jueves, 15 de octubre de 2009

Las Aventuras de Maya y Miyi


Capítulo Tercero: La Toma de Miyi.
Segunda Parte.

Miyi piensa en todo esto mientras su enorme herida cierra misteriosamente y es conducida al exterior por la entrada sinuosa. La luz finalmente les da la bienvenida, pero está plagada de agua, de gruesas gotas de lluvia que caen desde antes de llegar a la salida.

- ¡Por acá! –les dice Eldar, apresuradamente–; ¡es una terrible tormenta!

Los elfos habían estado ocupados desde que ingresaron por el pozo. Varias tiendas de campaña se alzaban alrededor del claro, y a pesar del viento que corría apenas ondeaban de lo recias que eran. Eldar, Glauco, Maya y Miyi ingresaron en una tienda especialmente preparada para recibirlas.

- ¡Esta tormenta comenzó al poco tiempo que ingresaron! Esto me huele raro. Maya, por favor...

Maya cierra los ojos y extiende sus manos hacia la salida de la tienda.

- Es una tormenta mágica.

- Me lo imaginaba.

Miyi estaba con los ojos fijos.

- ¿Quién podrá estarla produciendo?

- Ni idea.

- Esto se está poniendo feo. Mejor regresamos al reino elfo.

- Sí, estoy de acuerdo contigo. Ya pensaremos en cómo descender.

Glauco y Eldar salen de la tienda para alistar los caballos. Miyi, al verla a Maya, recuerda su misión, el pergamino que le hiciera entrega Silvan, el rey elfo.

- ¡Maya! Escúchame bien...

Maya estaba por averiguar la intensidad mágica de la tormenta, pero el tono de voz de Miyi la hizo desistir de su propósito.

- Eh... el rey elfo, nuestro rey elfo, Silvan, me encargó que te entregara un pergamino que sirve para extraer el espíritu del clérigo negro que se encuentra en el caballo rojo...

Maya comprende entonces la tardanza de aquella noticia, y levanta su báculo en señal de contrariedad. Miyi se lo baja con la mano.

- ...que debe decirse volando, sobre una roca elevada, como la que hallamos en el pantano, es decir, en los límites entre el pantano y el bosque, creo, bueno, lo cierto es que...

Maya vuelve a subir su báculo, apuntando al pecho de Miyi. Ella lo vuelve a bajar. Maya lo vuelve a subir.

- ...sé que me olvidé de decirte todo esto, pero cuando llegué los encontré peleando con esos zombies y con todo el jaleo... ¡ya no me levantes el báculo!

Los poderosos brazos de Miyi salieron disparados sobre los de Maya, inmovilizándola. La hechicera, de la sorpresa –y de la fuerza demostrada de pronto por su amiga, que hasta entonces siempre había sido tan dulce y femenina–, abrió aun más sus ojos avellanados.

- ...te llamé para que subieras en la roca, porque tú sabes hacer el conjuro Volar y yo no, recién entonces lo recordé, pero cuando llegaste después me olvidé... si me olvidé fue mi culpa, pero no es para estarse con esas cosas, de todas formas ya te lo dije... ¡y no me interrumpas cuando te hablo!

Maya seguía en silencio. En realidad, no comprendía cómo había podido hablar –ni qué decir interrumpirla– con la boca cerrada. Pero se trataba de Miyi.

Maya sale de la tienda con el pergamino en su bolsa de cuero. Miyi sale un poco después, pero, en lugar de montar en uno de los caballos, se queda quieta mirando la entrada del pozo, sin hacer caso de la lluvia.

- Miyi, vámonos –le dice Maya, dulcemente.

- No, yo me quedo.

Los caballos ya estaban en formación. Eldar, impaciente, observa la escena.

- ¿Qué sucede?

- No quiere irse.

Eldar y Glauco desmontan.

- Vamos, Miyi, por favor. Tenemos que regresar. Esta tormenta sólo anuncia dificultades. No podremos hacer nada si comienzan a caer los truenos.

Y dicho y hecho, un resplandor monstruoso y luego un tremendo estampido se oyó en la distancia.

- No; me quedo.

Glauco y Eldar suspiraron. Maya se apartó con ellos un corto tramo, y les dijo:

- Ustedes la distraen y yo la reduzco.

- Mejor que sea al revés.

- Bien.

Los tres giran y se dirigen hacia la absorta Miyi, que no puede dejar de mirar el pozo pequeño, lleno de lluvia.

- Miyi, entiéndeme, no podemos enfrentarnos en estas condiciones...

Al instante, Glauco y Eldar se precipitaron sobre ella y la redujeron. Miyi forcejeó inmediatamente, usando todas sus fuerzas, pero ésta vez sí fue inútil. Un momento después ya se encontraba maniatada y amordazada –porque gritaba como una condenada–, y colocada en la grupa de uno de los caballos blancos.

- Vamos.

Los relámpagos comenzaron a afinar su puntería. Varios elfos cayeron calcinados. El grupo se hizo lo más compacto posible y atravesaron los lugares más frondosos. Maya, en su calidad de única hechicera del grupo, y a pedido de Eldar, hizo su Esfera de Protección contra el Mal, pero –como ella misma lo sabía–, ésta no fue suficiente para protegerlos a todos, y vio con mucho dolor cómo caían sus compañeros víctimas de los relámpagos que los buscaban con mágica saña.

La lluvia no había dejado resquicio de ropa ni pliegue sin recorrer. La humedad estaba haciendo presa de los elfos. Los cascos de los caballos resbalaban sobre el suelo fangoso. Glauco y Eldar temían por la moral del grupo. Pero los elfos continuaban, estoicos. Detenerse –aunque sea un instante, para enterrar a sus muertos– hubiera sido una locura.

Miyi continuaba forcejeando sobre la grupa del caballo, que la golpeaba. Un arete de color negro le estaba comenzando a crecer en la oreja izquierda.

Sea por la dificultad de comunicarse debido al estruendo de los truenos y la lluvia, sea debido al terreno accidentado, lo cierto es que los esfuerzos de liberarse de Miyi dieron sus frutos: poco a poco comenzó a resbalar de la grupa del caballo, sin que el elfo que iba conduciéndolo se diera cuenta. Finalmente, en una pequeña subida, en que el caballo se inclinó hacia arriba con fuerza, Miyi cayó al suelo fangoso, completamente inadvertida.

El grupo continuó avanzando a toda la velocidad que le permitía el terreno y la tormenta, hasta llegar a los límites del reino elfo. Como por arte de magia, la tormenta desapareció. El grupo ingresó al patio principal formando un lago en las losetas.

- Noble Silvan...

El rey se encontraba con sus soldados en las escalinatas.

- ...hemos sobrevivido a una terrible tormenta puesta sin duda por algún mago poderoso, y aunque comenzamos venciendo a sus tropas, tuvimos que regresar a nuestro reino para recobrar fuerzas... pero no se preocupe, que ya conseguimos dar con el refugio del clérigo negro...
- ...así es –continuó Maya–, y si su majestad lo quiere, descansaremos y al día siguiente volveremos sobre nuestros pasos para encontrarlo y destruirlo...

Silvan extendió los brazos, protectoramente. Todos inclinaron las cabezas.

- Mis buenos guerreros... mi querida Maya...

Maya levantó la cabeza, cubierta por su negra capa.

- Oh Silvan, rey de los elfos y símbolo de la vida por mano y virtud propia: creo hablar por todos cuando digo que hemos temido la derrota en algún momento de nuestro accidentado retorno; nos enfrentamos a un enemigo que conoce a poderosos aliados y que los está utilizando sin piedad en contra nuestra... si al menos Miyi hubiera podido recordar su misión, quizás otro hubiera sido nuestro destino...

En ese momento, las miradas de los elfos recayeron sobre la grupa del caballo que transportaba a Miyi.

- ¿Dónde está?

El elfo que montaba el caballo giró la cabeza y se puso pálido. Los demás elfos se miraron entre sí.

- ¡Rápido! ¡Un piquete, cinco voluntarios para regresar!

La tormenta continuaba castigando el bosque. Aún así, cinco manos se alzaron inmediatamente como un bosque de ramas.

Eldar fustigó a su caballo, que dio media vuelta y se unió a los jinetes que ya cabalgaban. Silvan requirió de Maya con la mirada. La hechicera entendió que el rey tenía algo muy importante que decirle, y, con mucha pena, desmontó de su caballo.

- Eldar, date prisa –pensó.


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En el centro del bosque, los truenos parecían tener vida propia. Sobre el suelo fangoso y repentinamente irregular, un cuerpo atado y amordazado luchaba por salir del camino y esconderse en aquella gran roca plagada de arbustos. La lluvia le caía por las pestañas mientras rodaba y se curvaba como una oruga gigantesca. El frío se le metía en los huesos y le dificultaba hacer el menor movimiento. Su odio contra todos iba creciendo como el arete negro que tenía en la oreja izquierda, que ya casi llegaba hasta la rodilla. Girando y curvándose con cada vez mayor destreza, meditaba entretanto oscuras maldiciones contra su propia gente, que la había reducido y amordazado a traición. Le irritaba sobre todo no haber podido explicarse. Hubiera querido gritar su rabia sobre aquella feroz tormenta, quizás eso habría podido desfogar en algo sus sentimientos. Pero lo único que podía hacer era mascar el trozo de tela manchado por el fango. Siguió rodando. Ya le dolía el cuello de tanto mirar oblícuamente a los costados.

La espalda recibió el suelo helado como se recibe un puñetazo. Cerró los ojos. Estaba exhausta. Pero ya casi llegaba a la base de la roca. En ese momento sintió el resoplar de los caballos. “¡Maldita sea!”, pensó, y redobló sus esfuerzos. Los caballos salvaron la colina y dieron con ella casi al instante. Desmontaron con presteza y la levantaron en vilo justo cuando ya estaba por desaparecer entre el ramaje.

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El rey Silvan condujo a Eldar, Glauco y Maya al gran salón.

- Observen...

Apenas las puertas dobles se abrieron, Maya dejó escapar un grito. Un árbol –mejor dicho, un tronco de ramas muertas, teñidas del negro más absoluto– se había desarrollado alrededor de la diadema que el rey había dejado dentro del cristal, cristal que a todas luces había sido destruido.

- Es la fuerza del mal que amenaza con invadir nuestros dominios...

Eldar no lo podía creer.


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- Miyi, hija querida, ¿qué has hecho? ¿Por qué la tienen así? Quítenle la mordaza...

Inmediatamente, uno de los guerreros le hizo un limpio corte a la tela. Finalmente, Miyi estaba sin mordaza.

- ¡Qué es lo que quieren! ¿Así se trata a una maga? ¿Dónde está la jerarquía? ¿Qué clase de compañeros son ustedes? ¡Déjenme ir, déjenme ir a donde sea, a ustedes no les importa!

Silvan –olvidando toda precaución- se arrodilló sobre ella.

- Pequeña...

Miyi estaba roja de la rabia. Extrañamente, nadie advirtió el arete negro.

- ¡Quiero que me desaten ahora mismo! ¡Soy una maga, los guerreros me deben respeto! ¡Nadie es más que un mago elfo!

- Miyi, querida, cálmate...

Al ver el rostro del rey, Miyi, abrió sus enormes ojos y le espetó:

- ¡A mí nadie me calma! ¡Ustedes no saben por qué quiero volver! Por último, ¿quién eres tú para darme órdenes, eh?

Silvan retrocedió por reflejo. Miyi había tratado de escupirle al rostro. Los elfos estaban horrorizados. Eldar prefirió no ver. Pero sí pudo ordenar:

- Llévensela a sus aposentos. Dos guardias en su puerta. El resto puede retirarse.

Los elfos abandonaron el salón real con la sorpresa pintada en sus rostros.

- Maya, es necesaria una junta ahora mismo.

- Vamos al cuarto contiguo, es más secreto –respondió Silvan, frotándose los ojos.


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La tormenta comenzó a perder fuerza. Los centinelas se miraron entre sí desde las copas de los árboles, más tranquilos.

En el cuarto de Miyi, un forcejeo prolongado dio paso al corte de una de las sogas que sujetaba su muñeca derecha. Instintivamente, se llevó la mano a la oreja. Pero entonces sintió el otro arete, negro y brillante, y lo tomó. Cortó con él las otras sogas como si se trataran de hilos finos y se puso de pie, en silencio. Sabía que se encontraba custodiada. Pero una voz lejana la llamaba para que bajara al gran salón... y tomara... la diadema. La diadema negra, aquella que viera por un instante en el centro del árbol negro... se sentía particularmente ágil y fuerte.

Avanzó hacia la puerta. Luego retrocedió lentamente. Recordó el pequeño tragaluz que estaba por encima de su cabeza.

Miyi cayó al suelo de madera sin hacer el más mínimo ruido. Descendió como una gata hasta el corredor que daba a la entrada del salón real.


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- Es imposible. ¿Miyi, comportándose así?
- Me temo que es víctima de las maniobras del clérigo negro –respondió Maya, sombría–; tenemos que vigilarla estrechamente.
- En realidad, no es toda su culpa –dijo Eldar para tranquilizar a Maya–; son los objetos que les ha obsequiado.
- Tal vez el hecho de que yo lo haya visto hizo que no me afectara –reflexionó la hechicera, llevándose la mano a la frente.
- Puede ser... –respondió Silvan, mientras miraba la ventana.
- Entonces, ¿cuáles serían tus órdenes, oh rey de los elfos? –dijo Eldar.

Silvan se quedó en silencio.

- ¿Acaso hay duda? Deben ser destruidos, lejos del reino de los elfos.


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Los centinelas se pusieron en guardia, pero no sabían si atacarla o dar la alarma.

Ese instante de vacilación les costó la vida. Los aretes salieron como serpientes envenenadas y les partieron el cuello en dos tajos limpios, que marcaron la sorpresa de sus cabezas cuando cayeron al suelo.

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Maya oyó dos chasquidos. Luego, el sonido amortiguado de dos cuerpos cayendo pesadamente.

- Oh, no...

Salió corriendo de la estancia menor. Eldar y Glauco la siguieron.

- ¡Miyi...!

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La maga ya había tomado la diadema. Cuando Maya llegó al gran salón, golpeando pesadamente la puerta lateral, ya era tarde.

El brillo negro de la diadema sobre su frente le daba un toque de belleza mística y malévola. Miyi lucía espléndida.

- ¡Qué has hecho, insensata...!

La maga elfa respiró hondamente.

- ¡Por favor, Miyi, piensa en ti! En tus amigos... ¡en Glauco...!

- ¡Glauco me importa un bledo! –gritó, y sus puños se alzaron imperiales sobre los elfos decapitados.

Maya reparó entonces en los centinelas horriblemente muertos junto a la puerta principal, y prefirió no pensar; corrió hacia su amiga, con la esperanza de hacerla reflexionar, gritando:

- ¡Miyi, no lo hagas...!

Pero la maga, apenas dejó de acariciar la diadema en su nacarada frente, alzó sus aretes sangrantes e hizo silbar el aire. Maya hizo un giro a la derecha justo cuando se formaba una cruz mortífera en el lugar donde había estado un instante antes, y cayó por detrás de ella como si fuera un gato. Eldar y Glauco aparecieron después.

- ¡Libre!

La elfa estaba enajenada, feliz. De una felicidad que hacía retroceder a la muerte.

- ¡Miyi, qué haces!

- Ahora, por fin, regresaré...

Y salió corriendo.

Su ímpetu era tal, que dejó las escalinatas y salió del reino sin siquiera pensar en montar un caballo. Los demás elfos, al ver a los dos centinelas ferozmente decapitados, se hicieron a un lado, aterrorizados. Echó a correr en la tierra baja, con los árboles de la entrada de su reino como telón de fondo. El viento le daba en el rostro. Sintió el frío del bosque. Ya estaba lejos. Corría y corría. Pero no se cansaba. Antes bien, sus pulmones parecían recibir aire de su propia rabia, mezclada con la alegría de hacer algo por ella misma. Sola. Nadie le tendría por qué discutir desde ahora lo que ella decidiera.

Las huellas que dejaba en el suelo eran las de una gacela. No salía polvo del camino simplemente porque había llovido y el suelo estaba muy húmedo. Pero ni los gorriones más veloces la habrían alcanzado a través de tupido follaje, ni el sabueso más agudo la habría podido perseguir a través de tantas lomas, subidas y bajadas.

Cuando Maya levantó la cabeza, ya no había ni rastros de Miyi.

Eldar y Glauco apenas llegaron a la terraza superior, desde donde se podía ver el bosque, aún neblinoso por sus lágrimas de lluvia.

Nunca vieron la huida de la elfa.

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Por fin podría hacer lo que ella quería, sin recibir órdenes de nadie...

Las hojas caían y se arremolinaban en torno a su cuerpo, separadas por el tiempo y la brisa, y sus rodillas que se sucedían una y otra vez, subiendo y bajando y brincando, el bosque le dio la bienvenida cuando llegó al claro y encontró el pozo húmedo, lleno de musgo.
Parecía como si hubieran pasado cien años.

Descendió.

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La capa de Maya formaba una cola de cometa negro mientras cabalgaba, en dirección recta, hacia el misterioso claro. Eldar y los demás jinetes elfos eran los únicos que podían aproximarse. Glauco, a pesar de que hacía lo imposible para fustigar su corcel, se había rezagado.

Los cascos del caballo de Maya levantaron trozos de barro cuando se detuvo. Descendió apresuradamente y se inclinó por la abertura. Silencio.

- Nosotros vamos contigo –le dijeron Eldar y Glauco.

- Bien.

El nuevo trío descendió con mucho cuidado. Esta vez llegaron al vestíbulo mucho más rápidamente. Pero no por eso fue mejor el resultado.

Ante las cuatro Luces Danzantes de Maya, se alzaba una mujer vestida íntegramente de negro, cuya blanca piel contrastaba con sus ojos y su cabello lacio y terso, de una tersura que a la hechicera le pareció cosa de magia.

Al parecer, no había nadie más en aquel vestíbulo.

- Deja a nuestra amiga en paz –le dijo ella, olvidando los preámbulos.

- Yo no le he pedido que viniera –dijo la enigmática mujer, mientras se alisaba los cabellos–... ella ha venido por cuenta propia.

- Déjala –repitió Maya, más severa.

- ¿No saben cuál es su lugar, no es verdad? –le respondió la mujer, alzando sus níveos brazos–; cuando la luz no sabe dónde debe estar y se encuentra con las sombras, pues... desaparece.

- ¿Y tú eres la noche, no es así? –le contesta Maya, aferrando su báculo.

- Yo soy tan necesaria a la vida como tú a la muerte –le respondió la otra, y una figura conocida pareció surgir detrás de ella–, y así como una y otra se necesitan también pueden mezclarse. Y amarse. Algo tan sublime como la libertad... la libertad de elegir a qué bando pertenecer... eso sólo se puede obtener si dejan de asfixiar a la vida con sus intentos de que siga estando viva...

La figura comenzó a aproximarse a la mujer. Era Miyi. Estaba vestida completamente de negro.

- ...la vida también puede morir...

La mujer comenzó a desvanecerse.

- ...y de sus restos, surgir la vida...

Miyi quedó entonces en el lugar que había ocupado la mujer, y salvo la edad –ella era algo mayor– y una minúscula diferencia de talla, prácticamente eran la misma. Maya tuvo que reprimir un impulso de retroceso.

- Miyi...

- Dejen de estarme siguiendo. Ya no soy una niña.

A Maya le pareció que Miyi sería la sucesora de aquella extraña maga. Se estremeció.

- Nosotros somos tus amigos... tus amigos... ella, ¿quién es? ¿Acaso te conoce tanto como nosotros?

Miyi se llevó la mano a su oreja izquierda.

- Glauco, haz algo –le murmuró Maya.

Pero apenas el guerrero hizo un movimiento para hablarle, Miyi le cortó en seco diciendo:
- No quiero saber nada contigo.

El tiempo pareció detenerse para él.

Maya volvió a la carga:

- Si quieres, podemos ir e investigar esta cueva, juntos...

Miyi dejó de jugar con el arete negro. Su amiga suspiró. Pero entonces comenzó a mover los dedos y a murmurar ciertas palabras, palabras que no le eran desconocidas. Abrió los ojos.

- Miyi, no...

Comenzó a sentir el poderoso influjo del encantar, e intentó resistirse; pero sabía que lo había hecho un instante después de su conjuración y esa sola demora le podía ser fatal.

La sugerencia de Miyi no fue tal, sino más bien una orden que debía ser cumplida sin titubear:

- ¡Mátate!

Inmediatamente el cuerpo de Maya se sacudió. Tenía que resistirse a aquella orden tan absurda, pero para su desgracia, el nuevo poder adquirido por su amiga era tal, que el pensamiento de resistirse pasó como una brisa de verano. De pronto, se dio cuenta de que vida no valía la pena después de todo.

Maya levantó su báculo, y se dio un golpe en la cabeza. Cayó al suelo. Glauco y Eldar dieron un grito y la arrastraron hasta la pared opuesta, que daba a la salida, exclamando:

- ¡Qué has hecho!

Miyi los seguía con la mirada dura. “¿Habrá muerto?”, se preguntó. Pero luego vio cómo reaccionaba ante los intentos de sus amigos de que volviera en sí.

Alzo el brazo, apuntando hacia ellos.

- Bola de Fuego...

Eldar la miró sin saber qué decir. Glauco, más práctico, sujetó a la elfa y se arrojó sobre la entrada. El proyectil hizo impacto en la pared y alcanzó a los tres, que lanzaron un solo grito de dolor mientras huían como podían por la sinuosa salida ascendente, con el alma en la boca.


FIN DEL TERCER EPISODIO. Parte 2 de 2.




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