible estampido semejante a mil truenos; la poca gente que se encontraba en ese momento leyendo deja sus libros y sale corriendo a ver qué sucede. El elfo sale también, seguido del clérigo. En los pasillos se encuentran con mucha más gente que grita: “¡vamos tras ellos!”, y “¡muerte a los traidores!”, pero cuando llegan a la entrada de la Torre –de donde partían los gritos– no encuentran nada extraordinario, salvo varias casas vecinas chamuscadas por alguna bola de fuego.

- Disculpe, eh, ¿qué pasó?

- Los magos traidores se atrevieron a regresar para atacarnos, pero les dimos su merecido.

- Sí, vamos a comunicárselo a Taggart.

Los magos ya estaban entrando a la torre. Rayson y Van Kadeth pronto se encontraron solos, sin saber qué hacer. En ese momento, Rayson observa una pequeña masa redonda sobrevolar la cabeza del elfo, llena de un ojo celeste que no parpadea.

Al punto, logra ver el suyo también, y le dice al elfo:

- Eh... Van... tienes algo encima de ti.

El elfo mira hacia arriba, pero justo en ese instante la esfera se mueve y lo observa desde su espalda; cuando se vuelve a mirar al clérigo, el ojo retorna a su posición inicial como un reflejo. Van Kadeth no puede ver nada.

- ¿Qué?

- Un Contemplador. Tenemos uno cada uno.

- ¿Ah sí?

- Sí; pero son inofensivos. Nos lo ha puesto Gallager, para vigilarnos, por si acaso.

- ¿Y recién me lo dices?

- Es que recién me he dado cuenta de esto.

Van Kadeth sube rápidamente las escalinatas rumbo al interior de la torre.

- Bien. Si no me dices donde tienes el anillo tendré que buscarlo.

- Espera, espera; está bien. Quédate aquí que yo lo traigo.

- ¿Cómo que lo traigo...?

- Lo tengo escondido.

- ¿Dónde?

- Tú quédate aquí que ya vuelvo.

- ¿Quedarme aquí? ¿Estás loco? ¡Te acompaño!

Rayson y Van Kadeth suben las escaleras rumbo a los pisos más altos de la torre.



&&&


Esta vez la subida les cuesta una eternidad –subir aprisa es más difícil que bajar despacio, piensan–, y cuando estaban por echarse un descanso, encontraron –es decir, Rayson encontró– la entrada a la habitación del Mago Púrpura. Sólo que ésta se encontraba cerrada y resguardada por dos grandes individuos de ceño fruncido que vestían capas rojas. Esto no gustó nada a Rayson, y menos al elfo. De todas formas, ambos intentaron convencer a aquellos guardias:

- Disculpe, ¿podría pasar a la habitación del Mago Púrpura?

-No.

- Nosotros somos los que lo trajimos de vuelta, somos sus amigos...

Silencio.

- Déjame a mí –dijo el elfo.

- Disculpe, nosotros venimos de muy lejos, del legendario templo del Sol y la Luna –en ese momento, Van Kadeth saca de su túnica el símbolo que calcara de aquel lugar lejano, quizás tanto en el espacio como en el tiempo–, y quisiéramos entrar sólo un momento, por favor...

Esta vez los inmensos guardias intercambiaron miradas. La vista de Van Kadeth y su símbolo grabado en carboncillo era elocuente, una invitación al repentino arte de la persuasión.

- Está bien. Sólo porque provienen de un lugar fraterno y sagrado.

Rayson alzo una ceja y miró incrédulo a Van Kadeth

- Sólo ingresa uno de ustedes.

Silencio. Van Kadeth añadió:

- ¿La habitación tiene otra salida?

- No.

- Muy bien. Rayson, puedes pasar.

Rayson se guarda el comentario y espera a que le abran la puerta; apenas la separan lo suficiente como para que ingrese y luego la cierran de golpe; Van Kadeth no puede ver casi nada de su interior.

Nosferatus, entretanto, continúa cavando para tratar de encontrar algo más de la mujer que la relacione con su asesino, mientras un pequeño grupo de curiosos comienza a reunirse para observarlo, sin atreverse a preguntarle lo más mínimo.

Rayson encuentra la habitación casi igual a como la dejara, con una pequeña diferencia: los candelabros han sido cambiados de lugar sobre la chimenea, y un par nuevo acaba de hacerles compañía, en el extremo derecho. Son candelabros negros, con una especie de resina pegajosa en su portavelas y un grabado en alto relieve de formas neblinosas que prefiguran una calavera. Al pie de éstos se encuentra un anillo, muy parecido al que dejara Rayson en la habitación. Rayson lo coge –siente un ligero estremecimiento– y toma también el anillo que escondiera, y a continuación se dirige a los pergaminos. Los extiende sobre la mesa, y hojea con cuidado. Arranca una hoja que considera útil, y examina los estantes en busca de algo que se le haya escapado. Encuentra una garra de Carrion Crawler –no recuerda haberla visto antes–, y también se la guarda consigo.

Los guardias comienzan a impacientarse. Van Kadeth mismo les dice:

- Eh... ¿no creen que ya se está demorando mucho?

- Sí, tienes razón.

Golpean la puerta. Rayson, en medio de su búsqueda, se sobresalta como si lo hubieran galvanizado.

- Clérigo, clérigo... salga ya...

Rayson aparece a la segunda llamada. Evidentemente, no quiere levantar sospechas innecesarias, sobre todo si ya tiene lo que buscaba. Ambos anillos están en diferentes bolsillos de su túnica, y –piensa–, quizás podría burlar con ellos al elfo.

- Elfo...

- ¿Sí...?

- Lo encontré.

En ese momento se oye unos pasos y conversaciones de voces conocidas. Subiendo los escalones, Taggart, Elder y Gallager aparecen por todo lo alto, elegantes y algo más repuestos –sobre todo el Mago Púrpura–, y en una entusiasta puesta al día sobre algo muy serio.

- ¿Y los viste tan reunidos?
- Reunidos y como esperando alguna orden... te digo que estamos a las puertas de un ataque.
- ¿Y los traidores?
- Desaparecieron. Pero descuida, déjamelos a mí, yo sé cómo tratar a esa gente...

Rayson quiso apartarse lo más posible de la puerta, pero fue inútil: los tres lo vieron. Taggart los recibió con una sonrisa; Gallager y el Mago Púrpura, en cambio, le lanzaron miradas de infinita sospecha; y tanto Rayson como Van Kadeth acusaron el golpe, porque dieron media vuelta y sin decir palabra se alejaron por las escaleras hacia los pisos superiores.

miércoles 29 de abril de 2009

El Mago Púrpura: Tercera Parte. El Misterio.

Elfo y clérigo estaban fuera de sí.

- ¡Ahora podremos cumplir nuestra sagrada misión! ¡Vamos!

La portentosa figura comenzó a bajar las escaleras.
Al principio, los magos de la torre hacían caso omiso de aquel mago que descendía alocadamente por las escaleras en medio de un halo brillante, seguido de dos figuras embelesadas; pero poco a poco comenzaron los murmullos y comentarios, y las palabras “ha vuelto”, y “¿no es él?” comenzaron a hacerse evidentes en los pasillos a medida que lo veían.
Una vez en la entrada de la torre, el mago extendió sus brazos y les dijo:

- “¡Ahora, busquen a Nosferatus!”

Sin pérdida de tiempo, Rayson y Van Kadeth echaron a correr por el pueblo en su búsqueda, completamente enajenados. Pero una vez lejos de él, recuperaron el sentido y se dieron cuenta de lo que estaban haciendo. No habían logrado hallar a Nosferatus, así es que decidieron regresar a donde se encontraba el Mago Púrpura. Van Kadeth, sin embargo, aminoró la marcha y siguió a Rayson a una prudente distancia.

Rayson halló al mago en una actitud más tranquila, como distraído con las cosas que ocurrían a su alrededor. Y había algo nuevo, una persona que estaba con él: un mago de mentón prominente y delgada barba, ojos azules y mirada inquisitiva. Al parecer, estaba tratando de orientar al Mago Púrpura, como si se tratara de un guía de la región.

- ¿Qué ha sucedido? –le preguntó al ver que se aproximaba.

- Bueno, no sé muy bien lo que ocurrió –se apresuró a decir Rayson–, pero yo vi de pronto que el Mago Púrpura...

- ¿Acaso lo conoces?

- Eh... bueno... como conocerlo bien, no; pero, sí, digamos que lo he visto antes...

- ¿Cómo?

- Este no es un buen lugar para hablar –interrumpió Rayson mientras miraba a ambos lados, buscando a Van Kadeth–; será mejor entrar a la Torre.

El mago le dio la razón, y comenzaron a subir las escalinatas.

- Yo soy Gallager, el amigo más cercano de Elder –dijo, mirándolo de reojo–, es decir, del Mago Púrpura; bueno, hubo un tiempo en que ciertos magos irresponsables hicieron destrozos en los cultivos del pueblo; entonces surgió una serie de revueltas entre nosotros respecto de la utilización de nuestros poderes. Como ya creo que sabe, el desbalance se debe a la gran Cuña que nos brinda toda la magia que tenemos; pues bien –acompañaba con el gesto y la mirada a un Mago Púrpura completamente absorto de todo lo que veía–, un grupo comenzó a protestar y pidió una especie de regulación a ese poder, algo así como un estatuto que nos rigiera. A esto siguió un año entero de discusiones acerca de quién debería hacer cumplir el estatuto, y surgieron los líderes, Taggart y el grupo rojo (Rayson recuerda a unos magos que tienen capas rojas), que más o menos comenzaron un período de paz. Pero como los magos realizaban sus investigaciones sobre los más difíciles secretos de la magia, no tardaron en confrontar escuelas opuestas, y de ahí pasaron a las filosofías opuestas, y hace poco más de un mes surgió una serie de incidentes como explosiones y conjuros mal ejecutados que tenían un carácter de conspiración más que de accidente. Los magos rojos estuvieron muy preocupados, ya que ellos eran las víctimas en casi todos los casos, pero nunca se pudo comprobar algún sabotaje o mala intención.

A este punto habían llegado a una habitación de puerta oscura. El mago extrajo de su túnica una llave, abrió un cerrojo, y entró.

- Pase. Es la habitación de mi amigo.

Un ambiente cargado –como si nadie hubiera estado ahí en días– los recibió al ingresar. El cuarto era grande, pero estaba ocupado por una gran mesa, una chimenea sin uso y muchos estantes a todo lo largo de las paredes libres, con innumerables frascos. En un estante bajo se encontraban varios rollos de pergaminos. La mesa era de madera oscura, firme, y estaba vacía.

Ahí, Rayson le explicó, con toda calma, cómo había surgido el Mago Púrpura, su aventura en el futuro, y la forma en que habían llegado al pasado. Le confirmó que Elder había sido arrojado por los hombres lagarto al fondo del lago. Su amigo escuchaba atentamente. Para Elder, en cambio, todo parecía serle nuevo.

- Bien. Te agradezco, ahora que me has contado lo sucedido, Rayson, noble clérigo. Realmente, has salvado la Torre. Estamos en deuda contigo. Ahora, si no te importa, vamos a comunicarle a Taggart lo sucedido. Puedes esperar aquí, no tardaremos.
Y salieron de la habitación.
Se hizo el silencio. Rayson aprovechó la oportunidad para investigar. Encontró que casi todos los frascos contenían líquidos de extraños colores y olores, y los rollos de pergaminos hablaban de oscuros hechizos, la mayoría de ellos incomprensibles. De pronto, pensó en el anillo. Quizás sería mejor esconderlo hasta después, se dijo, quizás no sea conveniente que lo encuentren con él.

Lo dejó detrás de un candelabro, sobre la chimenea, justo en el momento en que la puerta se abría y Elder y Gallager ingresaban a la habitación, seguidos de Taggart. Los dos primeros parecían haber conversado mucho, porque estaban riendo y se gastaban bromas como amigos de toda la vida. Taggart está muy complacido.

- Gracias, Rayson, por haber traído de vuelta a nuestro amigo –le dio unas palmadas en la espalda–. Venceremos a esos magos traidores, pierde cuidado. Sin embargo, para su seguridad, te sugiero a ti y a tus amigos que no abandonen el pueblo. Los alrededores se han vuelto muy peligrosos, como me acaban de comunicar, y por otro lado, quiero que se consideren nuestros huéspedes por tiempo indefinido.


Rayson se le queda mirando.

- Cualquier cosa que quieran comunicarme, pueden visitarme a mi cuartel, en el piso más alto, o comunicarse con Gallager.

- Bueno...

- Bien. Tengo asuntos urgentes que atender, gracias nuevamente.

Y se retiró de la habitación, acompañado por Elder, el Mago Púrpura.

martes 24 de junio de 2008

El Mago Púrpura: Segunda Parte, la Invocación

http://picasaweb.google.com/anglasrabines/EraseUnaVez/photo?authkey=Xmaum5UFr2I#5215626724502633298


En ese momento Rayson levanta la vista y ve entrar al elfo Van Kadeth quien, sin mirar al clérigo, se pone a buscar en los estantes. Su aguda vista recae en un libro que dice: “Anillos Mágicos”. Inmediatamente lo lleva a una de las mesas de la inmensa biblioteca. Rayson lo observa leer. Está a dos mesas de distancia, y ha adoptado una actitud reservada y algo alegre. Es imposible para Rayson saber de qué trata el libro que lee el elfo. Abandona la idea de aproximarse y continúa leyendo su libro. Cuando levanta la cabeza observa a Nosferatus al fondo, con el ceño fruncido, descifrando un escrito que tal vez se encuentre en dracónico. A continuación, observa al elfo que deja el volumen en su estante y se sienta frente a él en la mesa de madera:

- Muy bien Rayson. ¿Puedes mostrarme el anillo que te di?
- Mmmmm.... ¿para qué?

Van Kadeth se le queda mirando. Evidentemente, un cierto tufillo de desconfianza comenzaba a rondar por la biblioteca.

- ¿Vas a invocar al Mago Púrpura?
- Todavía no; quiero averiguar ciertas cosas...
- ¿Qué cosas?
- Ciertas cosas, ya te las explicaré después...
- Mientras tanto, quisiera ver el anillo...
- ¿Para qué?

Nueva mirada torva. Al fondo, Nosferatus enterraba los ojos en unos libros tan gruesos como polvosos. La biblioteca saltó con un sonoro estornudo.

- Si no lo vas a usar como dijo el mago, ¿para qué lo tienes? Yo quiero averiguar si posee algún poder, según he leído, pero para eso tengo que fijarme.
- Lo podemos hacer después, pierde cuidado; primero tenemos que conocer más a fondo lo que sucede aquí.
- Bien.
- Bien.
- ...

Nosferatus acababa de dejar la biblioteca, con su armadura emitiendo un sonido lejano y celeste. Rayson y Van Kadeth lo observan, intrigados por su nueva adquisición. El elfo se pregunta cómo se las ingeniará Nosferatus en lo sucesivo para pasar inadvertido, ya que su porte prácticamente se ha triplicado; de un primer vistazo preliminar, calcula que su silueta se podría ver cómodamente a setecientos metros de distancia. Rayson tampoco lo entiende, a juzgar por su expresión. Pero al fin y al cabo –piensan los dos–, se trata de Nosferatus. Uno nunca sabe.

Rayson abandona la biblioteca y explora los corredores superiores de la Torre. El mediodía ilumina completamente sus paredes de piedra lustrosa. Observa con comodidad el panorama agrícola que se extiende a todo lo ancho de la llanura, y a unas figuras como gusanos gigantes arar la tierra como si estuvieran domesticados. Al deambular por los corredores se da cuenta del lujo que tienen las vestiduras de todos los magos, y de su poco interés por los advenedizos o forasteros. Nosferatus también deja la biblioteca, y después de revisar los pisos superiores, observa también a los gusanos gigantes y decide investigar directamente en el pueblo. Mientras camina por los senderos asentados y observa a los aldeanos en sus habituales ocupaciones, la armadura le “sugiere” que vaya a investigar la montaña en donde encontraron a los hombres lagarto. Nosferatus asciende por la ladera que da al pueblo, y encuentra rastros de botas muy finas entremezcladas con pisadas de reptil, que de pronto se encuentran en un lugar donde todo luce negro y partido. Nosferatus comprueba que en ese lugar se ha librado una gran batalla. De regreso al pueblo recuerda –o la armadura le hace recordar– acerca de la joven que fue asesinada, y pregunta por ella. Encuentra su casa, y su vecino le explica que ella fue muerta por muchos tajos caóticos dados por algún guerrero. Sin embargo, nadie del pueblo pudo haberlo hecho porque la amaban mucho y por otra parte los magos de la Torre no saben mucho de espadas. Encuentra algunos frascos con líquidos naranjas, semejantes al veneno de las setas y de la araña gigante, mientras el vecino sigue hablándole acerca de su amistad con el Mago Púrpura; éste la había frecuentado últimamente muy seguido, al parecer para tratar temas que conocía la druida. Le dice que ella era quien había domesticado a las orugas carroñeras en una labor paciente y abnegada, y que ahora las aprovechaban para la agricultura, con excelentes resultados. Nosferatus termina de inspeccionar la casa y le pregunta en dónde la han enterrado. El vecino le señala una colina soñolienta que destaca en los arrabales del pueblo. Nosferatus se despide de aquel hombre y se dirige sin demora rumbo a aquella colina.

Rayson continúa discutiendo con Van Kadeth en la biblioteca.

- Bien. ¿Has averiguado algo acerca de él?
- Más o menos.
- ¿Vas a invocarlo?
- Aún no.
- ¿Por qué?
- Quiero averiguar algo...
- ¿Qué cosa?
- Algo más sobre el Mago Púrpura...
- ¿Cómo qué?
- No lo sé; si es de fiar...
- ¿Y el anillo?
- Yo lo tengo...
- ¿No vas a averiguar nada sobre él?
- Por el momento no...
- ¿Entonces para qué te sirve, si no lo vas a usar?
- Para invocar al Mago Púrpura.
- Bueno pues, invócalo ya...
- No, es que aún no lo quiero hacer...

Silencio. Dos grandes magos con capas azules se cruzaron con ellos y los obligaron a interrumpir la conversación. Rayson hizo un gesto con las manos y se levantó de la mesa.

- Está bien –dijo Rayson–. Voy a invocar al mago.

Van Kadeth respiró hondo. Por fin se iba a descubrir si podía hacerlo.
Rayson sacó el anillo de donde lo tenía escondido, y se concentró. Inmediatamente su cuerpo comenzó a emitir un brillo rojo intenso y le pareció que su mente explotaba y se expandía hasta los confines del universo. Sea porque estaba en la torre, sea porque ya estaba de mejor ánimo, lo cierto es que el conjuro de invocación funcionó perfectamente: una forma humana llenó la desierta biblioteca, visible tanto para el elfo como para el clérigo, y comenzó a ganar volumen lentamente, mirando a su alrededor. Emanaba una fuerza irresistible. Al principio se le veían sólo los huesos; luego, los músculos, la piel, y finalmente la ropa, y el elfo vio con sorpresa que se trataba sin duda alguna del cuerpo que dejara en el fondo del lago: el Mago Púrpura, tal como lo recordaba.

Inmediatamente, un halo brillante emanó de él como en una explosión, y abarcó a ambos. Rayson y Van Kadeth se sintieron conmovidos, como si estuvieran a punto de cumplir una hazaña divina:

- ¡Al fin! ¡He vuelto! ¡He vuelto!