
Capítulo Cuarto: El Arte de la Guerra.
Parte 1 de 3.
La tropa élfica llega casi sin aliento. No solamente es por el clima –que había cambiado súbitamente a un frío de invierno, con brumas y heladas que asaltaban como ladrones emboscados tras los árboles–, sino por el dolor moral de haber sido atacados ferozmente por un miembro selecto de su propio reino. La confusión que tenía Eldar, el lugarteniente preferido de Silvan, Glauco y la misma Maya, no podía ser aliviada ni siquiera por la vista del noble hogar de los elfos.
Los dos elfos asignados para proteger a Miyi también estaban consternados. Especialmente Giordos, el que había sido encantado. Desde luego, el influjo ya había desaparecido, pero de todas formas había quedado algo flotando en la mente de aquel soldado, que no lo dejaba hacer sus tareas.
La noticia del clérigo negro y su afán de dominar esas tierras ya se había extendido por la región, de tal forma que numerosos guerreros provenientes de otros clanes se habían dado cita desde la tarde y la noche. A la mañana siguiente, más que un ejército de elfos parecía una tropa variopinta pero verdaderamente temible.
Eldar pasó revista a sus tropas, entre elfos, humanos, semigigantes y enanos: aproximadamente seiscientos efectivos. El troll de las montañas, que se había perdido últimamente –quizás para comer y resguardarse– había vuelto a buscar a la hechicera Maya, y ella lo recibió con un caluroso abrazo que, entendido e imitado por la inmensa criatura, casi termina asfixiándola. El hada Selena también había estado ausente durante la noche, y se la veía conversando consigo misma, muy misteriosa.
Maya repasó las tropas montada a caballo, junto a Eldar. No le agradó mucho la presencia de los enanos en la coalición, pero por diplomacia prefirió no demostrarlo.
Eldar, en una mesa improvisada en el vestíbulo principal, al aire libre –para que pueda ser visto por los jefes de pelotón–, extendió el mapa.
- Nuestros centinelas nos dicen que han visto movimiento de tropas orcas hacia el este, más allá del pantano, en donde se sabe que existe un Dun abandonado.
- Supuestamente ahí se deben estar reuniendo para atacarnos.
- ¿Pero por qué tan al este? –replicó Glauco–. ¿No sería mejor para ellos ir avanzando hacia el oeste?
- No lo creo. No tienen ningún fuerte donde resguardarse. En cambio, nosotros tenemos al bosque que nos protege. Si ellos avanzaran sin más, llegarían agotados hasta donde estamos, y los venceríamos.
- Entiendo. prefieren concentrarse, aunque sea en un lugar alejado.
- Así es. Para ser un humano, no eres tan malo...
Glauco miró a Eldar sin decir nada.
- Los atacaremos antes de que ellos lo hagan. Asedio, y victoria. Sobre todo porque ahora tenemos clérigos, y buenos guerreros...
Dos enanos alzaron la vista de la mesa. Eran robustos, con cascos aguzados y cuidadas barbas. Uno de ellos tenía la armadura de plata labrada, que parecía emitir luz en lugar de reflejarla. El otro, como la noche, vestía una armadura broncínea, pero que parecía negra de tanto haberla fatigado.
- Sigfrido...
- Tarik... mucho gusto.
Maya recibió sus saludos con una mezcla de asco y consideración.
- Tarik nos ayudará con la asistencia; además de guerrero, también es clérigo, devoto de Moradin...
El rostro de Maya no se alteró lo más mínimo. Era como si sólo recibiera la orden de ser cortés por un tiempo limitado hacia aquellos dos enanos enfundados en sus enormes armaduras.
Tarik pareció percibir la animadversión de la elfa, porque al instante replicó:
- Los enanos somos más útiles de lo que crees...
- Eso lo veremos –replicó la elfa, que no podía imaginarse un enano sin estar rodeado de miles de rocas y cavernas, con un pico, una pala, y un enorme barril de cerveza.
Kurt, el comandante de las tropas de Topacio y líder de la coalición humana, también estaba presente.
- ¿Sus hombres están listos, comandante?
- Listos y esperando –fue la sonora respuesta de aquel hombrón de armadura acolchada, cuyos ribetes hacían juego con su cabello castaño oscuro.
- Muy bien. ¿Alguna pregunta?
- Sólo una aclaración –dijo Kurt, inclinándose de forma que nadie más que los presentes lo pudiera oír–... los mercenarios, desean quedarse a combatir, pero exigen todo lo que encuentren en el camino...
Eldar dio un vistazo al grupo más heterogéneo, formado por una pareja de bárbaros, una mujer, aparentemente maga, un guerrero humano y un individuo delgado y de movimientos felinos, quizás un bribón de la ciudad de Topacio.
El elfo se dio la vuelta.
- A nosotros no nos interesa el botín, si es que lo hubiera. Pueden venir y tomar lo que gusten, siempre y cuando no perjudique los intereses de la campaña en general, y de la coalición en particular.
Luego se apartó de la mesa –el resto de los jefes lo siguió– e hizo un gesto para que se los mercenarios se aproximen.
El grupo, apenas se dio cuenta, avanzó hacia ellos.
Eldar les explicó las condiciones para que puedan acompañarlos. Todos escucharon muy atentos.
- Aceptamos las condiciones del trato –dijo la mujer bárbara, con la aprobación del varón, apoyado virilmente sobre el mango de su espada–; no tendrán queja de nosotros.
Una vez que se hubieron retirado, mezclándose con los demás guerreros, Eldar se volvió hacia sus camaradas y les dijo:
- Esto no será fácil. Los orcos podrán muy bien aliarse con otras razas oscuras así como nosotros nos estamos uniendo. Díganles a sus hombres que si alguien no se siente capaz de luchar hasta la muerte, que mejor se retire ahora. No será considerado un cobarde.
Los enanos y Kurt escucharon en silencio.
- Salimos apenas terminen de abrevar los caballos.
&&&
Una figura vestida íntegramente de negro sale del misterioso pozo. En su rostro, se alza el conocimiento de una verdad olvidada.
Se aparta unos pasos, hasta quedar rodeada por las hojas de otoño. De pronto, una brisa la envuelve.
Un libro circular, de lomo contínuo, surge frente a ella, suspendido en el aire. Bascula levemente, y sus páginas parecen respirar el aire del bosque. Luego, desaparece.
La figura sonríe, y eleva los brazos.
Al instante, una esfera negra la envuelve. Como una diosa victoriosa –que se deja ver sólo para las criaturas de aquella arboleda– gira un poco el cuello alabastrino y cierra los ojos. La esfera se eleva por los aires, junto con ella, rumbo a lo desconocido.
&&&
Maya estaba muy preocupada en pasear con su troll montañés, que husmeaba detrás de cada árbol y cada arbusto con tierra removida. La visión no podía ser más contrastante. Por un lado, una figura delicada, que se mezclaba con el aroma del bosque, casi formando parte del viento, como era su costumbre. A su lado, un gigantesco humanoide que hundía la tierra firme, con brazos tan gruesos como los troncos que estaba registrando. Su agudo olfato estaba haciendo maravillas. Ya había desenterrado tres trufas que sorprendieron a la hechicera por su tamaño y jugosa pulpa. Sin embargo, el troll mismo emanaba un olor sumamente penetrante. Maya hacía todo lo posible por parecer cortés y no taparse la nariz. Pero el cariño que le tenía, sumado al espectáculo que significaba ver su salvaje conducta para ir detrás de su alimento, hacía que el paseo valiera la pena.
Los demás miembros de la coalición la miraban sorprendidos, especialmente el grupo de los bárbaros, que creían que los elfos no se mezclaban con los humanoides, y mucho menos con trolls apestosos.
Un grupo de guerreros humanos llegaron desde el este, a caballo.
- Señor, tenemos noticias acerca del Dun –dijeron sin desmontar siquiera–; una fuerza de dos mil orcos están reuniéndose en este momento para defenderlo frente a un posible asedio por parte nuestra.
- No importa que seamos seiscientos –dijo Eldar, acompañado de Glauco y Kurt–; nuestros arqueros son de lo mejor que hay en esta tierra. Podremos rebajarlos antes de entrar...
- Por otro lado –se apresuró a completar Kurt–, mi heraldo dice que ha salido de Topacio un destacamento de refuerzo. Son de un tipo muy especial, ya lo verán.
Eldar se le quedó mirando sin saber qué decir.
- Muy bien –dijo al fin, intentando averiguar de qué se trataba–; toda ayuda será bienvenida.
- Tenemos que apresurarnos entonces, antes de que el Dun sea invencible.
- De acuerdo. Se acabó el descanso. En marcha.
&&&
- Miyi ya es nuestra –dijo una voz en las sombras.
- Excelente, Cronos. ¿La carreta ya está lista?
- He enviado a mis mejores orcos para que la capturen. El resto es cosa tuya.
- No te preocupes. Mi disfraz ya está casi listo.
Las hojas parecían no caer nunca. Se desprendían, giraban y giraban, flanqueadas por árboles inmensos, pero al llegar al círculo formado por aquel caballo rojo y la mujer vestida de negro, inexplicablemente, los rodeaban y giraban en torno a ellos, como si de pronto hubieran adquirido vida. Una de ellas siguió girando y girando mucho después de aquella conversación, hasta que fue advertida por el hada Selena, quien se encontraba sobrevolando los alrededores del Dun, por si acaso encontraba algo digno de contarse. Inmediatamente sujetó la hoja con sus dos manitas, y sopló suavemente sobre ella. Del polvo desprendido –finísimo, casi imperceptible–, se oyeron estas últimas voces:
- ¿Y los esqueletos?
- Paciencia, los estoy juntando. ¿Olvidas que también tengo ese poder?
&&&
El Dun era impresionante. Si bien es cierto que había estado abandonado desde que los hombres perdieron sus batallas contra las fuerzas del caos, la madera era de tan buena calidad que aún se mantenía firme. Un rastro en la tierra frente a la entrada revelaba que ya había sido abierta y vuelta a cerrar por tropas no humanas.
Los arqueros elfos tomaron inmediatamente posición en los árboles que dominaban la entrada. Sin embargo, cuando Eldar, Maya, Glauco y Kurt se volvieron hacia ellos para averiguar lo que veían, los sorprendió su respuesta:
- Señor, no se ve movimiento dentro del Dun...
- Puede que estén escondidos...
- Sí, es probable. Deben estar muy pegados contra las paredes y la parte posterior del portón principal.
Maya entrecerró los ojos. “¿Cómo pueden esconderse tantos sólo pegados a las paredes?”
- No hagan nada hasta que despleguemos las tropas para rodear la fortaleza.
- Sí, señor.
Eldar se volvió hacia sus aliados.
- Puede ser una trampa. Propongo un destacamento de observación que se deslice rápidamente por la parte posterior.
- Yo me ofrezco como voluntario –dijo Tarik, acomodando su brioso mazo.
- Yo iré con él –contestó Glauco.
- Bien. Yo iré también –completó Maya, saliendo de sus pensamientos–; no se diga que un elfo y un enano no se pueden ver...
Tarik sonrió debajo de su barba.
&&&
- Dígame cuál es su plan, maestro.
Miyi se encontraba flotando en un lugar sin dimensión, sin tiempo. De la negrura más absoluta que la rodeaba, se distinguía una forma aún más negra, humanoide, definida sólo por su maldad y un ligero gesto de su liviano perfil, y con voz audible sólo para aquella maga elfa, rodeada de su esfera negra.
- El engaño es fundamental para nuestros propósitos. Así es que demoraremos a la tropa de elfos, humanos y enanos que trata de vencernos. Su largo camino hacia el Dun los ha agotado, pero quiero que sigan movilizándose, quiero que mueran de puro agotamiento. Mientras tanto, debes colaborar para ejecutar la segunda parte del engaño, que debe ser decisivo. Morgana será rescatada y llevada al corazón del enemigo...
“Ah, se llama Morgana”, pensó ella.
- ...pero antes de eso, te encargo las tropas del Dun. Haz lo que quieras. pero recuerda: debes retrasarlos. Engañar. El engaño es la mitad de la batalla.
- Sí, maestro.
&&&
La fortaleza se mantuvo silenciosa por un buen rato. Luego, un sonido como de arcos tensándose. La tropa se recogió aún más en la maleza.
- ¿Por qué no atacamos? –preguntó un mercenario.
- Sería una tontería –respondió Kurt, ceñudo–; anda, trata de subir la empalizada... te traspasarían como a un cerdo antes de llegar.
El grupo de avanzadilla, mientras tanto, se escurría por los arbustos. Ya casi llegaba a la parte posterior.
- Es extraño... tanto silencio...
- Sí, parece que quieren que nos confiemos...
- Quizás quieran hacer tiempo para reforzarse.
- Eso es lo que vamos a averiguar... precisamente ahora...
Maya daba vueltas la cabeza cada cierto tiempo, temerosa de que su troll lo echara todo a perder, saliendo de pronto del bosque y corriendo alegremente hacia ella. Pero para fortuna de la elfa, no sucedió nada de eso. Al contrario, todo el lugar se sumió en un silencio de muerte. El trío varias veces estuvo a punto de volverse por la opresión que eso causaba. Porque se trataba de un silencio premeditado, no natural. Ni siquiera las aves estaban ahí. Como si hubieran desaparecido.
Finalmente, la opresión terminó. Un sonido muy familiar –el de cientos de guerreros moviéndose con sus espadas, armaduras y pertrechos–, se hizo patente apenas iniciaron la curva final de la empalizada. Maya hizo un gesto de alto.
- Son tropas orcas...
- Lo que pensábamos. Se están reforzando con tropas y están haciéndonos perder el tiempo.
- Pero, ¿cómo es que no los oímos desde el frente?
- Fácil. Un silencio lo suficientemente fuerte y bien ubicado puede hacer maravillas.
Pero de inmediato pensó en qué mago o maga podría tener preparado un silencio de tanta magnitud. O sería un pergamino. Igualmente, alguien tendría que leerlo. “¿Miyi?” se oyó decir la hechicera. “¡No, imposible!”.
- Vamos, tenemos que avisar al resto.
- De acuerdo.
La tropa élfica llega casi sin aliento. No solamente es por el clima –que había cambiado súbitamente a un frío de invierno, con brumas y heladas que asaltaban como ladrones emboscados tras los árboles–, sino por el dolor moral de haber sido atacados ferozmente por un miembro selecto de su propio reino. La confusión que tenía Eldar, el lugarteniente preferido de Silvan, Glauco y la misma Maya, no podía ser aliviada ni siquiera por la vista del noble hogar de los elfos.
Los dos elfos asignados para proteger a Miyi también estaban consternados. Especialmente Giordos, el que había sido encantado. Desde luego, el influjo ya había desaparecido, pero de todas formas había quedado algo flotando en la mente de aquel soldado, que no lo dejaba hacer sus tareas.
La noticia del clérigo negro y su afán de dominar esas tierras ya se había extendido por la región, de tal forma que numerosos guerreros provenientes de otros clanes se habían dado cita desde la tarde y la noche. A la mañana siguiente, más que un ejército de elfos parecía una tropa variopinta pero verdaderamente temible.
Eldar pasó revista a sus tropas, entre elfos, humanos, semigigantes y enanos: aproximadamente seiscientos efectivos. El troll de las montañas, que se había perdido últimamente –quizás para comer y resguardarse– había vuelto a buscar a la hechicera Maya, y ella lo recibió con un caluroso abrazo que, entendido e imitado por la inmensa criatura, casi termina asfixiándola. El hada Selena también había estado ausente durante la noche, y se la veía conversando consigo misma, muy misteriosa.
Maya repasó las tropas montada a caballo, junto a Eldar. No le agradó mucho la presencia de los enanos en la coalición, pero por diplomacia prefirió no demostrarlo.
Eldar, en una mesa improvisada en el vestíbulo principal, al aire libre –para que pueda ser visto por los jefes de pelotón–, extendió el mapa.
- Nuestros centinelas nos dicen que han visto movimiento de tropas orcas hacia el este, más allá del pantano, en donde se sabe que existe un Dun abandonado.
- Supuestamente ahí se deben estar reuniendo para atacarnos.
- ¿Pero por qué tan al este? –replicó Glauco–. ¿No sería mejor para ellos ir avanzando hacia el oeste?
- No lo creo. No tienen ningún fuerte donde resguardarse. En cambio, nosotros tenemos al bosque que nos protege. Si ellos avanzaran sin más, llegarían agotados hasta donde estamos, y los venceríamos.
- Entiendo. prefieren concentrarse, aunque sea en un lugar alejado.
- Así es. Para ser un humano, no eres tan malo...
Glauco miró a Eldar sin decir nada.
- Los atacaremos antes de que ellos lo hagan. Asedio, y victoria. Sobre todo porque ahora tenemos clérigos, y buenos guerreros...
Dos enanos alzaron la vista de la mesa. Eran robustos, con cascos aguzados y cuidadas barbas. Uno de ellos tenía la armadura de plata labrada, que parecía emitir luz en lugar de reflejarla. El otro, como la noche, vestía una armadura broncínea, pero que parecía negra de tanto haberla fatigado.
- Sigfrido...
- Tarik... mucho gusto.
Maya recibió sus saludos con una mezcla de asco y consideración.
- Tarik nos ayudará con la asistencia; además de guerrero, también es clérigo, devoto de Moradin...
El rostro de Maya no se alteró lo más mínimo. Era como si sólo recibiera la orden de ser cortés por un tiempo limitado hacia aquellos dos enanos enfundados en sus enormes armaduras.
Tarik pareció percibir la animadversión de la elfa, porque al instante replicó:
- Los enanos somos más útiles de lo que crees...
- Eso lo veremos –replicó la elfa, que no podía imaginarse un enano sin estar rodeado de miles de rocas y cavernas, con un pico, una pala, y un enorme barril de cerveza.
Kurt, el comandante de las tropas de Topacio y líder de la coalición humana, también estaba presente.
- ¿Sus hombres están listos, comandante?
- Listos y esperando –fue la sonora respuesta de aquel hombrón de armadura acolchada, cuyos ribetes hacían juego con su cabello castaño oscuro.
- Muy bien. ¿Alguna pregunta?
- Sólo una aclaración –dijo Kurt, inclinándose de forma que nadie más que los presentes lo pudiera oír–... los mercenarios, desean quedarse a combatir, pero exigen todo lo que encuentren en el camino...
Eldar dio un vistazo al grupo más heterogéneo, formado por una pareja de bárbaros, una mujer, aparentemente maga, un guerrero humano y un individuo delgado y de movimientos felinos, quizás un bribón de la ciudad de Topacio.
El elfo se dio la vuelta.
- A nosotros no nos interesa el botín, si es que lo hubiera. Pueden venir y tomar lo que gusten, siempre y cuando no perjudique los intereses de la campaña en general, y de la coalición en particular.
Luego se apartó de la mesa –el resto de los jefes lo siguió– e hizo un gesto para que se los mercenarios se aproximen.
El grupo, apenas se dio cuenta, avanzó hacia ellos.
Eldar les explicó las condiciones para que puedan acompañarlos. Todos escucharon muy atentos.
- Aceptamos las condiciones del trato –dijo la mujer bárbara, con la aprobación del varón, apoyado virilmente sobre el mango de su espada–; no tendrán queja de nosotros.
Una vez que se hubieron retirado, mezclándose con los demás guerreros, Eldar se volvió hacia sus camaradas y les dijo:
- Esto no será fácil. Los orcos podrán muy bien aliarse con otras razas oscuras así como nosotros nos estamos uniendo. Díganles a sus hombres que si alguien no se siente capaz de luchar hasta la muerte, que mejor se retire ahora. No será considerado un cobarde.
Los enanos y Kurt escucharon en silencio.
- Salimos apenas terminen de abrevar los caballos.
&&&
Una figura vestida íntegramente de negro sale del misterioso pozo. En su rostro, se alza el conocimiento de una verdad olvidada.
Se aparta unos pasos, hasta quedar rodeada por las hojas de otoño. De pronto, una brisa la envuelve.
Un libro circular, de lomo contínuo, surge frente a ella, suspendido en el aire. Bascula levemente, y sus páginas parecen respirar el aire del bosque. Luego, desaparece.
La figura sonríe, y eleva los brazos.
Al instante, una esfera negra la envuelve. Como una diosa victoriosa –que se deja ver sólo para las criaturas de aquella arboleda– gira un poco el cuello alabastrino y cierra los ojos. La esfera se eleva por los aires, junto con ella, rumbo a lo desconocido.
&&&
Maya estaba muy preocupada en pasear con su troll montañés, que husmeaba detrás de cada árbol y cada arbusto con tierra removida. La visión no podía ser más contrastante. Por un lado, una figura delicada, que se mezclaba con el aroma del bosque, casi formando parte del viento, como era su costumbre. A su lado, un gigantesco humanoide que hundía la tierra firme, con brazos tan gruesos como los troncos que estaba registrando. Su agudo olfato estaba haciendo maravillas. Ya había desenterrado tres trufas que sorprendieron a la hechicera por su tamaño y jugosa pulpa. Sin embargo, el troll mismo emanaba un olor sumamente penetrante. Maya hacía todo lo posible por parecer cortés y no taparse la nariz. Pero el cariño que le tenía, sumado al espectáculo que significaba ver su salvaje conducta para ir detrás de su alimento, hacía que el paseo valiera la pena.
Los demás miembros de la coalición la miraban sorprendidos, especialmente el grupo de los bárbaros, que creían que los elfos no se mezclaban con los humanoides, y mucho menos con trolls apestosos.
Un grupo de guerreros humanos llegaron desde el este, a caballo.
- Señor, tenemos noticias acerca del Dun –dijeron sin desmontar siquiera–; una fuerza de dos mil orcos están reuniéndose en este momento para defenderlo frente a un posible asedio por parte nuestra.
- No importa que seamos seiscientos –dijo Eldar, acompañado de Glauco y Kurt–; nuestros arqueros son de lo mejor que hay en esta tierra. Podremos rebajarlos antes de entrar...
- Por otro lado –se apresuró a completar Kurt–, mi heraldo dice que ha salido de Topacio un destacamento de refuerzo. Son de un tipo muy especial, ya lo verán.
Eldar se le quedó mirando sin saber qué decir.
- Muy bien –dijo al fin, intentando averiguar de qué se trataba–; toda ayuda será bienvenida.
- Tenemos que apresurarnos entonces, antes de que el Dun sea invencible.
- De acuerdo. Se acabó el descanso. En marcha.
&&&
- Miyi ya es nuestra –dijo una voz en las sombras.
- Excelente, Cronos. ¿La carreta ya está lista?
- He enviado a mis mejores orcos para que la capturen. El resto es cosa tuya.
- No te preocupes. Mi disfraz ya está casi listo.
Las hojas parecían no caer nunca. Se desprendían, giraban y giraban, flanqueadas por árboles inmensos, pero al llegar al círculo formado por aquel caballo rojo y la mujer vestida de negro, inexplicablemente, los rodeaban y giraban en torno a ellos, como si de pronto hubieran adquirido vida. Una de ellas siguió girando y girando mucho después de aquella conversación, hasta que fue advertida por el hada Selena, quien se encontraba sobrevolando los alrededores del Dun, por si acaso encontraba algo digno de contarse. Inmediatamente sujetó la hoja con sus dos manitas, y sopló suavemente sobre ella. Del polvo desprendido –finísimo, casi imperceptible–, se oyeron estas últimas voces:
- ¿Y los esqueletos?
- Paciencia, los estoy juntando. ¿Olvidas que también tengo ese poder?
&&&
El Dun era impresionante. Si bien es cierto que había estado abandonado desde que los hombres perdieron sus batallas contra las fuerzas del caos, la madera era de tan buena calidad que aún se mantenía firme. Un rastro en la tierra frente a la entrada revelaba que ya había sido abierta y vuelta a cerrar por tropas no humanas.
Los arqueros elfos tomaron inmediatamente posición en los árboles que dominaban la entrada. Sin embargo, cuando Eldar, Maya, Glauco y Kurt se volvieron hacia ellos para averiguar lo que veían, los sorprendió su respuesta:
- Señor, no se ve movimiento dentro del Dun...
- Puede que estén escondidos...
- Sí, es probable. Deben estar muy pegados contra las paredes y la parte posterior del portón principal.
Maya entrecerró los ojos. “¿Cómo pueden esconderse tantos sólo pegados a las paredes?”
- No hagan nada hasta que despleguemos las tropas para rodear la fortaleza.
- Sí, señor.
Eldar se volvió hacia sus aliados.
- Puede ser una trampa. Propongo un destacamento de observación que se deslice rápidamente por la parte posterior.
- Yo me ofrezco como voluntario –dijo Tarik, acomodando su brioso mazo.
- Yo iré con él –contestó Glauco.
- Bien. Yo iré también –completó Maya, saliendo de sus pensamientos–; no se diga que un elfo y un enano no se pueden ver...
Tarik sonrió debajo de su barba.
&&&
- Dígame cuál es su plan, maestro.
Miyi se encontraba flotando en un lugar sin dimensión, sin tiempo. De la negrura más absoluta que la rodeaba, se distinguía una forma aún más negra, humanoide, definida sólo por su maldad y un ligero gesto de su liviano perfil, y con voz audible sólo para aquella maga elfa, rodeada de su esfera negra.
- El engaño es fundamental para nuestros propósitos. Así es que demoraremos a la tropa de elfos, humanos y enanos que trata de vencernos. Su largo camino hacia el Dun los ha agotado, pero quiero que sigan movilizándose, quiero que mueran de puro agotamiento. Mientras tanto, debes colaborar para ejecutar la segunda parte del engaño, que debe ser decisivo. Morgana será rescatada y llevada al corazón del enemigo...
“Ah, se llama Morgana”, pensó ella.
- ...pero antes de eso, te encargo las tropas del Dun. Haz lo que quieras. pero recuerda: debes retrasarlos. Engañar. El engaño es la mitad de la batalla.
- Sí, maestro.
&&&
La fortaleza se mantuvo silenciosa por un buen rato. Luego, un sonido como de arcos tensándose. La tropa se recogió aún más en la maleza.
- ¿Por qué no atacamos? –preguntó un mercenario.
- Sería una tontería –respondió Kurt, ceñudo–; anda, trata de subir la empalizada... te traspasarían como a un cerdo antes de llegar.
El grupo de avanzadilla, mientras tanto, se escurría por los arbustos. Ya casi llegaba a la parte posterior.
- Es extraño... tanto silencio...
- Sí, parece que quieren que nos confiemos...
- Quizás quieran hacer tiempo para reforzarse.
- Eso es lo que vamos a averiguar... precisamente ahora...
Maya daba vueltas la cabeza cada cierto tiempo, temerosa de que su troll lo echara todo a perder, saliendo de pronto del bosque y corriendo alegremente hacia ella. Pero para fortuna de la elfa, no sucedió nada de eso. Al contrario, todo el lugar se sumió en un silencio de muerte. El trío varias veces estuvo a punto de volverse por la opresión que eso causaba. Porque se trataba de un silencio premeditado, no natural. Ni siquiera las aves estaban ahí. Como si hubieran desaparecido.
Finalmente, la opresión terminó. Un sonido muy familiar –el de cientos de guerreros moviéndose con sus espadas, armaduras y pertrechos–, se hizo patente apenas iniciaron la curva final de la empalizada. Maya hizo un gesto de alto.
- Son tropas orcas...
- Lo que pensábamos. Se están reforzando con tropas y están haciéndonos perder el tiempo.
- Pero, ¿cómo es que no los oímos desde el frente?
- Fácil. Un silencio lo suficientemente fuerte y bien ubicado puede hacer maravillas.
Pero de inmediato pensó en qué mago o maga podría tener preparado un silencio de tanta magnitud. O sería un pergamino. Igualmente, alguien tendría que leerlo. “¿Miyi?” se oyó decir la hechicera. “¡No, imposible!”.
- Vamos, tenemos que avisar al resto.
- De acuerdo.

No hay comentarios:
Publicar un comentario