
Capítulo Tercero: La Toma de Miyi.
Primera Parte.
Las cosas entre Miyi y Glauco se habían invertido. Ahora Miyi dormía plácidamente en su habitación, en los altos de los árboles del reino elfo, mientras que Glauco no podía dejar de pensar en ella, sobre todo en el momento en que se entrevistó con el clérigo negro. Aunque presentía una influencia decididamente maligna en aquel encuentro, no se sentía con tanta libertad como para indagar en lo que había sucedido realmente, aparte de comenzar a sentir algo por ella. ¿Amor? Aún era muy prematuro para decirlo, pero de hecho le agradaba. Sin embargo, cada vez que le conversaba de algo, tenía que ser acerca de asuntos importantes, como la amenaza del clérigo negro, o los planes que habían deliberado la noche anterior con Silvan. Le era terriblemente difícil comentar sus emociones. Quizás no había sido bien entrenado en ese sentido. Quizás ese tipo de entrenamiento había sido ajeno a él todo este tiempo, y de hecho no lo impartían en los torneos, o en el campo de batalla.
- Mi señor, es necesario conjurar lo más pronto posible la amenaza de este clérigo...
Maya estaba de pie ante el rey elfo Silvan, con su capa que ocultaba el hermoso rostro alabastrino. Detrás de ella, los más aguerridos elfos esperaban de pie, la tropa de choque, con sus espadas listas. Otro grupo los aguardaba montado en caballos blancos que mascaban bocados de oro.
El rey dejó escapar un hondo suspiro, y les dijo:
- Mis queridos súbditos, y especialmente tú, Maya adorada, prestadme atención. Terrible es esta amenaza para todo el reino, que un clérigo de su talla haya caído en las garras de la maldad, mayor aún por nacer de su propia inventiva, y ahora, a pesar de sus esfuerzos por detenerlo, se desarrolla como la hierba rastrera que se apoya en lo que sea para sobrevivir. En estos momentos, incapaz de tener forma propia, ha tomado a un caballo de noble raza para realizar sus propósitos y convoca fuerzas de la naturaleza a las que da una vida retorcida. Deben tener mucho cuidado: nunca se podrá ser suficientemente prudente contra un enemigo de tal naturaleza.
Maya extendió los brazos.
- Mi Señor... ruegue por mi hermana Miyi, la más dulce de sus hijas, para que sea capaz de vencer la maldad que trata de someternos.
Silvan asiente con la cabeza. Maya le había dado la noche anterior –manejándola con mucho cuidado– la diadema que viera aparecer en su frente. El rey elfo la estudió hondamente durante aquella noche y la guardó en una esfera de cristal. Asimismo le explicó lo del arete negro que había visto aparecer y luego desvanecerse de la oreja izquierda de Miyi, y su preocupación porque sea alguna treta del clérigo para vencerlas.
- No te preocupes, querida Maya, vigilaré de cerca a Miyi. Por cierto, ¿dónde está?
- Creo que sigue en sus aposentos –respondió Maya.
Y le hizo un gesto con los ojos.
A lo que el rey replicó:
- Glauco, ¿podrías avisar a Miyi que la Guardia Plateada está lista para partir?
- Sí, su Alteza.
El guerrero sube las anchas gradas verdosas que conducen a los aposentos de las mujeres.
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El bosque se llena de ilusiones. Los árboles hermosos se multiplican hacia el Norte, como un enjambre de abejas verdes. Una nube gris comienza a ganar en fuerza y tenacidad, y bruscamente cambia de curso y se dirige hacia el Este. Unos dedos danzantes se encorvan y estiran como las olas del mar. El viento está con ellos. Las ganas de morir se concentran en el bosque.
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- Eh... Miyi...
- Pasa. Está abierto.
El cuarto olía a viento y espacio. La madera apenas crujía cuando alguien del tamaño de Glauco la pisaba, y parecía responder a su fuerza con un perfume salido de las flores más altas de los árboles. El tul que cubría la cama labrada en donde estaba sentada Miyi había sido retirado graciosamente, de tal forma que la elfa parecía salida del mismísimo Cielo de los Cielos. Aquella visión no le fue indiferente al guerrero, pero pudo disimular su impresión.
- Disculpa, la Guardia de los elfos está por salir...
- Creo que me quedaré, todavía estoy adolorida por las heridas que recibí. Quisiera descansar...
Glauco tardó un instante demasiado largo en entender la respuesta. La respuesta era que no iba a acompañarlos en la persecución del clérigo, o al menos, por ahora. Se le quedó mirando a los ojos sin saber qué decir. Finalmente, exclamó:
- Ah...
Los grandes ojos de Miyi parecían terminar de explicarle sus razones, en su juego de luces y sombras.
- ...bueno... entonces, eh... me retiro. Que descanses.
La puerta se cerró con un sonido lejano.
Glauco descendió a toda carrera.
- ¿Y...?
- No quiere ir, dice que está cansada...
Eldar puso una cara de total incomprensión. Maya le explicó:
- Así es ella...
La tropa salió del reino en formación, por el camino boscoso.
A pedido de Maya, quien todavía se encontraba un poco delicada después de la pelea con los zombies y el caballo rojo, fueron nuevamente a ver al clérigo amigo de Glauco, quien les curó y dio un par de pociones llenas de un líquido azul.
Maya quiso hablarle:
- Noble clérigo, ¿cuál es tu nombre?
El clérigo –al parecer acostumbrado a este tipo de solicitudes–, sonrió bondadosamente, y le respondió:
- Cuando realices una acción noble y sacrificada, entonces oirás cuál es mi nombre.
- Gracias...
Se volvió entonces hacia el grueso del pelotón, capitaneado por Eldar, y les dijo:
- Nobles elfos, guerreros: es necesario que sus actos se encuentren guiados por el conocimiento o ser perderán para siempre en los laberintos de la maldad. Yo les aconsejo que consulten al gran Oráculo Peregrino sobre la ubicación del clérigo negro... en este momento se encuentra en el interior del Bosque Vano, no será muy difícil encontrarlo...
Eldar y Glauco agradecen el gran favor que el clérigo Blanco les acaba de hacer –la ubicación del Oráculo Peregrino es un perpetuo misterio ya que éste cambia constantemente–, y se ponen en camino.
En algún lugar del interior del Bosque Vano, se encuentran con un claro enorme, desconocido; los elfos detienen los caballos. Una forma vaporosa que despide un brillo amarillo intenso se alza como un cono rechoncho hasta hacer que los jinetes eleven la vista, admirados, y les dice:
- Oh, distintos, que conocen el lugar de lo intangible... han llegado a mí como la brisa, y como la brisa les he de responder a lo que anhelan... El sabor del mal comienza a inundarlo todo... los elegidos –yo los conozco–, persiguen al que busca la inmortalidad por bosques y montañas... sólo ellos, que vieron su cuerpo y ahora no pueden reconocer su alma, serán sus verdugos...
- ¿Dónde se encuentra él ahora? –le pregunta Miyi.
- Debajo de mí –dijo la fantástica forma gaseosa–; en las profundidades de la tierra, donde no llega la luz y se extrañan mucho las estrellas.
Después de lo cual el Oráculo comenzó a desvanecerse.
Los caballos y sus jinetes vieron cómo surgía un pequeño pozo de agua hecho de piedras justo al pie de la figura que ya se iba con la brisa. Maya y Miyi se aproximaron lentamente, tanteando el lugar. Glauco los siguió. Eldar los observaba inquieto.
- ¡Es una entrada! –exclamó Miyi, entusiasmada.
Maya vio la determinación en los ojos de Glauco. Luego se volvió hacia Eldar y sus jinetes:
- Vamos a entrar.
- ¿Están seguros de que no quieren refuerzos? –dijo Eldar.
- Nosotros fuimos los últimos que lo vimos con vida –le respondió Maya, mientras Glauco iniciaba el descenso–; según el Oráculo, somos nosotros los que tenemos que enfrentarlo directamente.
- Suerte. Estaremos vigilando.
- Gracias...
Los cuerpos de las elfas se unieron al descenso del guerrero humano, con un movimiento de blondas y sedas que pareció fundirse con el viento del bosque. Sobre la superficie, Eldar ordenaba a sus jinetes que se apostaran según la dirección de los caminos.
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El descenso les pareció muy largo, sinuoso como si estuvieran descendiendo por el estómago de una serpiente. Maya hizo luz sobre su báculo. La humedad les afectaba la respiración, se les metía en las entrañas. Al final de aquel descenso resbaloso y oblícuo, surgió una losa plana que parecía un juego de duendes o de dioses, de hexágonos simétricos que se extendían sucesivamente hasta perderse de vista. El trío se detuvo en aquel descanso. Tanto Maya como Miyi aguzaron la vista. El vestíbulo era grande, incluso para la visión de las elfas. Glauco prefirió hacerles campo.
Maya hizo Luces Danzantes y las proyectó hacia cuatro puntos diferentes, de tal manera que iluminaran la mayor cantidad de espacio posible. Efectivamente, a medida que las luces se alejaban entre sí, se pudo constatar un cuarto de casi quince por veinte metros, de paredes cortadas a pico sobre la roca, de techo bajo y rastrillado. Varios esqueletos yacían esparcidos en posturas insólitas, con armaduras gastadas y mohosas. Pero lo que puso en guardia al trío fue un viejecillo escuálido que se alzaba desafiante en el otro extremo de aquel vestíbulo. Las luces iluminaron sus ojos grises y su espada corta. De no ser por su postura erguida, se habría confundido con los demás cuerpos putrefactos de los guerreros.
Maya, con mucha cautela, se acerca a él –que lo recibe de pie, con la mirada torva, casi muerta–, y le dice:
- Por favor, noble guerrero, no queremos luchar; déjanos pasar por esa puerta.
El viejecillo raído no hace un solo gesto.
Luego va Glauco, sin éxito. Finalmente, los tres deliberan en un extremo de la habitación.
- Tendremos que encantarlo; si aún así no podemos convencerlo de que deje la puerta, atacamos.
Sus rostros murmuraban muy cerca entre sí; las Luces Danzantes, que habían retornado por órdenes de Maya hasta quedar un poco por fuera del trío, producían efectos fantasmales en sus rostros.
Pero cuando Maya y Miyi fueron a encantarlo debidamente, el viejo movió la espada en un arco luminoso que las envió contra la pared, y de ahí al suelo.
Glauco, al ver aquella muestra de agresión, corrió con su espada directamente hacia aquel viejo demoníaco, pero también fue recibido con su filo a la distancia, que le produjo una intensa herida en el pecho, después de enviarlo de vuelta con las magas.
Tres aventureros heridos, gimiendo en el duro suelo. Un viejecillo detenido como un reloj, cuidadoso y autómata. Unas luces danzantes que ahora iluminaban una escena sangrienta.
Maya recordó las pociones y bebió una hasta la mitad; luego le dio la otra mitad a su amiga Miyi, sin perder de vista al viejo que las miraba –¿en realidad las miraba?–, con su espada brillando como un enjambre de luciérnagas. Se movió un poco, y le dolió muchísimo. Glauco fue el segundo en incorporarse.
- Creo que no podremos con él. Debemos regresar.
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Miyi observa a un caballo rojo conversando con una mujer de mayor edad, pero aún muy bella, de cabellos negros y mirada inteligente. Cree oír lo que hablan, sabe que se trata de ilusiones producidas por su imaginación, o por los rezagos de una conversación anterior, en esta misma cueva simétrica. Hablan acerca de vencer a sus enemigos, y la maga –le oye a Cronos llamarla Morgana–, se ofrece a vencer a Glauco:
- ¿Qué hay del futuro rey?
- Déjamelo a mí –dijo ella, con una sonrisa maliciosa–; no sabes cuán seductora puedo ser.
- Bien. Yo me encargo de las magas, tú ocúpate de Glauco.
Las sombras desaparecieron. Miyi vio a sus amigos. Ellos no habían visto nada.
FIN DEL TERCER EPISODIO. PARTE 1 DE 2 .

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